sábado, 24 de agosto de 2019

Los 15 años de Attaque 77 (2002)

"Somos una banda que supo combinar trabajo y suerte con una pizca de talento”. 
Eso es lo primero que se le ocurre decir a Ciro Pertusi cuando se le pide la fórmula para mantener una banda de punk rock durante 15 años. 


 A horas de ofrecer un concierto aniversario en el Polideportivo General Paz (será mañana, desde las 22), Pertusi suena modesto, si se tiene en cuenta que Attaque 77 atravesó en su vida coyunturas económicas cambiantes (nacieron en la híper, crecieron con la convertibilidad y a estas alturas no devalúan su mote de clásicos), y trascendió los tópicos del punk rock para expresarse libremente. 
Así, en la fórmula de la longevidad entran a tallar otros ingredientes. “Podemos agregar que hacemos música con fuerza y sentimiento –sigue Pertusi–, pero,como dice nuestra canción Numancia, siempre quisimos estar más allá de la opción tan argentina de ser ganador o perdedor. A nosotros nos encanta vivir en este circo; porque esto es un circo que sale de caravana cuando hay que salir. Nuestro éxito son las canciones. Nuestra droga son las canciones. Ellas nos llevan de viaje, al éxtasis”. 

 A la hora de hacer historia, hay que recordar que el big bang de Attaque 77 fue un compilado de grupos punk llamado Invasión ‘88, donde se incluyeron los himnos Sola en la cancha (acaso la primera canción que vinculaba con fuerza el rock y el fútbol) y Brigada antidisturbios, tema que termina con el grito tribunero de “Policía Federal, la vergüenza nacional”. Odas a Edda Bustamante (con quien Ciro hablaba por teléfono antes de atender a La Voz del Interior) y algunos otros eficaces estiletazos de punk “ramonero” son los siguientes capítulos de una biografía probable. 
Pero Attaque 77 nunca se agotó en el alineamiento automático en contra del sistema. En su devenir, el grupo logró que esa fuera una postura implícita desde la cual hablar, entre otras cosas, sobre la adolescencia perpetua y los signos vitales de una generación golpeada. –Quizá ayudó al crecimiento cómo eludieron algunos dogmas del punk. –Esto consiste en soltarse y crear. Se trata de no perder el tren de la creatividad. Nunca quisimos caer presos de un estilo. En realidad, somos tan cultores del punk, que somos fieles a algunos conceptos de sus inicios, que tienen que ver con la diversidad. En los inicios, eran punk Lou Reed tocando una acústica y grupos como Blondie y Talking Heads. Punk era la new wave, la escena. El punk englobaba además al ska, al reggae. El punk pedía que no te uniformes.
 De todos modos, nuestro sonido nunca dejó de ser crudo, visceral. Pero el cambio es nuestro motor. Nunca me olvido de lo que tiene tatuado Angelina Jolie en su ombligo: “Lo que me alimenta me mata”. 

 Firmes junto al pueblo Los años pasan, los públicos cambian y Attaque queda. Es así, al grupo lo siguen fundamentalmente adolescentes pero está impreso en el inconsciente rockero de hasta los 30 y pico. 

 –¿Cómo se llega a ser transgeneracional? 
 –Editamos nuestro primer vinilo cuando no había material para hacerlo. Fuimos una banda de reflejo social, que supo decir las cosas a medida que cambiaban los mandatos económicos. En ese contexto, también animamos nuestras propias fantasías. Estuvimos siempre firme junto al pueblo, como Crónica TV. Y eso genera un arraigo con la gente. También están las giras. Las nuestras son muy locas y llegan a tener 45 fechas. Tocamos para 70, 100 o 2000 personas. Attaque es un subibaja emocional Tocamos en Choele Choel, por ejemplo, y después volvemos. Los pibes valoran eso. 

 –Son una banda rutera. 
 –Sí. Es en la ruta donde encontramos el estado de gracia que nos mantiene vivos. Yo siempre quise para el grupo el espíritu que tenía el AC/DC de Bon Scott; es decir, ser músicos reconocidos, no estrellas de rock, y tocar en donde nos plazca ante una audiencia que se divierta escuchándonos. 

 –A propósito del tatuaje de Angelina Jolie. ¿Qué tuviste que resignar por vivir esta historia de Attaque 77. 
 –Tuve que resignar el vivir momentos de paz interior. Tengo 34 años y la sensación de que van a seguir pasando otros tantos con esta historia, porque me falta muchísimo por aprender todavía. Me gustaría tener más momentos de soledad. 

 –En la época que pegó “Hacelo por mí”, la soledad la encontraste en la reclusión. 
 –Es que éramos el blanco. Y no sólo eso, éramos un blanco fácil. Nuestras canciones “trepaban radares militares” y pulularon fantasías sobre quiénes éramos. Llegamos a ser el eje sobre el cual se define qué está bien y qué mal. El encierro fue lo mejor. Nos permitió renacer. 

 –¿Y viven momentos de tensión entre ustedes? 
 –Somos familia, pero tenemos roces. Si peligra nuestra integridad, charlamos. La idea es cuidarnos, que los egocentrismos no afecten a la música.

Fuente: La voz del interior. 2002.

Irvine Welsh - Trainspotting (1993)

Muy pocas veces alguien se atrevió a recomendar tan fervientemente una novela. 
«Merece vender más ejemplares que la Biblia», afirmó Rebel Inc., una insolente revista literaria escocesa. 


De inmediato celebrada por los críticos más estrictos pero leída también por aquellos que raramente se acercan a los libros, "Trainspotting" se convirtió en uno de los acontecimientos literarios y también extraliterarios de la última década. 

 Fue rápidamente adaptada al teatro y luego llevada a la pantalla por Danny Boyle, uno de los jóvenes prodigio del cine inglés. Sus protagonistas son un grupo de jóvenes desesperadamente realistas, ni se les ocurre pensar en el futuro: saben que nada o casi nada va a cambiar, habitantes del otro Edimburgo, el que no aparece en los famosos festivales, capital europea del sida y paraíso de la desocupación, la miseria y la prostitución, embarcados en una peripecia vital cuyo combustible es la droga, «el elixir que les da la vida, y se la quita». 

 Welsh escribe en el áspero, colorido, vigoroso lenguaje de las calles. 
Y entre pico y pico, entre borracheras y fútbol, sexo y rock and roll, la negra picaresca, la épica astrosa de los que nacieron en el lado duro de la vida, de los que no tienen otra salida que escapar, o amortiguar el dolor de existir con lo primero que caiga en sus manos.

 «Una novela que es el equivalente literario de una bomba de hidrógeno» (Martin Crawford, The Big Spoon). 
 «La novela fundamental de un escritor fundamental. Irvine Welsh, un maestro del lenguaje popular, con un estilo de boxeador sin guantes, ataca con ferocidad el cuerpo de nuestra sociedad. Tristísima, pero también de un ingenio perverso, nos conduce en una gira infernal por los guetos psíquicos donde se refugian los drogotas, los borrachos, los desesperados y los perdedores… Una novela terrible, pero al mismo tiempo arrebatadora» (Jeff Torrington).
 «El Celine escocés de los noventa» (The Guardian).