Charles Bukowski
Cartero
Año 1971
1
Empezó por una equivocación.
Estábamos
en navidades y me enteré por el borracho que vivía calle arriba, y que
lo hacía todos los años, que contrataban a cualquiera que se presentase,
así que fui y lo siguiente que supe fue que tenía una saca de cuero a
mis espaldas y que me dedicaba a pasear a mis anchas. Vaya un trabajo,
pensé. ¡Tirado! Sólo te daban una manzana o dos y si te las arreglabas
para terminar, el cartero regular te asignaba otra manzana para repartir
el correo, o también podías volver y el jefe te mandaba a otra parte,
pero lo mejor que podías hacer era tomarte tu tiempo y meter
relajadamente las tarjetas de Navidad en los buzones.
Creo que
fue en mi segundo día como auxiliar de Navidad cuando esta mujerona
salió y se puso a andar a mi lado mientras yo repartía las cartas.
Cuando digo mujerona me refiero a que tenía un culazo y unas tetazas y
en general era grande en todos los lugares adecuados. Parecía estar un
poco chiflada, pero me ponía a mirar su cuerpo y no me importaba
demasiado.
Hablaba y hablaba y hablaba. Entonces salió la cosa.
Su marido trabajaba en una isla lejana y se sentía sola, ya sabes, y vivía en aquella casita de allá atrás, toda para ella.
-¿Qué casita? -pregunté.
Ella escribió la dirección en un pedazo de papel.
-Yo también estoy solo -dije-, me pasaré esta noche y charlaremos.
Yo
estaba liado con una tipa, pero ella a veces desaparecía durante unos
días y yo realmente me sentía solo. Solo y deseoso de aquel culo que
tenia a mi lado.
-De acuerdo -dijo ella-, te veré esta noche.
Estuvo
bien, tenia un buen polvo, pero como todos los buenos polvos, al cabo
de la tercera o cuarta noche empecé a perder interés y no volví.
Pero
no podía dejar de pensar: «Caramba, todo lo que hacen estos carteros es
dejar unas cuantas cartas en el buzón y echar polvos. Este es un
trabajo para mí, oh sí sí sí.»
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Así que hice
el examen, lo aprobé, pasé luego las, pruebas físicas y allí estaba, de
cartero suplente. Empezó fácil. Me enviaron a la estafeta de West Avon y
fue igual que durante las navidades, a excepción de que no ligué nada.
Todos los días esperaba acabar acostándome con alguna tipa, pero nada.
Pero el curro era fácil y lo único que hacía era recorrer alguna manzana
que otra repartiendo cartas. Ni siquiera llevaba uniforme, sólo una
gorra. Iba con mi ropa habitual. Del modo como mi novia Betty y yo
bebíamos era difícil que sobrase dinero para vestidos.
Entonces me trasladaron a la estafeta de Oakford.
El jefe era un tío con cabeza de buey llamado Jonstone.
Necesitaban
auxiliares y comprendí por qué. A Jonstone le gustaba llevar camisas de
color rojo oscuro, lo que significaba peligro y sangre. Había 7
auxiliares: Tom Moto, Nick Pelligrini, Herman Stratford, Rosey Anderson,
Bobby Hansen, Harold Wiley y yo, Henry Chinasky. Había que entrar a las
5 de la mañana y el único borracho era yo. Siempre bebía hasta pasada
la medianoche, y allí nos sentábamos, a las 5 de la mañana, esperando a
que pasaran las horas, esperando a que alguno de los carteros regulares
llamara diciendo que estaba enfermo. Los regulares normalmente llamaban
diciendo que estaban enfermos los días de lluvia, o durante una ola de
calor, o después de un día de fiesta cuando el volumen del correo era
doble.
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Había 40 o 50 rutas diferentes, quizá
más, cada caso era distinto, nunca llegabas a poder aprenderte ninguna
de ellas, tenias que ordenar el correo antes de las 8 de la mañana para
el reparto, y Jonstone no admitía excusas. Los auxiliares marcábamos las
rutas de los paquetes de revistas, nos quedábamos sin comer y moríamos
por las calles. Jonstone nos ponía a ordenar en cajas las rutas con
media hora de retraso, dando vueltas en su silla, con su camisa roja.
-¡Chinaski, coge la ruta 539!-. Empezábamos con media hora de retraso,
pero se suponía que aun así había que ordenar y distribuir el correo a
su tiempo y estar de vuelta a la hora prevista. Y una o dos veces por
semana, ya bien rotos, apaleados y jodidos, teníamos los repartos
nocturnos, cuyo horario era imposible, la furgoneta no podía ir tan
deprisa. En la primera ronda tenías que repartir cuatro o cinco* cajas y
cuando volvías ya estaban de nuevo desbordantes de correo y tú
apestabas, bañado en sudor, metiéndolo todo en las sacas. No echaba
polvos, pero acababa hecho polvo. Todo gracias a Jonstone.
Eran
los mismos auxiliares los que hacían posible a Jonstone, al obedecer sus
órdenes imposibles. Yo no podía comprender cómo a un hombre de tan
obvia crueldad se le podía permitir ocupar ese puesto. A los regulares
no les importaba un carajo, el enlace sindical no servía, así que
rellené un informe de treinta páginas en uno de mis días libres, le
envié una copia a Jonstone y la otra la entregué en el Edificio Federal.
El empleado me dijo que esperara. Esperé y esperé y esperé. Esperé una
hora y media y entonces me llevaron a ver a un hombrecito con el pelo
gris con ojos de ceniza de cigarrillo. Ni siquiera me pidió que me
sentara. Empezó a gritarme nada más cruzar la puerta.
-¿Eres un listillo hijo de puta, no?
-¡Preferiría que no me insultara, señor!
-Listillo hijo de puta, eres uno de esos hijos de puta con mucho vocabulario que te gusta dar lecciones.
Me agitó mis papeles delante de las narices y gritó:
-¡EL SEÑOR JONSTONE ES UN BUEN HOMBRE!
-No sea absurdo. Obviamente es un sádico -dije yo.
-¿Cuánto tiempo lleva usted en Correos?
-3 semanas.
-¡EL SEÑOR JONSTONE LLEVA EN EL SERVICIO DE CORREOS 30 AÑOS!
-¿Y eso qué tiene que ver?
-¡He dicho que EL SEÑOR, JONSTONE ES UN BUEN HOMBRE!
Creo que el pobre tipo estaba realmente deseando matarme. El y Jonstone debían haberse acostado juntos.
-Está bien -dije-, Jonstone es un buen hombre. Olvídese de todo el jodido asunto.
Luego salí y me tomé el resto del día libre. Sin paga, por supuesto.
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Cuando
Jonstone me vio al día siguiente a las 5 de la mañana, giró sobre su
silla y su cara mostraba el mismo color que su camisa. Pero no dijo
nada. No me importaba. Habla estado hasta las 2 de la madrugada bebiendo
y follando con Betty. Me eché hacia atrás y cerré los ojos.
A
las 7 de la mañana, Jonstone se volvió de nuevo. A todos los otros
auxiliares se les habla asignado trabajo o hablan sido enviados a otras
estafetas que necesitaban ayuda.
-Eso es todo, Chinaski. No hay nada hoy para ti.
Observó mi cara. Mierda, no me importaba. Todo lo que quería era irme a la cama y dormir un poco.
-Vale, Roca* -dije. Entre los carteros se le conocía como «La Roca, pero yo era el único que me dirigía a él de esta forma.
Salí, mi viejo coche consiguió arrancar y pronto estaba de vuelta en la cama con Betty.
-¡Oh, Hank! ¡Qué bien!
-¡Y tan bien, nena! -me pegué a su cálido trasero y me quedé dormido en 45 segundos.
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Pero a la siguiente mañana ocurrió lo mismo.
-Eso es todo, Chinaski. No hay nada hoy para ti.
Siguió
así durante una semana. Me sentaba allí todas las mañanas desde las 5 a
las 7 de la mañana y me quedaba sin paga. Mi nombre había sido borrado
incluso de los repartos nocturnos.
Entonces Bobby Hansen, uno de los auxiliares que llevaban más tiempo de servicio, me dijo:
-A mí me hizo eso una vez. Trató de matarme de hambre.
-No me importa, no pienso besarle el culo. Lo dejaré o me moriré de hambre, ya veré.
-No
tienes por qué. Preséntate en la estafeta de Prell todas las noches. Le
dices al jefe que no te dan trabajo que hacer y que puedes ayudar como
auxiliar especial.
-¿Puedo hacer eso? ¿No hay reglas en contra?
-A mí me daban un cheque cada dos semanas.
-Gracias, Bobby.
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No me acuerdo cuándo se empezaba, a las 6 o las 7 de la tarde, o algo así.
Todo
lo que hacías era sentarte con un puñado de cartas, coger un plano de
calles y planear la ruta. Era fácil. Casi todos los repartidores
tardaban más de lo necesario en planear sus rutas y yo me ajustaba a su
ritmo. Me iba cuando se iba todo el mundo y volvía cuando todo el mundo
volvía.
Luego hacías otro reparto. Había tiempo para sentarse en
cafés, leer periódicos, sentirse como un señor. Incluso tenias tiempo
para cenar. Cuando quería un día libre, me lo tomaba. En una de estas
rutas había una jovencita que todas las noches recibía un envío
especial. Era modista de vestidos sexy y camisones, y los usaba. Subías
por su escalerilla hacia las 11 de la noche, llamabas al timbre y le
entregabas el envío especial. Ella soltaba una exclamación de sorpresa,
como ¡00000000hhhhhhhHHH!- y se quedaba a tu lado, muy cerca, sin
dejarte marchar hasta que lo lela, y luego decía -¡OOOOOooooh, buenas
noches, muchas GRACIAS!
-De nada, madame -decías, marchándote con la polla como la de un toro.
Pero no podía durar. Llegó en el correo después de semana y media de libertad.
Querido Sr. Chinaski:
Debe
presentarse en la estafeta de Oakford inmediatamente. La negativa a
hacerlo supondrá posibles acciones disciplinarias o despido.
A. E. Jonstone, Superintendente de la estafeta de Oakford.»
Otra vez de vuelta a la cruz.
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-¡Chinaski! ¡Coja la ruta 5391
La
más dura de la estafeta. Casas de apartamentos con innumerables buzones
con los nombres medio borrados, o sin nombres siquiera, bajo la luz de
miserables bombillitas en oscuros corredores. Viejas en las puertas, de
un lado a otro de las calles, haciendo la misma pregunta como si fueran
una sola persona con una sola voz:
-¿Cartero, tiene alguna carta para mí?
Y te daban ganas de gritar:
-¿Señora, cómo coño voy a saber quién es usted o quién soy yo o quién es nadie?
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sudor corriendo, la resaca, la imposibilidad de cubrirlo todo, y
Jonstone allí con su camisa roja, sabiéndolo, disfrutando, pretendiendo
que lo hacía para reducir gastos. Pero todo el mundo sabía por. qué lo
hacia. ¡Oh, qué buen hombre era!
La gente. La gente. Y los perros.
Dejadme
que os hable de los perros. Era uno de esos días con una temperatura de
casi 40 grados y yo estaba haciendo el recorrido, sudando, enfermo, al
borde del delirio, resacaso. Me paré en un pequeño edificio de
apartamentos con los buzones abajo, a lo largo del corredor. Abrí con mi
llave. No se oía una mosca. Entonces sentí algo que me hurgaba en la
entrepierna, iba subiendo hacia arriba. Miré y vi un pastor alemán, bien
crecido, con su hocico debajo de mi culo. Con un movimiento de
mandíbulas me podía arrancar las pelotas. Decidí que aquella gente se
iba a quedar sin recibir el correo aquel día, y quizás para siempre.
Hostia, lo que quiero decir es que aquel bicho no paraba de hundir el
hocico por allí. ¡SNUFF! ¡SNUFF! ¡SNUFF!
Volví a poner el correo
en el capazo de cuero y luego muy lentamente, mucho, di medio paso hacia
atrás. El hocico me siguió. Entonces di un paso completo lento, muy
lento. Luego otro. Luego me quedé quieto. El hocico quedó fuera. Estaba
allí delante mío, mirándome. Quizá no había olido nunca nada igual y no
sabía bien lo que hacer.
Me alejé sin prisas.
8
Hubo
otro pastor alemán. Era un verano abrasador y vino SALTANDO desde un
patio trasero y entonces se ABALANZO volando por el aire. Sus dientes
chocaron, fallando por un pelo en seccionarme la yugular.
-¡OH, CRISTO! -chillé-. ¡OH, DIOS MÍO! ¡ASESINO! ¡ASESINO! ¡SOCORRO! ¡ASESINO!
La
bestia se revolvió y saltó de nuevo. Le pegué en la cabeza en pleno
vuelo con la saca del correo, haciendo volar cartas y revistas. Estaba
preparándose para abalanzarse otra vez cuando dos tipos, los dueños,
salieron y lo agarraron. Entonces, mientras me miraba y gruñía, me
agaché y recogí las cartas y revistas que tenia que repartir en la
siguiente casa.
-Malditos hijos de puta, están locos -les dije a
los dos tipos-, ese perro es un criminal. ¡Desháganse de él o apártenlo
de la calle!
Me hubiera pegado con ellos, pero el perro seguía
gruñendo y debatiéndose entre los dos. Me fui al porche siguiente y
volví a ordenar el correo sobre las rodillas.
Como de costumbre, no tuve tiempo de comer, y aun así regresé con cuarenta minutos de retraso.
La Roca miró su reloj:
-Llega 40 minutos tarde.
-Tú no llegarás nunca -le dije.
-Eso le va a valer un expediente.
-Cómo no, Roca.
Ya
tenia el impreso en la máquina de escribir y lo estaba rellenando.
Mientras yo estaba sentado ordenando el correo y sellando los recibos,
se levantó y me tiró el papel delante de las narices. Estaba harto de
leer sus expedientes de amonestación, y sabía por mi viaje a la central
que cualquier protesta era inútil. Sin mirarlo, lo arrojé a la papelera.
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Cada
ruta tenía sus trampas y sólo los carteros regulares las conocían. Cada
día era una maldita cosa nueva, y tenías que estar siempre listo para
alguna violación, asesinato, perros, o alguna locura de cualquier clase.
Los regulares no te contaban nunca sus pequeños secretos. Esa era la
única ventaja que tenían, aparte de conocerse su ruta a ciegas, con la
consiguiente facilidad para ordenar sus cajas de correo. Era la muerte
para un empleado nuevo, especialmente para uno que se pasaba la noche
bebiendo, se iba a la cama a las 2 de la mañana, y se levantaba a las
4:30 después de follar y cantar prácticamente durante toda la noche,
bueno, lo que se podía.
Un día estaba en la calle y el reparto
estaba yendo bien, aunque la ruta era nueva para mí, así que pensé,
Cristo, quizá por primera vez en dos años pueda tomarme el almuerzo.
Tenia
una resaca terrible, pero todo siguió yendo bien hasta que llegó un
puñado de correspondencia dirigida a una iglesia. En la dirección no
venía el número de la calle, sólo el nombre de la iglesia y el bulevar
al que daba. Subí, resacoso, los escalones. No pude encontrar ningún
barzón ni a nadie. Sólo algunas velas encendidas. Pequeños cuencos para
mojar los dedos y el púlpito vacío contemplándome, y todas las estatuas,
de color rojo pálido, y azul y amarillo. Las claraboyas cerradas, la
mañana apestosa y tórrida.
Oh, Cristo, pensé.
Y salí fuera.
Di
la vuelta a la iglesia hasta un lateral y encontré unas escaleras que
bajaban. La puerta estaba abierta y bajé. ¿Qué fue lo que descubrí? Una
fila de retretes. Y duchas. Pero estaba oscuro. Todas las luces estaban
apagadas. ¿Cómo demonios esperaban que un hombre pudiese encontrar un
buzón en la oscuridad? Entonces descubrí el interruptor de la luz. Lo
presioné y las luces de la iglesia se encendieron, dentro y fuera. Entré
en la siguiente habitación y encontré ropas de cura extendidas en una
mesa. Había una botella. De vino.
Cogí la botella y eché un buen
trago, dejé las cartas sobre los ropajes y volví hacia los retretes.
Apagué las luces y eché una cagada en la oscuridad mientras fumaba un
cigarrillo. Pensé en darme una ducha, pero podía ver los titulares:
CARTERO SORPRENDIDO BEBIENDO LA SANGRE DE CRISTO Y DUCHÁNDOSE, EN UNA
IGLESIA CATÓLICA ROMANA.
As¡ que, finalmente, no tuve tiempo de
almorzar y, cuando volví, Jonstone redactó una amonestación por haber
llegado 23 minutos tarde.
Descubrí tiempo después que el correo
de la iglesia se dejaba en la casa parroquial que había en la esquina.
Pero al menos ya conozco un sitio donde cagar y ducharme cuando vengan
malos tiempos.
10
Comenzaron las lluvias. La
mayoría del dinero se iba en beber, así que mis zapatos tenían agujeros
en las suelas y mi gabardina estaba rota y gastada. Con cualquier
chubasco que durase un poco me quedaba empapado, calado hasta los huesos
con los calzoncillos y calcetines mojados. Los carteros regulares
llamaban diciendo que estaban enfermos, se enfermaban a montones en
todas las estafetas de la ciudad, así que los auxiliares nos teníamos
que matar a trabajar, sobre todo en Oakford. Incluso algunos auxiliares
también se ponían enfermos. Yo no llamaba diciendo que estaba enfermo
porque estaba demasiado cansado para pensar de forma cabal. Una mañana
me enviaron a la estafeta de Wently. Era durante una de esas tormentas
de 5 días en las que cae el agua como una cortina continua y toda la
ciudad claudica, todo se interrumpe, y las alcantarillas no pueden
tragarse el agua lo bastante rápido y el agua inunda las aceras y en
algunos casos los jardines y las casas.
Me enviaron a la estafeta de Wently.
-Han dicho que necesitan a alguien bueno -me dijo La Roca, nada más entrar yo hecho una sopa.
Cerré
la puerta. Si el viejo coche arrancaba, y lo hizo, llegar a Wently
sería una odisea. Pero no importaba, si el coche no podía llegar, te
metían en un autobús. Mis pies ya estaban calados.
El jefe de
Wently me puso delante de aquella caja. Ya estaba repleta y empezó a
llenarse más con la ayuda de otro auxiliar. ¡Nunca había visto una caja
así! Parecía una jodida broma de mal gusto. Conté doce paquetes de
cartas en la caja. Debía cubrir media ciudad. Sólo me faltaba descubrir
que la ruta era colinas abajo. Quien lo hubiera concebido estaba loco.
Empezamos a ordenarlas y cuando estaba a punto de rendirme y dejarlo, el jefe se acercó y dijo:
-No puedo conseguir más ayuda para hacer esto.
-No importa -dije yo.
No importa, y una leche. No fue hasta más tarde cuando descubrí que el tipo era el mejor amigo de Jonstone.
La
ruta comenzaba en la estafeta. El primero de doce viajes. Atravesé una
cortina de agua y bajé por la colina. Era la parte pobre de la ciudad,
pequeñas casas y patios con buzones llenos de arañas, buzones colgando
de un clavo, viejas al otro lado de las ventanas liando cigarrillos,
mascando tabaco y canturreándoles a sus canarios y contemplándote, un
idiota perdido en la lluvia.
Al empaparse los calzoncillos
resbalaban hacia abajo, se iban abajo y más abajo deslizándose por las
nalgas, se quedaban colgando de la entrepierna del pantalón. La lluvia
hacía que se corriese la tinta de algunas de las cartas, los cigarrillos
no conseguían seguir encendidos. Tenías que buscar continuamente
revistas en la saca. Era el primer viaje y ya estaba agotado. Mis
zapatos estaban empastrados de barro y pesaban como botas. Cada dos por
tres pisaba algo resbaladizo y estaba a punto de caerme.
Se abrió una puerta y una vieja hizo la pregunta que había que escuchar cien veces al día:
-¿Qué le ha pasado al cartero de siempre?
-Señora, POR FAVOR, ¿cómo lo voy a saber? ¿Cómo coño voy a saberlo? ¡Yo estoy aquí y él está en algún otro sitio!
-¡Oh, es usted un grosero!
-¿Un grosero?
-Sí.
Me reí y puse una carta hinchada y empapada de agua en su mano, luego seguí. Quizás en lo alto de la colina sea mejor, pensé.
Otra vieja cotorra, tratando de ser amable, me preguntó:
-¿Le gustaría entrar y tomarse una taza de té mientras se seca?
-Señora, ¿no se da cuenta de que no tenemos tiempo ni para subirnos los calzoncillos?
-¿Subirse los calzoncillos?
-¿SI, SUBIRNOS LOS CALZONCILLOS! -grité, y volví a sumergirme en la cortina de agua.
Acabé
la primera ronda. Me había costado alrededor de una hora. Once viajes
más, eso son once horas más. Imposible, pensé. Este primero ha debido
ser el más complicado.
Colina arriba era peor porque tenias que arrastrar tu propio peso.
Llegó
el mediodía y se fue. Sin almuerzo. Estaba en el 4° ó 5° viaje. Incluso
en un día seco la ruta hubiera sido imposible. De esta forma era tan
imposible que ni siquiera podías pensar en ello.
Finalmente
estaba tan mojado que pensé que me estaba ahogando. Encontré un porche y
me refugié un rato a encender un cigarrillo. Había dado unas tres
caladas tranquilas cuando oí una vocecilla de anciana detrás mío:
-¡Cartero! ¡Cartero!
-¿Sí, señora? -dije yo.
-¡SE LE ESTA MOJANDO EL CORREO!
Miré mi saca y vi que la había dejado abierta. Parte del correo había caído en un agujero en el suelo del porche.
Me
fui. Ya está, pensé, sólo un idiota puede hacer lo que estoy haciendo.
Voy a buscar un teléfono para decirles que vengan a coger su correo y
metérselo por el culo. Jonstone gana.
En el momento que decidí
abandonar me sentí mucho mejor. A través de la lluvia vi un edificio al
final de la colina que tenia aspecto de poder tener teléfono. Estaba a
mitad de la cuesta. Cuando bajé vi que era un pequeño café. Habla una
estufa funcionando. Bueno, mierda, pensé, podré también secarme. Me
quité la gabardina y la gorra, dejé caer la saca del correo en el suelo y
pedí una taza de café.
Era un café muy negro. Sacado de viejos
posos. El peor café que había probado nunca, pero estaba caliente. Me
bebí tres tazas y me quedé allí sentado durante una hora, hasta que
estuve completamente seco. Entonces miré afuera: ¡Había parado de
llover! Salí, subí la colina y comencé a repartir de nuevo el correo. Me
tomé mi tiempo y acabé la ruta. En el duodécimo viaje iba andando bajo
una luz crepuscular. Para cuando volví a la estafeta era ya de noche.
La entrada de carteros estaba cerrada.
Di golpes en la puerta metálica.
Un empleaducho bajito apareció y abrió la puerta.
-¿Cómo cojones ha tardado tanto? -me gritó.
Fui
hasta la caja y tiré la húmeda saca llena de recibos, correo equivocado
y correo recogido. Luego saqué mi llave y la arrojé contra la caja. Se
suponía que tenias que firmar y guardar a buen recaudo la llave. No me
importaba. Él estaba quieto a mi lado.
Le miré.
-Tío, si me dices una sola palabra más, si tan sólo estornudas, que Dios me perdone, ¡porque te mato!
El tipo no dijo nada. Me largué.
A
la mañana siguiente estuve esperando que Jonstone se volviera y dijera
algo. Hizo como si no hubiera pasado nada. Acabó la lluvia y todos los
regulares dejaron de estar enfermos. La Roca mandó a casa sin paga a
tres auxiliares, entre ellos yo. Casi me dieron ganas de darle un beso.
Volví a la cama y me pegué al cálido culo de Betty.
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Pero
entonces empezó a llover de nuevo. La Roca me destinó a una cosa
llamada Colecta Dominical, y si estáis pensando en que tenla algo que
ver con la Iglesia, olvidadlo. Cogías en el garaje Oeste una furgoneta y
una carpeta. En la carpeta te ponían las calles, a la hora en que
debías estar allí y como llegar al siguiente buzón de colecta. Como:
Beecher a las 2:32 p.m. y Avalon, 13 D2 (lo que quería decir tres
manzanas a la izquierda y dos a la derecha) a las 2:35 p.m., y tú te
preguntabas cómo podías recoger el correo de un buzón, luego atravesar
cinco manzanas en 3 minutos y volver a vaciar otro buzón. A veces te
llevaba más de 3 minutos solamente dejar vacío un buzón. Y en las
carpetas habían errores. A veces confundían un callejón con una calle y
otras veces una calle con un callejón. Nunca sabias dónde estabas.
Era
una de esas lluvias continuas, no fuerte, pero que nunca paraba. La
zona por la que estaba conduciendo era nueva para mí, pero al menos
habla bastante luz para leer la carpeta. Pero a medida que iba
oscureciendo se iba haciendo más difícil leer (con la bombillita del
interior de la furgoneta) o localizar los buzones. También estaba
creciendo el agua en las calles, y varias veces, al bajarme, me había
llegado por encima del tobillo.
Entonces se fundió la bombillita
de la cabina. No podía leer la carpeta. No tenía la menor idea de dónde
estaba. Sin la carpeta era como un hombre perdido en el desierto. Pero
la cosa aún no era tan trágica, todavía no. Tenia dos cajas de cerillas y
antes de ir a cada nuevo buzón, encendía una cerilla, memorizaba las
direcciones y conducía hasta allí. Por una vez, había vencido a la
adversidad, con Jonstone allí arriba en el cielo, mirando hacia abajo,
contemplándome.
Entonces doblé una esquina, salté para vaciar un buzón y cuando volví, vi que la carpeta, ¡HABIA DESAPARECIDO!
Jonstone
que estás en los cielos, ¡ten piedad! Estaba perdido en la oscuridad y
la lluvia. ¿Era yo realmente el idiota? ¿Tenia la culpa de las cosas que
me ocurrían? Era posible. Quizás yo fuese un subnormal que bastante
suerte tenía con estar vivo.
La carpeta estaba pegada al
salpicadero. Supuse que debía haber salido volando de la furgoneta en el
último giro brusco que hice. Salí de la furgoneta con los pantalones
enrollados hasta las rodillas y empecé a vadear por un río de agua de
dos palmos de profundidad. Estaba oscuro. ¡Nunca encontraría la maldita
cosa! Seguí caminando, encendiendo cerillas, pero nada, nada. Se había
ido flotando a la deriva. Al doblar la esquina tuve el sentido
suficiente para mirar hacia dónde se movía la corriente y seguirla. Vi
un objeto flotando, encendí una cerilla ¡Y ALLI ESTABA! La carpeta.
¡Imposible! Me dieron ganas de besarla. Regresé vadeando hasta el
camión, subí, me bajé las perneras de mis pantalones y ajusté bien la
carpeta al salpicadero. Por supuesto iba retrasado, pero al menos había
recuperado su sucia carpeta. No estaba perdido en los suburbios de
ninguna parte. No tendría que llamar a un timbre y preguntarle a alguien
el camino de vuelta al garaje de la Oficina de Correos.
Ya vela a algún gilipollas sonriendo sardónicamente desde su puerta calentita.
-Bueno, bueno. ¿Usted es un empleado de correos, no? ¿No sabe cómo volver a su propio garaje?
Así
que seguí conduciendo, encendiendo cerillas, saltando sobre remolinos
de agua y vaciando buzones. Estaba cansado, mojado y resacoso, pero
normalmente solfa estar así y podía vadear la fatiga tal como vadeaba
las corrientes de agua. Pensaba continuamente en un baño caliente, en
las bonitas piernas de Betty y, algo que me hacía seguir, en la imagen
de mí mismo en un sillón, con una copa en la mano, y el perro
levantándose para acercarse a mí, mientras yo le daba palmaditas en la
cabeza.
Pero quedaba mucho. Las escalas en la carpeta parecían
interminables, y cuando por fin se acabaron y dije «Ya está», arrancando
el papel de la carpeta, vi que detrás había otra lista de paradas.
Con
la última cerilla llegué a la última parada, deposité el correo en la
estafeta indicada, y era un buen cargamento, y después regresé al garaje
Oeste. Estaba en el extremo Oeste de la ciudad y por aquella zona la
tierra era muy blanda, el sistema de drenaje no podía con el agua y cada
vez que llovía durante un rato tenían lo que se llama una «inundación».
Exacto.
Yendo hacia allí, el agua iba alcanzando más y más
altura. Vi coches medio sumergidos y abandonados por todas partes. Muy
bestia. Todo lo que quería era sentarme en ese sillón con el vaso de
whisky en mi mano y contemplar el culo de Betty meneándose por la
habitación. Entonces me encontré en un semáforo con Tom Moto, uno de los
otros auxiliares de Jonstone.
-¿Por qué camino vas? -me preguntó Moto.
-La distancia más corta entre dos puntos, según me enseñaron, es una línea recta -le contesté.
-Mejor que no lo hagas -me dijo-. Conozco esa zona. Parece un océano.
-Tonterías -dije-, todo lo que hace falta es un poco de cojones. ¿Tienes una cerilla?
Encendí un cigarrillo y lo dejé en .el semáforo. .
¡Betty, nenita, ahí voy!
Sí.
El
agua se hizo más y más profunda, pero las furgonetas de correos tenían
buena altura de ruedas. Tomé el atajo a través de la zona residencial, a
toda velocidad, haciendo volar el agua a mi alrededor. Seguía
lloviendo, muy fuerte. No había ningún coche a la vista. Yo era el único
objeto móvil.
Un tipo que estaba de pie en su porche me gritó riéndose:
-¡EL CORREO HA DE LLEGAR SIEMPRE!
Le insulté y le enseñé el dedo tieso.
Me
di cuenta de que el agua estaba creciendo por encima del suelo de la
furgoneta, haciendo remolinos alrededor de mis zapatos, pero seguí
conduciendo. ¡Sólo faltaban 3 manzanas!
Entonces la furgoneta se paró.
Oh, oh. Mierda.
Intenté
volverla a poner en marcha. Arrancó una vez, pero luego se caló.
Después ya no respondió de ningún modo. Me quedé allí sentado mirando el
agua, debía tener más de 80 centímetros de profundidad. ¿Qué debía
hacer? ¿Seguir allí sentado hasta que enviaran una escuadrilla de
rescate?
¿Qué decía el Manual de Correos? ¿Dónde estaba? No había conocido a nadie que hubiera visto jamás ninguno.
Cojones.
Cerré
la furgoneta, me metí las llaves en el bolsillo y me metí en el agua,
que me llegaba casi por la cintura, empezando a vadear hacia el garaje
Oeste. Estaba todavía lloviendo. De repente el agua subió aún más. Me di
cuenta de que estaba andando por un jardín al tropezar con una cerca.
La furgoneta estaba aparcada en mitad del césped frontal de una casa.
Por
un momento pensé que nadar sería más rápido; luego pensé, no, parecerla
ridículo. Conseguí llegar hasta el garaje, y me fui al despacho del
encargado. Allí estaba yo, todo lo mojado que podía estar, y él me miró.
Le lancé las llaves de la furgoneta y las de contacto. Luego escribí en un pedazo de papel: 3435 de Mountview Place.
-Su furgoneta está en esta dirección. Vayan a recogerla.
-¿Quiere decir que la dejó allí fuera?
-Quiero decir que la dejé allí fuera.
Me
fui y luego me quedé en calzoncillos y me puse delante de una estufa.
Coloqué mi ropa junto a la estufa. Entonces miré al otro lado de la
sala, y allí, junto a otra estufa, estaba Tom Moto en calzoncillos.
Los dos nos reímos.
-Es un infierno ¿no? -dijo él.
-Increíble.
-¿Crees que lo planeé La Roca?
-¡Demonios, sí! ¡Hasta se encargó de poner la lluvia! -¿Te has quedado atascado ahí fuera?
-Ya lo creo -dije.
-Yo también.
-Escucha,
chico -le dije-, mi coche tiene 12 años. Tú tienes uno nuevo. Estoy
seguro de que el mío estará calado. ¿Te importaría empujarme para que
arranque?
-De acuerdo.
Nos vestimos y salimos. Moto se
había comprado un coche nuevo tres semanas antes. Esperé a que su motor
arrancara. Ni un sonido. Oh, Cristo, pensé.
El agua llegaba a los guardabarros.
Moto salió.
-No hay manera Está muerto.
Probé
con el mío sin la menor esperanza. Hubo un poco de acción por parte de
la batería, un pequeño chispazo, un gruñido ronco. Pisé el acelerador y
probé de nuevo. Arrancó. Lo dejé rugir. iVICTORIA! Dejé que se
calentara. Luego me puse a empujar el coche de Moto. Lo empujé durante
kilómetro y medio. El cacharro ni siquiera echó un pedo. Lo empujé hasta
un garaje, lo dejé allí y, cogiendo las calles más altas y secas,
regresé al culo de Betty.
12
El cartero
favorito de La Roca era Matthew Battles. Battles jamás se presentaba con
una sola arruga en la camisa. De hecho, todo lo que llevaba era nuevo,
parecía nuevo. Los zapatos, las camisas, los pantalones, la gorra. Sus
zapatos relucían realmente y nada de su ropa parecía que hubiera pisado
todavía una lavandería. Una vez que una camisa o un par de pantalones se
arrugaban o manchaban un poco, los debía tirar.
La Roca nos decía a menudo mientras pasaba Matthew:
-¡Bueno, esto es un cartero¡
Y lo decía en serio. Sus ojos casi se estremecían de amor.
Y
Matthew trabajaba en su caja, erecto y limpio, lozano y bien dormido,
con sus zapatos brillando victoriosamente, clasificando las cartas en la
caja con alegría.
-¡Tú eres un cartero de verdad, Matthew!
-¡Gracias, señor Jonstone!
Una vez a las 5 de la mañana entré y me senté a esperar detrás de La Roca. Parecía un poco hundido dentro de la camisa roja.
Moto estaba a mi lado. Me dijo:
-Cogieron a Matthew ayer.
-¿Que le cogieron?
-Sí,
robando en el correo. Ha estado abriendo cartas para el Templo de
Nekalayla y sacando dinero. Después de 15 años en el trabajo.
-¿Cómo le han cogido? ¿Cómo lo descubrieron?
-Las
viejas. Las viejas mandaban cartas a Nekalayla con dinero y no recibían
ninguna respuesta de agradecimiento. Nekalayla se lo comunicó a la
Oficina de Correos y la Oficina puso sus ojos en Matthew. Le
sorprendieron abriendo cartas abajo en el retrete, sacando el dinero.
-¿Con las manos en la masa?
-En pelotas. Le pillaron a plena luz del día.
Me eché hacia atrás.
Nekalaya
habla construido este gran templo y lo había pintado de un color verde
espantoso, supongo que le recordaría al dinero, y tenía una oficina con
un personal de 30 o 40 personas que no hacían nada más que abrir sobres,
sacar cheques y dinero, anotar la cantidad, el remitente, la fecha y
cosas así. Otros se ocupaban de enviar libros y panfletos escritos por
Nekalayla, y su foto estaba en la pared, una gran foto con ropajes
religiosos y larga barba. También había un cuadro muy grande suyo en lo
alto de la oficina, observando.
Nekalayla aseguraba que una vez,
mientras caminaba a través del desierto, se había encontrado con
Jesucristo y que Jesucristo se lo había contado todo. Se habían sentado
los dos en una roca y J.C. le había iluminado. Ahora él pasaba los
secretos a todo aquel que pudiese pagarlos. También daba una misa todos
los domingos. Sus ayudantes, que también eran sus discípulos, tenían que
fichar en relojes de control.
¡Sólo había que imaginarse a
Matthew Battles intentando burlarse de Nekalayla, el hombre que había
estado con Cristo en el desierto!
-¿Se lo ha dicho alguien a La Roca? -pregunté.
-¿Estás bromeando?
Seguimos
allí sentados alrededor de una hora. La caja de Matthew fue asignada a
un auxiliar. Al resto se les asignaron otros trabajos. Me quedé solo,
sentado detrás de La Roca. Entonces me levanté y me acerqué a su
escritorio.
-¿Sr. Jonstone?
-¿Sí, Chinaski?
-¿Qué
le ha pasado hoy a Matthew? ¿Está enfermo? La cabeza de La Roca cayó
hacia abajo. Miró el papel que tenia en su mano y pretendió que lo
seguía leyendo. Volví a sentarme en mi sitio.
A las 7 de la mañana La Roca se dio la vuelta.
-No hay nada hoy para ti, Chinaski.
Me
levanté y fui hacia la puerta. Me paré en el umbral. -Buenos días,
señor Jonstone, que tenga un día feliz. No contestó. Bajé hasta una
tienda de licores y compré media pinta de whisky Grandad para el
desayuno.
13
Las voces de la gente eran iguales, no importaba dónde llevaras el correo, siempre oías las mismas cosas una y otra vez.
-¿Llega tarde, no?
-¿Qué le ha pasado al cartero de siempre?
-¡Hola, Tío Sam!
-¡Cartero! ¡Cartero! ¡Esto no es para aquí!
Las calles estaban llenas de gente pánfila y demente.
La
mayoría vivía en bonitas casas y no parecía que traba casen, y tú te
preguntabas cómo lo habían logrado. Había un tipo que no te dejaba poner
el correo en su buzón. Salía a la calle y te veía llegar desde dos o
tres manzanas más allá. Se quedaba allí quieto y extendía la mano.
Les pregunté a algunos carteros que hacían habitualmente esa ruta
-¿Qué le pasa a ese tío que se queda quieto en la calle y extiende la mano?
-¿Qué tío que se queda quieto y extiende la mano? -contestaron ellos.
Todos tenían también la misma voz.
Un
día que hice aquella ruta, el tío-que-extendía-la-mano estaba media
manzana más arriba. Estaba hablando con un vecino, entonces desvió la
vista hacia mí, que estaba a más de una manzana de distancia, y supo que
tenia tiempo para volver y esperarme en su sitio. Cuando me dio la
espalda, empecé a correr. No creo que nunca hubiera repartido el correo
tan rápido, a toda mecha, sin parar ni hacer pausa, iba a joderle. Tenía
la carta medio metida por la hendidura de su buzón cuando se dio la
vuelta y me vio.
-¡OH NO NO NO! -gritó-. ¡NO LA META EN EL BUZON!
Corrió como un loco calle abajo hacia mí. No podía ni verle los pies. Debió recorrer cien metros en 9 segundos.
Puse
la carta en su mano. Le vi abrirla, caminar hacia el porche, abrir la
puerta y entrar en su casa. Alguien tenía que explicarme aquello.
14
Me
cambiaron la ruta otra vez. La Roca siempre me ponía en rutas duras,
pero de vez en cuando, debido a inevitables circunstancias, se vela
forzado a asignarme alguna menos criminal. La ruta 511 era bastante
sencilla, y allí estaba yo pensando de nuevo en almorzar, el almuerzo
que nunca podía zamparme.
Era un barrio residencial de verdad.
Sin casas de apartamentos. Sólo casa tras casa con céspedes bien
cuidados. Pero era una ruta mueva y yo me preguntaba continuamente,
mientras caminaba, dónde estaría la trampa. Hasta el tiempo era
agradable.
¡Dios mío, pensaba, voy a conseguirlo! ¡Un buen almuerzo y volver a mi hora! La vida, al fin, era soportable.
Aquella
gente ni siquiera tenia perros. Nadie se asomaba a esperar el correo.
No había oído una voz humana desde hacía horas. Quizás hubiera alcanzado
mi madurez postal, fuese esto lo que fuese. Seguía mi camino,
eficientemente, casi con dedicación.
Recordaba a uno de los carteros más viejos señalándose el corazón y diciéndome:
-Chinaski, algún día te atrapará ¡y te atrapará de aquí!
-¿Un infarto?
-Dedicación al servicio. Ya verás. Te enorgullecerás de ello.
-¡Cojones!
Pero el hombre lo decía sinceramente.
Pensé en él mientras seguía mi paseo.
Entonces apareció una carta certificada con acuse de recibo.
Subí y llamé al timbre. Una mirilla se abrió en la puerta. No podía ver la cara.
-¡Carta certificada!
-¡Apártese! -dijo una voz de mujer-. ¡Apártese para que pueda ver su cara!
Bueno, ya está, pensé, otra chiflada.
-Mire, señora, usted no tiene que ver mi cara. Sólo dejaré esta notificación en el buzón y usted podrá recoger su carta en Correos. Traiga su documentación.
Dejé la notificación en el buzón y empecé a salir del porche.
La
puerta se abrió y ella salió corriendo. Llevaba uno de esos camisones
transparentes y no llevaba sostén. Sólo unas bragas azul oscuro. Tenia
el pelo despeinado y erizado hacia afuera como si quisiera escapar de
ella. Pare` cía que tenía puesta alguna especie de crema en la cara,
especialmente debajo de los ojos. La piel de su cuerpo era blanca como
si nunca hubiese visto la luz del sol y su rostro tenía un aspecto
insano. Su boca colgaba abierta. Llevaba un toque de lápiz de labios y
tenía unas buenas tetas.
Capté todo esto mientras se abalanzaba sobre mí. Yo estaba metiendo la carta certificada de nuevo en la saca.
Ella gritó:
-¡DEME MI CARTA!
-Señora, tendrá que... -dije yo.
-Agarró la carta y se fue corriendo hacia la puerta, la abrió y entró.
¡Maldición! ¡No podías volver sin la carta certificada o el recibo firmado! Los cabrones siempre pedían firmas para todo.
-¡EH!
Fui tras ella y metí el pie en el quicio de la puerta justo a tiempo.
-¡EH, MALDITA SEA!
-¡Váyase! ¡Váyase! ¡Es usted un obseso sexual!
-¡Mire,
señora! ¡Trate de comprenderl ¡Tiene que firmarme el recibo de esa
carta! ¡No se la puedo dar así! ¡Está usted robando el correo de los
Estados Unidos!
-¡Váyase, maníaco!
Apoyé todo mi peso contra la puerta y entré de un empujón. Estaba oscuro. Todas las persianas estaban bajadas.
-¡NO TIENE DERECHO A ENTRAR EN MI CASA! ¡SALGA!
-¡Y usted no tiene derecho a robar el correo! ¡0 me devuelve la carta o me firma el recibo, entonces me iré!
-¡Está bien! ¡Está bien! Firmaré.
Le
señalé dónde tenia que firmar y le di un bolígrafo. Miré sus tetas y el
resto del cuerpo y pensé, qué pena que esté chiflada, qué pena, qué
pena.
Me devolvió el bolígrafo y el papel firmado con un simple
garabato. Abrió la carta y empezó a leerla mientras yo me disponía a
irme.
Entonces se cruzó delante mío en la puerta, con los brazos extendidos. La carta estaba en el suelo.
-¡Obseso, obseso, obseso! ¡Ha venido aquí para violarme!
-Mire, señora, déjeme...
-¡SE LE VE LA MALDAD ESCRITA EN LA CARA!
-¿Cree que no lo sé? ¡Ahora déjeme salir!
Con
una mano intenté apartarla a un lado. Me clavó las uñas en una de las
mejillas, bien. Solté la saca, se me cayó la gorra y mientras me ponía
un pañuelo para limpiarme la sangre, ella me lanzó otro zarpazo y me
rasgó la otra mejilla.
-¡TU, ZORRA! ¡QUE COÑO PASA CONTIGO!
-¿Lo ve? ¿Lo ve? ¡ES USTED UN MANIACO!
Estaba
pegada a mí. La agarré por el culo y pegué mi boca a la suya. Notaba
sus tetas pegadas contra mi cuerpo. Ella apartó su cabeza hacia atrás.
-¡Violador! ¡Violador¡ ¡Maniaco violador!
Bajé con mi boca y agarré una de sus tetas, luego pasé a la otra.
-¡Violación! ¡Violación! ¡Me están violando!
Tenía
razón. Le bajé las bragas, me desabroché la cremallera y se la metí,
luego la llevé en volandas hasta el sofá. Caímos sobre él.
Levantó sus piernas bien alto.
-¡VIOLACION! -gritaba.
Acabé, me abroché la cremallera, recogí el correo, y salí, dejándola mirando lánguidamente el techo...
No pude almorzar, y aun así llegué tarde.
-Lleva 15 minutos de retraso -dijo La Roca.
Yo no dije nada.
La Roca me miró.
-Dios todopoderoso. ¿Qué le ha pasado a su cara? -preguntó.
-¿Qué le ha pasado a la suya? -respondí.
-¿A qué se refiere?
-Olvídelo.
15
Estaba
de nuevo con resaca y estábamos pasando otra ola de calor, una semana a
40 grados todos los días. Seguía bebiendo cada noche, y por las mañanas
temprano estaba La Roca y la imposibilidad de todo.
Algunos de
los chicos llevaban salacots africanos con una tela para hacer sombra,
pero yo iba siempre igual, lloviera o hiciera sol, con vestidos
harapientos y unos zapatos tan viejos que los clavos me pinchaban
continuamente los pies. Ponía pedazos de cartón, pero sólo ayudaban
temporalmente, al poco tiempo los clavos se me comían de nuevo las
plantas de los pies.
El whisky y la cerveza corrían fuera de mi,
hechos una fuente en mis axilas, y yo continuaba con esta carga a mis
espaldas, coma una cruz, sacando revistas, repartiendo miles de cartas,
tambaleándome, soldado a los rayos del sol.
Una mujer me gritó:
-¡CARTERO! ¡CARTERO! ¡ESTO NO ES PARA AQUI!
Me di la vuelta. Ella estaba una manzana más abajo y yo ya iba retrasado.
-Mire, señora, deje la carta en el buzón. ¡La cogeré mañana!
-¡NO! ¡NO! ¡QUIERO QUE LA COJA AHORA!
La agitaba aparatosamente en el aire.
-¡Señora!
-¡VENGA A POR ELLA! ¡NO ES DE AQUI!
Oh, Cristo.
Dejé
caer la saca. Me quité después la gorra y la arrojé contra la hierba.
Se fue rodando hasta la calzada. La dejé y regresé andando hasta donde
estaba la señora. Media manzana.
Llegué y le arranqué la carta de la mano, me di la vuelta y regresé.
¡Era un folleto de publicidad! Correo de 4' categoría. Algo acerca de unas rebajas de ropa.
Recogí mi gorra y me la puse. Volvía colocar la saca sobre el lado izquierdo de mi columna y me puse a caminar. Cuarenta grados.
Pasé por delante de una casa y una mujer salió corriendo detrás mío.
-¡Cartero! ¡Cartero! ¿No tiene ninguna carta para mí?
-¿Qué le hace suponerlo?
-Porque mi hermana me ha llamado por teléfono y me ha dicho que iba a escribirme.
-Señora, no tengo ninguna carta para usted.
-¡$é que la tiene! ¡Sé que la tiene! ¡Sé que está ahí dentro!
Empezó a agarrar un puñado de cartas.
-¡NO TOQUE EL CORREO DE LOS ESTADOS UNIDOS, SEÑORA! ¡HOY NO HAY NADA PARA USTED!
Me di la vuelta y me alejé.
-¡SÉ QUE TIENE MI CARTA!
Otra mujer estaba de pie en su porche.
-¿Llega tarde, no?
-Sí, señora.
-¿Qué le ha pasado al cartero de siempre?
-Se está muriendo de cáncer.
-¿Muriendo de cáncer? ¿Harold se está muriendo de cáncer?
-En efecto -dije.
Le entregué la correspondencia.
-¡FACTURAS! ¡FACTURAS! ¡FACTURAS! -gritó ella-. ¿ESO ES TODO LO QUE PUEDE TRAERME? ¿ESTAS FACTURAS?
-Sí, señora, eso es todo lo que puedo traerle.
Me di la vuelta y seguí andando.
No
era culpa mía que usasen el teléfono y el gas y la luz y comprasen
todas sus cosas con tarjeta de crédito. Encima, cuando les llevaba las
facturas me gritaban a mí, como si yo les hubiera pedido que instalasen
un teléfono, o tuviesen un televisor de 350 dólares sin tener dinero
para pagarlo.
La siguiente parada fue un edificio de dos pisos,
bastante nuevo, con diez o doce apartamentos. Los buzones estaban en
fila bajo el porche. A1 fin un poco de sombra. Metí la llave en el buzón
y lo abrí.
-¡HOLA, TÍO SAM! ¿QUÉ TAL ESTAMOS HOY?
Aullaba.
No me esperaba aquella voz detrás mío, me cogió desprevenido. El tío me
había chillado, y yo estaba resacoso, me encontraba nervioso. Pegué un
salto del susto. Era demasiado. Saqué la llave de la cerradura y me di
la vuelta. Todo lo que pude ver fue una puerta con una cortina. Alguien
estaba allí detrás. Invisible y climatizado.
-¡Maldito cabrón! -dije-. ¡No me llames Tío Sam! ¡No soy Tío Sam!
-¿Oh, eres uno de esos tíos chulitos, eh? ¡Por dos perras saldría y te zurraría la badana! -dijo la voz.
Cogí
mi saca y la arrojé al suelo. Cartas y revistas salieron volando por
todas partes. Tendría que reordenar todo el cargamento. Me quité la
gorra y la estampé contra el cemento.
-¡SAL DE AHI, HIJO DE PUTA! ¡OH, DIOS TODOPODEROSO! ¡SAL DE AHI! ¡SAL, SAL DE AHI!
Estaba dispuesto a matarle.
Nadie
salió. No se oyó un solo sonido. Miré la puerta con la cortina. Nada.
Era como si el apartamento estuviera vacío. Por un momento pensé en
entrar. Luego me di la vuelta, me agaché y comencé a reordenar el
correo. Era una tarea dura sin una caja de clasificación. Veinte minutos
más tarde tenia todo ordenado. Metí algunas cartas en el buzón, dejé
las revistas en el suelo del porche, cerré el buzón, me volví y miré de
nuevo la puerta con la cortina. Seguía sin oírse nada.
Acabé la
ruta, caminando, pensando, bueno, telefoneará y le dirá a Jonstone que
le he insultado. Cuando llegue será mejor que esté preparado para lo
peor.
Abrí la puerta y allí estaba La Roca en su escritorio, leyendo algo.
Me quedé allí de pie, mirándole, esperando.
La Roca me miró, luego volvió a bajar la vista hacia lo que estaba leyendo.
Yo seguí allí plantado, aguardando.
La Roca siguió leyendo.
-Bueno -dije finalmente-, ¿qué pasa?
-¿Cómo que qué pasa? -La Roca levantó la mirada.
-¡SOBRE LA LLAMADA TELEFONICA! ¡HÁBLEME DE LA LLAMADA TELEFONICA! ¡NO SE QUEDE AHI SENTADO COMO SI NADA!
-¿Qué llamada telefónica?
-¿No ha recibido una llamada telefónica acerca de mí?
-¿Una llamada telefónica? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha estado haciendo ahí fuera? ¿Qué ha hecho?
-Nada.
Me alejé y dejé la saca.
El tipo no había llamado. No había tenido valor. Probablemente pensó que yo volvería a por él si telefoneaba.
Pasé junto a La Roca al volver hacia la caja.
-¿Qué ha hecho ahí fuera, Chinaski?
-Nada.
Mi
conducta había confundido - de tal manera a La Roca, que se olvidó de
decirme que había llegado con 30 minutos de retraso y amonestarme por
ello.
16
Una mañana temprano estaba
clasificando en la caja junto a G.G. Así era como le llamaban: G.G. Su
nombre real era George Greene. Pero durante años se le había llamado
simplemente G.G. Había empezado de cartero a los veintipocos años y
ahora andaba ya por los sesenta. Había perdido la voz. No hablaba.
Graznaba. Y cuando graznaba, no decía gran cosa. No era apreciado ni
despreciado. Simplemente estaba allí. Su cara se había arrugado en
extraños surcos y pliegues de carne poco atractivos. En ella no brillaba
ninguna luz. No era más que un viejo tipejo que hacía su trabajo: G.G.
Sus ojos parecían dos estúpidos pegotes de barro asomándose por las
bolsas imprecisas de sus párpados. Era mejor no pensar en él, ni
mirarle.
Pero G.G., debido a su veteranía, tenía una de las
mejores rutas, por el distrito más lujoso. Las casas eran antiguas, pero
enormes, la mayoría de dos pisos: Con amplios jardines de césped,
cortado y regado por jardineros japoneses. Allí vivían varias estrellas
de cine, un dibujante famoso, un escritor de éxito, dos ex gobernadores.
En aquella zona nadie te hablaba nunca. Jamás veías a nadie. Sólo
podías ver a alguien al principio de la ruta, donde las casas eran de
menos lujo y los niños te molestaban. G.G. era soltero. Y tenía un
silbato. Al comienzo de la ruta, se plantaba en la carretera, sacaba su
silbato, que era bastante grande, y soplaba, silbando en todas las
direcciones. Era para que los niños supiesen que estaba allí. Llevaba
dulces para ellos. Y los niños venían corriendo y él repartía los dulces
mientras bajaba por la calle. El bueno de G.G.
Me enteré de esto
de los dulces la primera vez que hice la ruta. A La Roca no le gustaba
asignarme una tan fácil, pero a veces no tenía más remedio. Así que iba
caminando por allí y entonces salió un niño y me dijo:
-¿Eh, dónde está mi caramelo?
Y yo dije:
-¿Qué caramelo, niño?
Y el niño dijo:
-¡Mi caramelo! !Quiero mi caramelo!
-Mira, niño -dije-, debes estar loco. ¿Te deja tu madre andar por ahí solo?
El niño se quedó mirándome de forma extraña.
Pero
un día G.G. se metió en problemas. El bueno de G.G. Conoció a aquella
niñita nueva del vecindario y le dio algo de dulce, diciendo:
-¡Vaya, eres una niña muy guapa! ¡Me gustarla tenerte para mí solo, nena bonita!
La
madre lo había estado escuchando por la ventana y salió chillando,
acusando a G.G. de corrupción de menores. No sabía nada de G.G., así que
cuando le vio dar el dulce a la niña y hacer aquel comentario, le
pareció un escándalo.
El bueno de G.G. Acusado de corrupción de menores.
Entré
y oí a La Roca hablando por teléfono, tratando de explicarle a la madre
que G.G. era un hombre decente. G.G. estaba sentado frente a . su caja,
como en trance, hundido.
Cuando La Roca acabó y colgó, le dije:
-No
debería disculparse con esa mujer. Tiene una mente sucia v retorcida.
La mitad de las madres americanas, con sus- grandes y preciosos coños y
sus preciosas hijitas, la mitad de las madres americanas tienen mentes
sucias y retorcidas. Dígale que se meta la lengua por el culo. A G.G. no
se le puede poner la picha dura, usted lo sabe.
La Roca meneó la cabeza:
-No, ¡el público es dinamita! ¡Auténtica dinamita!
Eso
es todo lo que pudo decir. Ya había visto antes a La Roca postrándose y
suplicando y dando explicaciones a cada majadero que llamaba acerca de
cualquier tontería...
Estaba clasificando junto a G.G. en la ruta
501, que no era demasiado mala. Tenía que pechar con una bue. na
cantidad de correo, pero era posible, y eso daba una esperanza.
Aunque
G.G. conocía su caja de arriba a abajo, sus manos se iban haciendo cada
vez más lentas. Simplemente había manejado demasiadas cartas en su
vida, y su cuerpo, con sus sentidos adormecidos, se estaba finalmente
rebelando. Varias veces durante la mañana le vi vacilar. Se paraba y se
tambaleaba, entraba como en un trance, luego se recuperaba y ordenaba
algunas cartas más. A mí no es que me cayese particularmente bien. Su
vida no había sido muy valiente y se había ido convirtiendo en algo así
como una masa de mierda. Pero cada vez que vacilaba, algo me estremecía.
Era como un fiel y pundonoroso caballo que no pudiese seguir por más
tiempo. O un viejo automóvil que se rindiese finalmente, una mañana.
El
correo era pesado y, mientras observaba a G.G., sentí temblores de
muerte. ¡Por primera vez en más de 40 años podía retrasarse en el
reparto matinal! Para un hombre tan orgulloso de su empleo y su trabajo
como G.G., aquello podía resultar una tragedia. Yo me había retrasado
muchas veces en el reparto matinal, perdiendo la furgoneta, y había
tenido que llevar las sacas de correo en mi coche, pero mi actitud era
bastante diferente.
Vaciló de nuevo.
Por Dios, pensé, ¿es que nadie más que yo se da cuenta?
Miré
a mi alrededor, nadie hacía caso. Todos, en alguna u otra ocasión,
habían manifestado su afecto por él. «G.G. es un buen tipo». Pero el
«viejo buenazo» se estaba hundiendo y a nadie le importaba. Finalmente,
tuve menos correo frente a mí que G.G.
Quizás le pueda ayudar
ordenando sus revistas, pensé. Pero vino un empleado y echó más correo
delante mío, volviéndome a quedar a la altura de G.G. Iba a ser duro
para los dos. Vacilé por un momento, luego apreté los dientes, estiré
las piernas, encogí el estómago como alguien al que acabaran de darle un
puñetazo y agarré un puñado de cartas.
Dos minutos antes de la
hora de reparto, tanto G.G. como yo teníamos nuestro correo ordenado,
nuestras revistas clasificadas y en la saca, así como el correo aéreo.
Los dos íbamos a conseguirlo. Me había preocupado inútilmente. Entonces
se acercó La Roca. Traía dos fajos de circulares. Le dio uno a G.G. y el
otro a mí.
-Tienen que repartir esto -dijo, luego se fue.
La
Roca sabía que no tendríamos tiempo de ordenar esas circulares antes de
la hora del reparto. Fatigadamente corté los cordones que ataban las
circulares y empecé a clasificarlas en la caja. G.G. permaneció allí sin
moverse, mirando su fajo de cartas.
Entonces dejó caer la cabeza, dejó caer la cabeza sobre sus brazos y empezó a llorar sordamente.
Yo no podía creerlo.
Miré a mi alrededor.
Los otros carteros no prestaban atención a G.G. Estaban con sus cartas, atándolas, hablando entre sí y riéndose.
-¡Eh! -dije un par de veces-. ¡Eh!
Pero no miraban a G.G.
Me acerqué a G.G., le puse la mano en el hombro:
-G.G. -dije-. ¿Puedo hacer algo por ti?
Se
levantó de un salto y salió corriendo hacia la escalera de los
vestuarios. Le vi subir. Nadie pareció darse cuenta. Ordené unas cuantas
cartas más, luego me dirigí también hacia las escaleras.
Allí
estaba, con la cabeza hundida en los brazos sobre una de las mesas. Sólo
que ya no lloraba sordamente. Ahora estaba gimiendo y sollozando. Todo
su cuerpo se estremecía con espasmos. No podía parar.
Volví a bajar las escaleras, pasé a los carteros y llegué hasta el escritorio de La Roca.
-¡Eh, eh, Rocal ¡Por Dios, Roca!
-¿Qué pasa? -preguntó él.
-¡A G.G. le ha dado un ataque! ¡A nadie le importal ¡Está allá arriba llorando! ¡Necesita ayuda!
-¿Quién está ordenando su ruta?
-¿A quién le importa eso? ¡Le digo que está enfermo! ¡Necesita ayuda!
-¡Voy a buscar a alguien que se encargue de su ruta!
La
Roca se levantó de su escritorio, dio unas vueltas mirando a sus
carteros como si debiera haber algún cartero extra en algún sitio.
Entonces volvió a su escritorio.
-Mire, alguien tiene que llevar a
ese hombre a casa. Dígame dónde vive y yo mismo lo llevaré en mi coche,
luego repartiré el correo.
La Roca levantó la mirada.
-¿Quién está ordenando su caja?
-¡Oh, al carajo mi caja!
-¡VAYA A ORDENAR SU CAJA!
Entonces se puso a hablar con otro supervisor por teléfono:
-¿Hola, Eddie? Escucha, necesito que me envíes un hombre. . .
No
habría dulces para los niños aquel día. Volví a mi sitio. Todos los
otros carteros se habían ido. Empecé a ordenar las circulares. Sobre la
caja de G.G. estaba su paquete de circulares sin desatar. Estaba otra
vez retrasado. Había perdido la furgoneta. Cuando volví aquella tarde,
La Roca me hizo un expediente de amonestación.
Nunca volví a ver a
G.G. Nadie supo lo que le pasó. Tampoco nadie volvió a mencionarle. El
«viejo buenazo». El hombre con dedicación. Degollado por un puñado de
circulares de un supermercado local, con su oferta: un paquete de un
famoso detergente de regio al presentar el cupón con cada compra
superior a 3 dólares.
17
Después de 3 años
llegué a «regular». Eso significaba paga en vacaciones (los auxiliares
no tenían paga) y una semana de 40 horas con 2 días libres. La Roca se
vio también forzado a asignarme un sector permanente de 5 rutas. Eso era
todo lo que tenia que controlar, 5 rutas diferentes. Con tiempo, podía
conocer las cajas como la palma de mi mano, y todos los atajos y trampas
de cada ruta. Cada día sería más fácil. Aquello podía empezar a ser
confortable.
De todas formas, no me sentía demasiado feliz. Yo no
era un hombre que buscara deliberadamente el sufrimiento, el trabajo
era todavía bastante difícil, pero de alguna forma echaba en falta el
viejo encanto de mis días de auxiliar, aquel no-saber-qué-coño iba a
pasar a continuación.
Unos pocos regulares vinieron a estrecharme la mano. -Felicidades -me dijeron.
-Ya -dije.
¿Felicidades
por qué? Yo no había hecho nada. Ahora era un miembro del club. Era uno
de los muchachos. Podía continuar allí durante años, incluso llegar a
tener mi propia ruta. Recibir regalos de Navidad. Y cuando llamara
diciendo que estaba enfermo, le dirían a algún pobre bastardo auxiliar:
-¿Qué le ha pasado al cartero de siempre? Llega usted tarde. El cartero de siempre nunca llega tarde.
En
fin, así estaba. Entonces salió una circular diciendo que ni la gorra
ni ninguna otra parte del equipo podían ponerse encima de la caja de
cartero. La mayoría de los chicos dejaban sus gorras allí encima. No
molestaba para nada y ahorraba un viaje al vestuario. Ahora, después de 3
años de dejar allí mi gorra, me ordenaban que no lo hiciera.
Bueno,
seguía llegando con resaca y mi mente no estaba como para pensar en
cosas como gorras. Así que un día después de que saliera la orden mi
gorra estaba allí.
La Roca vino corriendo con la amonestación.
Decía que iba contra las reglas el tener parte del equipo encima de la
caja. Metí el papel en mi bolsillo y seguí clasificando cartas. La Roca
se sentó en su silla, girándose de un lado a otro y mirándome. Todos los
demás carteros habían puesto sus gorras en sus armarios. Excepto yo y
otro tipo, un tal Marty. Y La Roca se había acercado a Marty y le había
dicho:
-Bueno, Marty, ya leíste la orden. Se supone que tu gorra no debe estar encima de la caja.
-Oh,
lo siento, señor. Es la costumbre, ya sabe. Lo siento -había contestado
Marty, quitando su gorra de la caja y subiendo corriendo a dejarla en
su armario.
A la mañana siguiente me olvidé de nuevo. La Roca vino con la amonestación.
Decía que iba contra las reglas el tener parte del equipo encima de la caja.
Me la metí en el bolsillo y seguí clasificando cartas.
A
la mañana siguiente, cuando entré, pude ver a La Roca observándome. Me
observaba de forma muy deliberada. Estaba esperando a ver qué hacia con
la gorra. Le dejé esperar un rato. Entonces me quité la gorra de la
cabeza y la puse encima de la caja.
La Roca vino corriendo con su amonestación.
No la leí. La tiré a la papelera, dejé la gorra donde estaba y seguí con el correo.
Pude oír a La Roca con la máquina de escribir. Había rabia en el sonido de las teclas.
¿Dónde habrá aprendido éste a escribir a máquina?, me preguntaba.
Volvió de nuevo. Me entregó una segunda amonestación.
Le miré.
-No tengo por qué leerla. Ya sé lo que dice. Dice que no he leído la primera amonestación.
Tiré la segunda amonestación a la papelera.
La Roca volvió corriendo a su máquina de escribir.
Me entregó una tercera amonestación.
-Mire
-le dije-, ya sé lo que dicen todos estos papeles. El primero era por
tener mi gorra sobre la caja. El segundo por no leer el primero. Este
tercero es por no leer ni el primero ni el segundo.
Le miré y entonces dejé caer la amonestación en la papelera sin leerla.
-Puedo tirar estas cosas tan rápido como usted las escriba. Puede continuar durante horas, y muy pronto uno de los dos va a empezar a caer en el ridículo. Me refiero a usted.
La Roca volvió a su silla y se sentó. No escribió más. Simplemente se quedó allí observándome.
Al
día siguiente no fui. Me quedé durmiendo hasta mediodía. No avisé por
teléfono. Luego bajé hasta el Edificio Federal. Les conté a lo que iba.
Me pusieron delante de una vieja muy flaca. Tenia el pelo gris y un
cuello muy estrecho que de repente se doblaba por la mitad, lo cual le
hacía inclinar su cabeza hacia delante; se quedó mirándome por encima de
sus gafas.
-¿Si?
-Quiero dimitir.
-¿Dimitir?
-Sí, dimitir.
-¿Y es usted un cartero regular?
-Sí -dije.
-Tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch -se puso a hacer este sonido con sus labios secos.
Me entregó los papeles necesarios y yo me senté a rellenarlos.
-¿Cuánto tiempo lleva en el Servicio de Correos?
-Tres años y medio.
-Tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch -siguió-, tsch, tsch, tsch, tsch. .
Y eso fue todo. Volví a casa con Betty y descorchamos la botella.
Poco
podía imaginarme que un par de años después volvería allí como empleado
y que me pasaría cerca de 12 años jorobándome doblado sobre un
taburete.
Mientras tanto, la vida siguió. Tuve una larga racha de suerte en el
hipódromo. Empecé a sentirme seguro. Ibas cada día a por un pequeño
beneficio, entre 15 y 40 pavos. No pedías demasiado. Si no ganabas
pronto, apostabas un poco más, lo suficiente para que si el caballo
entraba, sacaras un margen de beneficio. Volvía día tras día, siempre
con ganancias, enseñándole el pulgar levantado a Betty al llegar con el
coche.
Entonces Betty consiguió un trabajo de mecanógrafa, y
cuando una tía con la que vives consigue un trabajo, notas la
diferencia. Seguíamos bebiendo toda la noche y ella se iba por la mañana
antes que yo. Ahora sabia lo que es bueno. Yo me levantaba hacia las
diez y media de la mañana, me tomaba una sosegada taza de café y un par
de huevos, jugaba con el perro, flirteaba con la joven es posa de un
mecánico que vivía en la parte de atrás, hacía amistad con una bailarina
de strip-tease que vivía enfrente y cosas así. Me iba al hipódromo a la
una de la tarde, luego volvía con mis ganancias y salía con el perro
hasta la parada del autobús, a esperar a que Betty volviese. Era una
buena vida.
Entonces, una noche, Betty, mi amor, me lo soltó, después de la primera copa:
-¡Hank, ya no puedo soportarlo!
-¿El qué no puedes soportar, nena?
-La situación.
-¿Qué situación, nena?
-El que yo trabaje y tú hagas el holgazán. Todos los vecinos piensan que yo te mantengo.
-Coño, antes yo trabajaba y tú holgazaneabas.
-Es diferente. Tú eres un hombre, yo una mujer.
-Oh, no sabía eso. Creía que las perras como tú andabais siempre pidiendo a gritos la igualdad de derechos.
-Te
crees que no sé lo que está pasando con esa bolita de manteca que vive
allí atrás, paseándose por delante tuyo con las tetas colgando... con
las tetas fuera...
-¿Las tetas fuera?
-¡Sí, sus TETAS¡ ¡Esas grandes tetas de vaca!
-Uhmm... Es verdad que son bastante grandes.
-¡Vaya! ¡Lo ves!
-¿Qué carajos pasa?
-Tengo amigas por aquí. ¡Ellas me cuentan lo que está pasando!
-Esas no son amigas. Sólo son cotorras chismosas.
-¿Y esa puta de enfrente que se hace pasar por bailarina?
-¿Es una puta?
-Se follaría cualquier cosa con una polla.
-Te has vuelto loca.
-Sólo quiero que la gente no piense que te estoy manteniendo. Todos los vecinos... '
-¡Que
se jodan los vecinos! ¿A quién 1e importa lo que piensen? Nunca antes
nos han preocupado. Aparte, yo pago el alquiler, yo pago la comida, lo
gano en las carreras. Tu dinero es tuyo. Nunca lo has tenido mejor
-No, Hank, se acabó. ¡No puedo soportarlo!
Me levanté y me acerqué a ella.
-Bueno, vamos, nena, lo único que pasa es que esta noche estés un poco irascible.
Traté de abrazarle. Ella me rechazó.
-!Está bien, a la mierda! -dije.
Volví a mi sillón, acabé mi bebida y me serví otra.
-Se acabó -dijo ella-, no voy a dormir contigo ni una noche más.
-Está bien. Guárdate el coño. No es tan fantástico.
-¿Quieres quedarte con la casa o prefieres mudarte? -me preguntó.
-Quédate con la casa.
-¿Y el perro?
-Quédate con el perro -dije.
-Te va a echar de menos.
-Me
alegro de que alguien vaya a echarme de menos. Me levanté, me fui al
coche y alquilé el primer sitio que vi con un anuncio. Me mudé aquella
noche.
Había perdido ya 3 mujeres y un perro.
18
Lo
siguiente que supe es que tenla una chica de Texas en mi regazo. No voy
a meterme en detalles de cómo la conocí. De cualquier modo, allí
estaba. Tenía 23 años. Yo 36.
Tenía una larga cabellera rubia y
buenas carnes prietas. En ese momento no sabía que también tenía mucho
dinero. Ella no bebía, pero yo sí. Nos reímos mucho al principio. Y
también íbamos juntos al hipódromo. Era atractiva, y cada vez que volvía
a mi asiento habla algún rijoso deslizándose más y más cerca de ella.
Había docenas de ellos. Lo único que hacían era acercarse más y más.
Joyce se quedaba en su sitio. Me tenía que deshacer de ellos de dos
formas. O bien coger a Joyce e irnos a otro sitio, o bien decirle al
tipo:
-Mira, compadre, está ocupada, ¡así que largo!
Pero
luchar con los lobos y los caballos al mismo tiempo era demasiado para
ni¡. Perdía continuamente. Un profesional va al hipódromo solo. Eso ya
lo sabía. Pero pensaba que tal vez yo fuese excepcional. Descubrí que en
realidad no era excepcional. Podía perder mi dinero tan rápidamente
como cualquier otro.
Entonces Joyce me pidió que nos casáramos.
Qué demonios, pensé, de todas formas ya estoy frito.
La llevé a Las Vegas para una boda barata, luego regresamos.
Vendí
el coche por 10 dólares y la siguiente cosa que supe es que estábamos
en mi autobús hacia Texas. Cuando llegamos tenía 75 centavos en el
bolsillo. Era un lugar pequeño, tenia una población, creo, de menos de
2.000 personas. El pueblo había sido elegido por expertos, en un
artículo nacional, como la última población en los Estados Unidos que un
enemigo pudiera atacar con una bomba atómica. Pude ver por qué.
Durante todo este tiempo, sin saberlo, me estaba labrando el camino de vuelta a la Oficina de Correos.
Joyce
tenía una casita en el pueblo y allí lo pasábamos bien, jodíamos y
comíamos. Me alimentaba bien, me engordaba y me debilitaba al mismo
tiempo. Nunca tenía suficiente. Joyce, mi mujer, era una ninfómana.
Me
daba pequeños paseos por el pueblo, a solas, para escapar de ella, con
las marcas de sus dientes en todo el pecho, el cuello y los hombros, así
como en otro sitio que me preocupaba más y que era mucho más doloroso.
Me estaba devorando vivo.
Me arrastraba tambaleante por la ciudad
y ellos me miraban, conociendo lo de Joyce, su comportamiento sexual, y
también que su padre y su abuelo tenían más dinero, tierras, lagos y
reservas de caza que todos ellos juntos. Me compadecían y me odiaban al
mismo tiempo.
Un muchachito, una especie de mosquito, fue enviado
una mañana a sacarme de la cama y me llevó a dar un paseo en coche,
señalando esto y lo otro, aquello y lo de más allá es del señor tal y
tal, el padre de Joyce, y eso otro es del señor tal y tal, el abuelo de
Joyce...
Estuvimos toda la mañana en el coche. Alguien estaba
tratando de asustarme. Me aburría. Iba sentado en el asiento de atrás y
el mosquito pensaba que yo era un magnate forrado de millones. No sabía
que yo estaba allí por accidente, y que era un ex cartero con 75
centavos en el bolsillo.
El mosquito, pobre diablo, tenía algún
trastorno nervioso y conducta muy deprisa, y de vez en cuando le entraba
un estremecimiento que le agitaba todo el cuerpo y le hacía perder el
control del coche. Se iba de un lado a otro de la carretera, y en una
ocasión fue rozando con un seto durante cincuenta metros antes de que
pudiera recobrar el control.
-¡EH! ¡TRANQUILO, BUSTER! le gritaba yo desde el asiento de atrás.
Eso
era. Estaban tratando de noquearme. Era obvio. El mosquito estaba
casado con una chica muy guapa. Cuando ella era una adolescente, se le
había quedado una botella de coca--cola atascada en el coño y había
tenido que ir a un doctor para que se la sacara, y, como en todos los
pequeños pueblos, en seguida se corrió la voz, la pobre chica fue
marginada y el mosquito era el único que habla aceptado quedarse con
ella. Habla acabado consiguiendo el mejor culo del pueblo.
Encendí un puro que me había dado Joyce y le dije al mosquito:
-Eso es todo, Buster. Ahora llévame de vuelta a casa. Y conduce despacio, no quiero que se estropee la cosa.
Me hice el magnate para agradarle.
-Sí, señor Chinaski, ¡sí, señor!
Me admiraba. Pensaba que yo era un hijo de puta.
Cuando volví, Joyce me preguntó:
-¿Bueno lo has visto todo?
-Vi
lo suficiente -dije. Me refería a que me daba cuenta de que estaban
tratando de noquearme. No sabia si Joyce estaba en el ajo o no.
Entonces comenzó a quitarme la ropa como si pelara un plátano y a arrastrarme hacia la cama.
-¡Oye, espera un momento, nena! !Ya lo hemos hecho dos veces y todavía no son las dos de la tarde!
Se limitó a soltar una risita y a seguir.
19
Su
padre me odiaba de veras. Pensaba que yo iba detrás de la pasta. Yo no
quería su maldito dinero. Y ni siquiera quería a su maldita y preciosa
hija.
La única vez que le vi fue cuando entró en el dormitorio
una mañana hacia las 10. Joyce y yo estábamos en la cama, descansando.
Afortunadamente acabábamos de terminar.
Le miré desde debajo del borde de la colcha. Entonces no pude evitarlo. Le sonreí y le hice un guiño.
Salió de la casa corriendo, gruñendo y maldiciendo.
Haría todo lo posible para echarme.
El
abuelete era más tranquilo. Fuimos a su casa y yo bebí whisky con él y
escuché sus discos de cow-boys. Su vieja era simplemente indiferente. Ni
me apreciaba ni me odiaba. Se peleaba mucho con Joyce y yo me puse de
su lado alguna que otra vez. Eso hizo que me apreciara un poco más. Pero
el abuelete era un tipo frío. Creo que estaba en la conspiración.
Habíamos estado comiendo en un café, con todo el mundo encima nuestro en plan adulador. El abuelete, la abuelita, Joyce y yo.
Luego subimos en el coche y nos pusimos en marcha.
-¿Has visto alguna vez un búfalo, Hank? -me preguntó Abuelete.
-No, Wally, nunca.
Le llamaba "Wally". Como viejos compadres de whisky. Y una leche.
-Tenemos unos cuantos allí.
-Pensaba que estaban extinguidos.
-Oh, no, tenemos docenas de ellos.
-No lo creo.
-Enséñaselos, Papi Wally -dijo Joyce.
Zorra estúpida. Le llamaba "Papi Wally". El no era su padre.
-Esté bien.
Fuimos
por un camino hasta llegar a un campo vallado. E1 suelo era irregular y
no podías ver el otro lado del campo. Era muy amplio y tenía millas de
largo. No había nada más que hierba verde.
-No veo ningún búfalo -dije yo.
-El viento viene de la derecha -dijo Wally-. Sólo tienes que subir allí y caminar un poco. Tienes que andar un poco para verlos.
No
había nada en el campo. Pensaban que eran muy graciosos, burlándose de
un pisaverde de la ciudad. Salté la valla y empecé a andar.
-Bueno, ¿dónde estén los búfalos? -grité.
-Están allí. Sigue andando.
Oh,
demonios, querían jugar a la vieja broma de darse el piro. Malditos
pueblerinos. Esperarían hasta que yo estuviera alejado y entonces se
largarían riendo. Bueno, allá ellos. Podía volver caminando. Me servida
para descansar de Joyce.
Fui metiéndome en el campo, caminando deprisa, esperando a que se fueran. No los oí marcharse. Me metí más, luego me di la vuelta, hice bocina con las martas y les grité:
-¿BUENO, DONDE ESTÁN LOS BUFALOS?
La
respuesta vino de detrás mío. Pude oír sus patas en el suelo. Había
tres de ellos, grandes, justo igual que en las películas, y estaban
corriendo. ¡Estaban viniendo DEPRISA! Uno llevaba algo de ventaja sobre
los otros. No habla duda sobre cuál era su objetivo.
-¡Oh, mierda! -dije.
Me
di la vuelta y comencé a correr. Aquella valla parecía muy lejana.
Parecía imposible de alcanzar. No podía perder tiempo mirando atrás. Eso
podía significar la ruina. Iba volando, con los ojos como platos. ¡Cómo
me movía! ¡Pero ellos ganaban terreno! Podía sentir el suelo temblando a
mi alrededor mientras ellos golpeaban la tierra con sus zancadas,
alcanzándome. Les podía oír resoplando, podía oír sus babeos. Con el
resto de mis fueras me lancé y salté la valla. No trepé por ella, volé
por encima. Y aterricé con la espalda en una zanja, mientras uno de
estos bichos asomaba su cabeza por encima de la valla, mirándome.
En
el coche estaban todos riéndose. Pensaban que era la cosa más graciosa
que habían visto nunca. Joyce se reta con más fuerza que nadie.
Las estúpidas bestias dieron algunas vueltas y luego se fueron.
Salí de la zanja y subí al coche.
-Ya he visto a los búfalos dije---, ahora vámonos a tomar una copa.
Se
rieron durante todo el camino. Se paraban y luego alguien volvía a
empezar y los otros le seguían. Wally tuvo que parar una vez el coche.
No podía conducir. Abrió la puerta y se tiró por el suelo carcajeándose.
Hasta la abuela se tronchaba, junto con Joyce.
Más tarde la historia se corrió por el pueblo y tuve que abandonar mis paseos. Necesitaba un corte de pelo. Se lo dije a Joyce.
Ella dijo:
-Vea una peluquería.
-No puedo dije---. Es por los búfalos.
-¿Tienes miedo de esos hombres de la peluquería?
-Es por los búfalos -dije yo.
Joyce me cortó el pelo.
Hizo un trabajo horrible.
20
Entonces
Joyce quiso volver a la ciudad. A pesar de todos los inconvenientes,
aquel pequeño pueblo, con o sin cortes de pelo, le daba mil vueltas a la
vida en la ciudad. Era tranquilo. Teníamos nuestra propia casa. Joyce
me alimentaba bien. Con mucha carne. Carne rica, buena y bien cocinada.
Tengo que decir una cosa de aquella perra: sabía cocinar. Sabía cocinar
mejor que cualquier mujer que hubiera conocido antes. La comida es buena
para los nervios y el espíritu. El coraje viene del estómago, todo lo
demás es desesperación.
Pero no, ella quería irse. La vieja
estaba siempre dándole la lata y ya no podía más. Por mi parte, prefería
interpretar el papel de villano. Habla hecho morder el polvo a su
primo, el matón del pueblo. No había ocurrido nunca. En el día del
blue-jean se suponía que todo el mundo en el pueblo debía llevar jeans o
ser arrojado al lago. Yo me puse mi único traje y corbata y lentamente,
como Billy el Niño, con todas las miradas puestas en mi, anduve
despacio a través del pueblo, mirando escaparates, parándome a comprar
puros. Partí el pueblo en dos como una cerilla de madera.
Más
tarde me encontré en la calle con el doctor del pueblo. Me cala bien.
Estaba siempre colocado con drogas. Yo no era un hombre de drogas, pero
en caso de que tuviera que esconderme de ml mismo por unos días, sabia
que él me podría conseguir cualquier cosa que quisiera.
-Nos vamos -le dije.
-Deberían
quedarse -dijo él-, es una buena vida. Hay mucha caza y pesca. El aire
es bueno. No hay presiones. Son los dueños del pueblo.
-Lo sé, doc, pero es ella la que lleva los pantalones.
21
Así
que Abuelete le firmó a Joyce un gran cheque y allí nos fuimos.
Alquilamos una pequeña casa en lo alto de una colina y entonces le entró
a Joyce esta especie de memez moralista.
-Tenemos que conseguir
los dos trabajo --decía- para probarles que no vas detrás de su dinero,
Para probarles que somos autosuficientes.
-Nena, eso es de
parvulario. Cualquier imbécil puede tener un trabajo; vivir sin trabajar
es cosa de sabios. Por aquí lo llamamos chulear. A mí me gusta ser un
buen chulo.
A ella no le gustaba.
Entonces le expliqué que
un hombre no podía encontrar trabajo sin un coche para moverse. Joyce
cogió el teléfono y Abuelete mandó el dinero. Lo siguiente que supe es
que estaba montado en un Plymouth completamente nuevo. Me mandó a la
calle vestido con un fino traje de estreno, con zapatos de 40 dólares, y
me dije, qué coño, vamos a tratar de que esto dure. Un mozo de carga,
eso es lo que yo era. Cuando no sabías hacer otra cosa, eso era en lo
que acababas, de mozo de carga, empleado de recibos o chico de almacén.
Miré dos anuncios, fui a un par de sitios y en los dos me aceptaron. El
primero olía a trabajo, así que escogí el segundo.
O sea que allí
estaba, con mi máquina de cinta adhesiva trabajando en un almacén de
objetos artísticos. Era fácil. Sólo había que trabajar una o dos horas
al día. Escuchaba la radio, me construí una especie de oficina con
placas de contrachapado, puse un viejo escritorio, el teléfono, y me
sentaba allí leyendo revistas de carreras. Algunas veces me aburría y
bajaba por el callejón hasta un café cercano a sentarme un rato, beber
un café, comer pastel y flirtear con la camarera.
Llegaban los conductores de los camiones:
-¿Dónde está Chinaski?
-Está allá abajo, en el café.
Bajaban,
se tomaban un café y entonces subíamos por el callejón a hacer el
trabajo, sacábamos unas cuantas cajas del camión o las metíamos. Poca
cosa.
No me despedían. Incluso les cala bien a los vendedores.
Ellos le robaban al dueño al otro lado de la puerta, pero yo no decía
nada. Era un juego de enanos, a mi no me interesaba. Yo no era un
robaperas. Yo queda el mundo entero o nada.
22
En
aquella casa de la colina rondaba la muerte. Lo supe el primer día que
empujé la puerta de persiana para salir al patio trasero. Un sonido
zumbante, hirviente, ululante, estridente, vino hacia mí: 10.000 moscas
se alzaron a un tiempo en el aire. Todo el patio estaba lleno de moscas, había un árbol verde que usaban como nido. Lo adoraban.
Oh, Cristo, pensé, ¡y ni una araña en 8 kilómetros!
Al
quedarme allí quieto, las 10.000 moscas empezaron a descender del
cielo, posándose en la hierba, en la verja, en mi pelo, en mis brazos,
en todas partes. Una de las más audaces me picó.
Solté un taco,
sal¡ corriendo y compré el pulverizador matamoscas más grande que había
visto en mi vida. Luché con ellas durante horas, con rabia, las moscas y
yo, y horas más tarde, tosiendo y enfermo de respirar el matamoscas,
miré a mi alrededor y habla tantas moscas como al principio. Parecía que
por cada mosca que había matado habían nacido dos. Me di por vencido.
El
dormitorio tenía una estantería encima de la cama. Habla macetas con
geranios. Cuando me acosté allí por primera vez con Joyce y comenzarnos
el trote, vi que los estantes comenzaban a temblar y agitarse.
Entonces ocurrió.
-!Oh, oh! -dije.
-¿Qué pasa ahora? -preguntó Joyce-. ¡No pares! ¡No pares¡
-Nena, me acaba de caer una maceta de geranios en el culo.
-¡No pares! ¡Sigue!
-!Está bien! !Está bien¡
Continué, iba todo bien cuando...
-¡Oh, mierda!
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
-Otra maceta de geranios, nena, me ha caído en la espalda, ha rodado hasta el culo y ha caído por tierra.
-!A la mierda los geranios! !Sigue¡ ¡Sigue!
-Oh, está bien...
Durante
todo el polvo siguieron cayéndome macetas encima. Era como tratar de
joder durante un ataque aéreo. Finalmente lo conseguí.
Más tarde dije:
-Oye, nena, tenemos que hacer algo respecto a esos geranios.
-¡No, déjalos ahí!
-¿Por qué, nena, por qué?
-Ayudan.
-¿Que ayudan?
-Sí.
Soltó una risita. Los geranios siguieron allí arriba. La mayor parte del tiempo.
23
Entonces empecé a volver a casa malhumorado.
-¿Qué es lo que te pasa, Hank?
Tenía que emborracharme todas las noches.
-Es
Freddy, el encargado. Ha comenzado a silbar esa maldita canción. Ya la
está silbando cuando entro por las mañanas y no para nunca, sigue
silbándola cuando me voy por las noches. ¡Lleva así dos semanas!
-¿Cuál es el titulo de la canción?
-La vuelta al mundo en ochenta días. Nunca me ha gustado.
-Bueno, busca otro trabajo.
-Es lo que haré.
-Pero sigue trabajando hasta que encuentres otro empleo. Tenemos que probarles que...
-¡Está bien, está bien!
24
Una
tarde me encontré a un viejo borracho en la calle. Solía conocerle de
los tiempos con Betty, cuando nos recorríamos los bares. Me dijo que
ahora era empleado de Correos y que no daba golpe.
Fue una de las
mentiras mes gordas del siglo. He estado buscando a ese tipo durante
años, pero me temo que alguien lo debió cazar antes.
Así que allí
estaba haciendo de nuevo el examen de servicio civil. Sólo que esta vez
puse en el papel .oficinista. en vez de .cartero..
Para cuando
me llamaron a presentarme en las ceremonias de juramento, Freddy había
dejado de silbar La vuelta al mundo en ochenta días, pero yo andaba
obcecado detrás de aquel trabajo cómodo con El Tío Sam.
Le dije a Freddy:
-Tengo que resolver un pequeño asunto, así que puede que me tome una hora u hora y media para el almuerzo.
-Muy bien, Hank.
Poco sabía lo largo que iba a ser aquel almuerzo.
25
Eramos
un grupo de 150 a 200. Había unos aburridos papeles que rellenar. Luego
nos pusimos firmes y miramos la bandera. El tío que nos hizo jurar era
el mismo tío que me había hecho jurar la otra vez.
Después de tomarnos juramento, el tío nos dijo:
-Bueno, ahora han conseguido ustedes un buen trabajo. Mantengan la nariz limpia y tendrán seguridad para el resto de su vida.
¿Seguridad?
Podías tener mucha seguridad en la cárcel. Tres paredes y ningún
alquiler que pagar, nada de utilidades, ni impuestos, ni mantenimiento
infantil. Nada de licencias de circulación. Nada de multas de tráfico.
Nada de sanciones por conducir en estado de ebriedad. Nada de pérdidas
en el hipódromo. Atención médica gratis. Camaradería con gente con
intereses similares. Iglesia. Funeral y enterramiento gratuitos.
Cerca
de 12 años más tarde, de estos 150 o 200 sólo quedábamos 2. Igual que
algunos hombres no pueden hacer el taxi, chulear o traficar droga, la
mayoría de los hombres no pueden ser empleados de Correos. Y no les
culpo. A medida que pasaban los años, los veía continuamente llegar en
sus escuadrones de 150 o 200, y dos o tres, o cuatro como máximo eran
los que resistían, justo los suficientes para reemplazar a aquellos que
se jubilaban.
26
El guía nos llevó por todo el
edificio. Eramos tantos que tuvieron que dividirnos en grupos. Usábamos
el ascensor por turnos. Nos enseñaron la cafetería de empleados, el
sótano, todas esas estupideces.
Cristo, pensaba yo, espero que se den prisa. Llevo ya dos horas de tiempo de almuerzo.
Entonces el gula nos dio a todos unas fichas de horarios. Nos enseñó los relojes de fichar.
-Así es como tienen que fichar.
Nos enseñó cómo. Entonces dijo:
-Ahora, fiche usted.
Doce horas y media después sacamos la ficha. Un infierno de ceremonia.
27
Después
de nueve o diez horas, a la gente empezaba a entrarle sueño y se caían
sobre sus cajas, recobrándose justo a tiempo. Trabajábamos en la
clasificación por distritos. Si en una carta ponla distrito 28, la
tenías que meter por el agujero n.° 28. Era sencillo.
Un negro
enorme levantó la cabeza bruscamente y empezó a estirar los brazos para
mantenerse despierto. Se tambaleaba hacia el suelo.
-¡Maldita sea! ¡No puedo aguantarlo! -decía.
Y
eso que era un bruto enorme y rebosante de fuerza. Usar los mismos
músculos una y otra vez era de lo más agotador. Me dolía todo. Y al
final del pasillo habla un supervisor, otra Roca, con aquel aspecto en
su cara... debían practicarlo delante del espejo, todos los supervisores
tenían aquel aspecto en sus caras, te miraban como si fueras una plasta
de mierda humana. Sin embargo hablan entrado allí por la misma puerta.
Hablan sido antes empleados o carteros. Yo no podía entenderlo. Se
habían transformado en lomillos.
Tenías que estar continuamente
con un pie en el suelo. El otro lo podías poner en la barra de descanso.
Lo que llamaban “barra de descanso” era un pequeño almohadoncillo
redondo fijado sobre un zanco. No se permitía hablar. Habla dos pausas
de lo minutos en 8 horas. Apuntaban la hora en que te ibas y la hora en
que volvías. Si te estabas fuera 12 ó 13 minutos, te echaban la bronca.
Pero el sueldo era mejor que en el almacén de arte, así que pensé: Bueno, ya me acostumbraré.
Jamás conseguí acostumbrarme.
28
Entonces el supervisor nos llevó a otro corredor. Habíamos estado allí diez horas.
-Antes
de empezar -dijo el jefe-, quiero decirles algo. Cada una de estas
cestas de correo debe ser despachada en 23 minutos, es el horario de
producción. Ahora, sólo pan divertimos, vamos a ver si podemos lograr el
horario de producción. ¡Venga, uno, dos y tres... ADELANTE!
¿Qué diablos es esto?, pensé. Estoy cansado.
Cada
cesta tenla más de medio metro de longitud, y guardaban diferentes
cantidades de cartas. Algunas tenían dos n tres veces más correo que
otras, dependiendo además del tamaño de las cartas.
Las manos empezaron a volar. Miedo al fracaso.
Yo me tomé mi tiempo. '
-!Cuando acaben con una cesta, cojan otral
Realmente se esforzaban, luego de un salto cogían otra cesta.
El super vino detrás mío:
-Bueno -dijo señalándome-, este hombre sí que caté haciendo producción. ¡Ya va por la mitad de su segunda cesta!
Era
mi primera cesta. No sabía si estaba tratando de burlarse de mí o no,
pero dado que iba tan adelantado, me demoré un poco más.
29
A las 3:30 de la madrugada finalizaron mis doce horas. A los auxiliares no se les pagaban las horas extras, te pagaban horario standard y se te consideraba como empleado suplente temporal.
Puse el despertador para llegar al almacén de arte a las 8 de la mañana.
-¿Qué te pasó, Hank? Pensamos que habías tenido quizá un accidente de coche. Te estuvimos esperando todo el día.
-Me despido.
-¿Que te despides?
-Si, no se le puede culpar a un hombre por querer prosperar.
Entré en la oficina y recogi mi cheque. Estaba de vuelta en la Oficina de Correos.
30
Mientras
tanto, Joyce seguía allí, y sus geranios, y un par de millones si
conseguia aguantar lo suficiente. A Joyce, a las moscas y a los
geranios. Trabajaba en el turno de noche, 12 horas, y ella me exprimía
por las mañanas. Yo estaba dormido y me despertaba con esta mano dándome
meneo. Entonces lo tenia que hacer. La pobre estaba loca.
Entonces llegué una mañana y ella me dijo:
-Hank, no te enfades.
Yo estaba demasiado cansado para enfadarme.
-¿Qué pasa, nena?
-He comprado un perro. Un cachorrito precioso.
-Bueno, .eso está bien. No hay nada malo en un perro. ¿Dónde está?
-Está en la cocina. Le he puesto de nombre .Picasso..
Entré y miré al perro. No podía ver. El pelo le cubría
los ojos. Lo observé mientras andaba. Luego lo cogí y le miré a los ojos. ¡Pobre Picasso!
-¿Nena, sabes lo que has ido a hacer?
-¿No te gusta?
-No
he dicho que no me guste. Pero es un subnormal. Tiene un coeficiente
de inteligencia de menos de 12. Has ido a comprar un perro idiota.
-¿Cómo lo puedes saber?
-Sólo con mirarle.
Entonces
Picasso comenzó a mearse. Picasso estaba repleto de orines. Corrió en
largos y amarillos riachuelos por el suelo de la cocina. Entonces acabó y
se puso a mirarlo.
Lo agarré.
-Límpialo.
Así que Picasso era un problema más.
Me desperté después de una noche de 12 horas con Joyce bandoneándome bajo los geranios y pregunté:
-¿Dónde está Picasso?
-¡Oh a la mierda Picasso! -dijo ella.
Salí de la cama, desnudo, con esta cosa enorme delante mío.
-¡Oye, te lo has vuelto a dejar otra vez en el patio! ¡Te dije que no lo dejaras fuera en el patio durante el día!
Salí
al patio, desnudo, demasiado cansado para vestirme. Y allí estaba el
pobre Picasso, cubierto por 500 moscas, arrastrándose en círculos por su
cuerpo. Me puse a correr con la cosa (ya bajando por entonces)
insultando a las moscas. Estaban en sus ojos, bajo su pelo, en sus
orejas, en sus genitales, dentro de su boca ...en todas partes. Y lo
único que hacía él era seguir allí sentado sonriéndome. Riéndose,
mientras las moscas se lo comían vivo. Quizás era más sabio que ninguno
de nosotros. Lo recogí y lo metí dentro de la casa.
El perrito río
Al ver cosa tan rara;
Y el plato corriendo se marchó con la cuchara.
-¡Maldita sea, Joyce! Te lo he dicho mil veces.
-Bueno, tú fuiste el que me lo hiciste sacar. ¡Tiene que salir para cagar!
-Sí,
pero cuando acabe, éntralo. No tiene la suficiente inteligencia para
volver a entrar solo. Y limpia la mierda que deje. Estás creando un
paraíso para moscas ahí fuera.
Luego, tan pronto como me dormí, Joyce empezó de nuevo a darme caña. Ese par de millones estaban tardando mucho en llegar.
31
Estaba medio dormido en un sillón, esperando la comida.
Me
levanté a por un vaso de agua y al entrar en la cocina vi a Picasso
acercarse a Joyce y lamer su tobillo. Yo estaba descalzo y ella no podía
oirme. Llevaba zapatos de tacón alto. Le miró y su cara reflejó un odio
brutal y pueblerino. Le pegó una fuerte patada en un costado con la
punta de su zapato. El pobre animal se puso a correr en círculos,
aullando de forma lastimera. Se empezó a mear. Yo entré a por mi vaso de
agua. Cogí el vaso y entonces, antes de que llegara a caer el agua
dentro, lo arrojé contra el estante de vasos que había a la izquierda
del fregadero. El cristal voló por todas partes. Joyce apenas tuvo
tiempo de cubrirse la cara. No me importó. Cogí el perro y salí de allí.
Me senté en el sillón con él y lo acaricié. El me miró y me lamió la
muñeca. Su rabo se agitaba como un pez recién pescado.
Vi a Joyce
de rodillas con una bolsa de papel, recogiendo cristales Entonces
empezó a sollozar. Trataba de contenerse. Estaba de espaldas a mi, pero
pude darme cuenta de los síntomas que la hacían temblar y saltar las
lágrimas.
Dejé a Picasso y entré en la cocina.
-¡Nena, no, nena por favor!
La levanté cogiéndola desde atrás. Se caía sin fuerzas.
-Nena, lo siento... lo siento.
La sostuve contra mi, con mi mano sobre su vientre. La acaricié tiernamente, tratando de parar las convulsiones.
-Tranquila, nena, tranquila...
Se
serenó un poco. Le aparté el pelo hacia atrás y la besé detrás de la
oreja. Se notaba cálida. Ella apartó la cabeza. La besé de nuevo y ya no
apartó la cabeza. La sentí respirar, luego dejó escapar un pequeño
gemido. La levanté en brazos y ]a llevé a la otra habitación, me senté
en un sillón con ella en mi regazo. No me miraba. Yo la besaba en el
cuello y las orejas. Con un brazo alrededor de sus hombros y el otro en
su cadera. Moví la mano arriba y abajo por su cadera al ritmo de su
respiración, tratando de expulsar fuera la mala electricidad.
Finalmente, con la más débil de las sonrisas, me miró. Yo le di un golpecito en la barbilla.
-¡Perra chiflada! -dije.
Se rió y entonces nos besamos, con nuestras cabezas moviéndose hacia atrás y hacia delante. Empezó otra vez a sollozar.
Me aparté y dije:
-¡NO EMPIECES¡
Nos
besamos de nuevo. Entonces la levanté y la llevé al dormitorio, la dejé
sobre la cama, me quité pantalones, calzoncillos y calcetines a toda
prisa, le bajé las bragas hasta los pies, le quité un zapato y entonces,
con un zapato quitado y otro no, la eché el mejor polvo que habíamos
tenido en muchos meses. Hasta la última planta de geranios se cayó de
los estantes. Cuando acabé, acaricié con suavidad su espalda, jugando
con su larga cabellera, diciéndole cosas. Ella ronroneaba. Finalmente,
se levantó y se fue al baño.
No volvió. Fue a la cocina y empezó a lavar platos y a cantar.
Por los cojones de Cristo, Steve McQueen no podría haberlo hecho mejor.
Tenía dos Picassos en mis manos.
32
Un
día, después de cenar, o almorzar, o lo que coño fuera, ya que con mi
enloquecido horario nocturno de 12 horas no estaba muy seguro de nada,
dije:
-Mira, nena, lo siento, ¿pero no te das cuenta que este
trabajo me está conduciendo a la locura? Mira, vamos a dejarlo. Vamos
simplemente a dedicarnos a holgazanear y a hacer el amor y a dar paseos y
a charlar. Podemos ir al zoo a ver a los animales. Podemos ir a ver el
mar, está sólo a 45 minutos. Podemos ir a jugar a las máquinas en los
recreativos. Podemos ir a las carreras, al Museo de Arte, a los combates
de boxeo. Podemos tener amigos. Podemos reír. Esta forma de vivir es
como la de cualquier otro: nos está matando.
-No, Hank, tenemos que demostrárselo, tenemos que demostrarles que...
Allí estaba otra vez la pequeña paleta de Texas hablando.
Me di por vencido.
33
Cada
noche, al disponerme a partir, Joyce me colocaba la ropa sobre la cama.
Todo era de lo mejor que podía comprarse con dinero. Y nunca llevaba el
mismo par de pantalones la misma camisa, los mismos zapatos, dos noches
seguidas. Había docenas de trajes diferentes. Yo me ponía lo que ella
me sacaba. Igual que con mamá.
No he llegado muy lejos, pensaba, y entonces me vestía.
34
Tenías esta cosa que llamaban Clase de Entrenamiento y cada noche, durante 30 minutos, dejábamos de clasificar correo.
Un italiano voluminoso se subía a un estrado para leernos la cartilla.
-...Deben saber que no hay nada como el olor de un buen sudor limpio, pero no hay nada peor que el hedor de un sudor rancio...
Dios
mío, pensé yo, ¿estoy oyendo bien? Estoy seguro de que debe estar
prohibido por la ley. Este huevón me está diciendo que me lave los
sobacos. Esto no se lo dirían a un ingeniero o a un concertista. Nos
está degradando.
-...así que dense un baño todos los días, mejorarán en apariencia tanto como en trabajo.
Creo que quería usar la palabra “higiene” en algún lugar, pero no le salía.
Entonces se acercó a la parte trasera del estrado y bajó de un tirón un gran mapa. Y era realmente grande.
Cubría
la mitad del escenario. Una luz iluminó el mapa. Y el voluminoso
italiano cogió una vara de señalar con un puntero de goma, como los que
usaban en la escuela, y señaló el mapa:
-Bueno, ¿ven todo este VERDE? Lo hay en cantidad. ¡Miren!
Señaló repetidamente el verde con el indicador.
Había
por entonces un sentimiento anti-ruso más acendrado que ahora. China no
había empezado todavía a mover sus músculos. Vietnam no era más que una
fiesta de fuegos de artificio. Pero yo seguía pensando: ¡Debo estar
loco! ¿Estaré oyendo bien? Pero en la audiencia nadie protestó.
Necesitaban el trabajo. Y, según Joyce, yo también necesitaba el
trabajo.
Entonces dijo:
-¡Miren aquí. Esto es Alaska! ¡Y allí están ellos! Parece casi como si pudieran llegar de un salto, ¿no?
-¡Sí! -dijo algún gilipollas de la primera fila.
El italiano soltó el mapa, que se enrolló furiosamente sobre sí mismo, restallando con furia.
Entonces se acercó al borde del estrado y nos apuntó con la vara.
-¡Quiero
que entiendan que es nuestro deber defender a la patria! Quiero que
entiendan ustedes que CADA CARTA QUE DESPACHAN, CADA SEGUNDO, CADA
MINUTO, CADA HORA, CADA DIA, CADA SEMANA, CADA CARTA EXTRA QUE DESPACHAN
MAS ALLA DE SU DEBER, AYUDA A DERROTAR A LOS RUSOS! Bien, esto es todo,
por hoy. Antes de irse, cada uno de ustedes recibirá su esquema
asignado.
Esquema asignado, ¿qué era eso?
Alguien pasó repartiendo unas láminas.
-¿Chinaski? -dijo.
-¿Sí?
-Tienes la zona 9.
-Gracias dije.
No
me di cuenta de lo que decía. La zona 9 era la más grande de la ciudad.
Otros consiguieron zonas minúsculas. Era igual que las cestas de medio
metro en 23 minutos. Te apisonaban como querlan, as( de sencillo.
35
A
la noche siguiente, mientras el grupo se trasladaba del edificio
principal al edificio de instrucción, me paré a hablar con Gus. En otros
tiempos, Gus había sido un peso welter de tercera clase que nunca había
llegado a acercarse al campeón. Tiraba por el lado izquierdo, y como se
sabe, nadie quiere pelear con un zurdo, tienes que volver a entrenar a
tu chico completamente al revés, y ¿para qué molestarse? Gus me llevó a
un rincón y echamos unos traguitos de su botella. Luego traté de
alcanzar el grupo.
El italiano me estaba esperando en la puerta. Me vio llegar. Me abordó en mitad del camino.
-Chinaski.
-¿Sí?
-Llega tarde.
No dije nada. Caminamos hacia el otro edificio juntos.
-Estoy pensando en enchufarle una papeleta de advertencia.
-¡Oh, por favor, no lo haga, señorl ¡Por favor, no lo haga! -dije yo mientras andábamos.
-Está bien -dijo él-, por esta vez lo dejaré pasar.
-Gracias, señor ---dije, y entramos juntos m el edificio.
¿Quieren saber algo? El hijo de puta apestaba a sudor.
36
Ahora
los 30 minutos se dedicaban a instrucción de esquemas. Nos daban a cada
uno un taco de cartas para aprender a clasificarlas en nuestras cajas.
Era una es pecie de prueba de capacidad, y para pasarla tenías que
clasificar 100 cartas en no más de 8 minutos con un 95 por ciento de
exactitud por lo menos. Te daban tres oportunidades para pasarla, y si a
la tercera seguías fallando, te dejaban ir. Es decir, quedabas
despedido.
-Puede que algunos de ustedes no lo consigan -dijo el
italiano-. Eso quiere decir que lo suyo es otra cosa. Quizás acaben de
presidentes de la General Motors.
Entonces nos libramos del italiano y nos vino un pequeño y majete instructor de esquemas que nos daba ánimos.
-Podéis hacerlo, chicos, no es tan duro como parece.
Cada
grupo tenía su propio instructor y a ellos también se les calificaba,
por el porcentaje de gente en su grupo que conseguía pasar. Nosotros
tentamos al tío con el porcentaje más bajo. Esto le preocupaba.
-Esto no es nada, chicos, sólo tenéis que concentra ros en ello.
Algunos tenían unos pupitres muy pequeños. Yo tenía el más grande de todos.
Me sentaba allí con mis magníficos trajes nuevos. Sin hacer nada, con las manos en los bolsillos.
-¿Chinaski, qué te pasa? -me preguntaba el instructor-. Sé que puedes hacerlo.
-Ya. Ya. Pero ahora estoy pensando.
-¿Pensando en qué?
-En nada.
Entonces se iba.
Una semana más tarde estaba yo allí, con las manos en los bolsillos, cuando se me acercó uno de los chicos.
-Señor, creo que ya estoy listo para hacer la prueba de esquemas -me dijo.
-¿Estás seguro? -le dije yo.
-He estado haciendo 97, 98, 99 y un par de veces 100 en las prácticas.
-Debes comprender que estamos gastando una gran cantidad de dinero en tu instrucción. ¡Queremos que lo hagas a la perfección!
-Señor, !creo de verdad que estoy preparado¡
-Está bien -me incliné hacia delante y estreché su mano-, a por ello entonces, muchacho, y buena suerte.
-¡Gracias, señorl
Se
fue hacia la sala de examen, una pecera de paredes de cristal donde te
metían para ver si podías nadar en sus aguas. Pobre pillo. De ser un
simple villano a caer en esto. Entré en la sala de prácticas, quité la
banda de goma de las cartas y las miré por primera vez.
-¡Vaya mierda! -dije.
Un par de tíos se rieron. Entonces el instructor dijo:
-Se han acabado los 30 minutos. Podéis volver al trabajo.
Lo que significaba volver a las 12 horas.
No
conseguían suficiente ayuda pare despachar todo el correo, así que los
que se quedaban tenían que hacer un trabajo de titanes. Nuestro sistema
de trabajo era de 12 horas durante dos semanas seguidas, pero luego
teníamos 4 días libres. Eso hacía que pudiésemos seguir. 4 días de
descanso. La última noche anterior a los 4 días libres, entró el
secretario.
-¡ATENCION! ¡TODOS LOS AUXILIARES DEL GRUPO 409!...
Yo estaba en el grupo 409.
-...SUS CUATRO DIAS LIBRES HAN SIDO CANCELADOS. ¡TIENEN QUE PRESENTARSE A TRABAJAR ESTOS CUATRO DIAS!
37
Joyce
encontró un trabajo con el gobierno, en el De partamento de Policía del
Condado. ¡Ahí estaba yo, viviendo con la poli! Pero al menos era de
día, lo cual une permitía un poco de descanso lejos de esas manos
incansables, aunque había un nuevo problema. Joyce había comprado dos
periquitos, y los condenados bichos no hablaban, sólo emitían unos
sonidos irritantes durante todo el día.
Joyce y yo nos veíamos
sólo durante el desayuno y la cena. Todo muy rápido, muy agradable.
Aunque todavía se las arreglaba para violarme de vez en cuando, era
mucho mejor que lo otro, a excepción de los periquitos.
-Oye, nena...
-¿Qué pasa?
-Bueno.
He conseguido acostumbrarme a los geranios y las moscas y a Picasso,
pero tienes que darte caen. ta de que trabajo todas las noches 12 horas y
aparte me estudio todos los distritos de la ciudad, y tú estás
molestando toda la energía que me queda...
-¿Molestando?
Bueno, no lo estoy diciendo bien, lo siento.
-¿Qué quieres decir con .molestando.,?
-¡Decla..., bueno, olvídalo! Mira, son los periquitos.
-¡Así que ahora son los periquitos! ¿También te molestan?
-Sí, en efecto.
-¿Es que abusan de ti?
-Mira, no te hagas la graciosa. Estoy tratando de decirte algo.
-¡Estás tratando de decirme lo que tengo que hacer!
-¡Está bien! ¡Mierda! ¡Tú eres la que tienes el dinero! ¿Me vas a dar permiso para hablar o no? Contéstame, si o no.
-Está bien, niñito: sí.
-Bueno. El niñito dice esto: ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Esos malditos periquitos me están volviendo majareta!
-Está bien, dile a mamá cómo te están volviendo majareta los periquitos.
-Bueno,
es así, mamá: los bichos no paran de gorjear en todo el día, y yo
espero que al menos digan algo, pero nunca dicen nada, ¡y no puedo
dormir en todo el día por oír a esos idiotas!
-Está bien, niñito. Si no te dejan dormir, sácalos.
-¿Los puedo sacar fuera, mamá?
-Sí, sácalos.
-Está bien, mamá.
Me dio un beso y bajó corriendo las escaleras yéndose a su trabajo de policía.
Me
metí en la cama y traté de dormirme. ¡Cómo canturreaban! Me dolía cada
músculo del cuerpo. Me dolía tanto si me echaba de un lado como de otro,
o si me echaba de espaldas. Descubtí que la mejor posición eta boca
abajo, pero se hacia cansado. Me costaba dos o tres minutos cambiar de
una posición a otra.
Daba vueltas y vueltas, maldiciendo,
gritando un poco, y riéndome un poco también, por lo ridículo de la
situación. Y ellos cantaban. Me tenían frito. ¿Qué sabían ellos del
dolor, en su jaulita? ¡Utas; cabezas de huevo pichirreando! Sólo plumas;
sesos del tamaño de la cabeza de un alfiler.
Me las arreglé para salir de la cama, entré en la cocina, llené una taza con agua y luego, acercándome a la jaula, se la arrojé.
-¡Mamones! -les dije.
Me
miraron aturdidos con sus plumas mojadas. ¡Se habían callado! Nada como
el viejo tratamiento del agua. Se lo había copiado a los psiquiatras.
Entonces el verde con el pecho amarillo agachó la ca. baza y se picoteó las plumas. Luego levantó la cabeza y empezó a gorjearle al rojo con el pecho verde y los dos siguieron de nuevo.
Me senté en el borde de la cama y los escuché. Picasso se acercó y me mordió en el tobillo.
Hasta
ahí llegué. Saqué fuera la jaula. Picasso me siguió. 10.000 moscas
levantaron el vuelo. Puse la jaula en el suelo, abrí la puertecilla y me
senté en los escalones.
Los dos pájaros miraron la puertecilla.
No conseguían entenderla. Podía sentir sus mentes minúsculas tratando de
funcionar. Ellos tenían allí su comida y su agua, ¿pero qué era ese
espacio abierto?
El verde con el pecho amarillo fue el primero.
Saltó a la puerta desde su trapecio. Se sentó agarrando el alambre. Miró
a las moscas. Estuvo allí 15 segundos, tratando de decidirse. Entonces
algo se iluminó en su pequeña cabezuela. No voló. Salid disparado hacia
el cielo. Arriba, arriba, arriba. ¡A lo más altol !Veloz como una
flecha¡ Picasso y yo nos quedamos allí sentados mirando. El condenado
bicho se había ido.
Quedaba el rojo con el pecho verde.
El
rojo fue mucho más indeciso. Dio vueltas en el suelo de la jaula,
nerviosamente. Era un infierno de decisión. Los humanos, las aves, todo
el mundo tenla que tomar estas decisiones. Era un juego duro.
Así
que el rojeras daba vueltas y más vueltas pensándoselo. Luz del sol.
Moscas zumbonas. Hombre y perro mirando. Todo ese cielo, todo ese cielo.
Era demasiado. El rojeras saltó al alambre. 3 segundos.
¡ZOOP!
E1 pájaro había volado.
Picasso y yo recogimos la jaula vacía y entramos en roca.
Dormí bien por primera vez en semanas. Incluso me olvidé
de poner el despertador. Estaba montando un caballo blanco por todo
Broadway, en Nueva York. Acababa de ser elegido alcalde. Tenla una
erección enorme, y entonces alguien me echó un pegote de barro... y
Joyce me sacudió.
-¿Qué les ha pasado a los pájaros?
-¡A la mierda los pájarosl ¡Soy el alcalde de Nueva York!
-¡Te he hecho una pregunta sobre los pájaros! ¡Todo lo que veo es una jaula vacía¡
-¿Pájaros? ¿Pájaros? ¿Qué pájaros?
-¡Despierta, imbécil!
-¿Has tenido un día duro en la oficina, querida? Pareces irritada.
-¿Dónde ESTÁN los PÁJAROS? ..
-Dijiste que los sacara si no me dejaban dormir.
-Me refería a que los sacaras fuera al porche, ¡gilipollas!
-¿Gilipollas?
-¡Sí, gilipollas! ¿Quieres decir que los has dejado salir de la jaula? ¿Quieres decir que los has sacado de verdad de la jaula?
-Bueno, todo lo que puedo decir es que no están encerrados en el baño ni en la alacena.
-¡Se morirán de hambre allí fuera¡
-Pueden coger gusanos, comer bayas, todo eso.
-No pueden, no pueden. ¡No saben cómo hacerlo! ¡Se morirán!
-Deja
que aprendan o que se mueran -dije, y luego me di la vuelta y volví a
mi sueño. De forma vaga la pude oír cocinando su cena, cayéndosele
tapaderas y cucharas al suelo, maldiciendo. Pero Picasso estaba en la
cama conmigo. Picasso estaba a salvo de sus afilados zapatos. Saqué mi
mano, él la lamió y entonces me quedé dormido.
Lo conseguí durante un rato. La siguiente cosa que supe es que estaba siendo manoseado. Abrí los ojos y me encontré
directamente con los suyos, que me miraban de forma extraviada, como de
loca. Estaba desnuda, con sus tetas basculando delante mío, su
cabellera cosquilleando mi nariz. Pensé en sus millones, la agarré, le
di la vuelta y se la metí.
38
No era
realmente, policía, era oficinista de la policía. Entonces empezó a
venir habiendo de un tío que llevaba un alfiler de corbata púrpura y que
era .un verdadero caballero..
-¡Oh, es tan gentil!
Todas las noches tenla que oír hablar de él.
-Bueno -pregunté yo-, ¿qué tal estuvo el viejo alfiler púrpura esta noche?
-Oh --dijo ella-, ¿sabes lo que ha pasado?
-No, nena, por eso te pregunto.
-¡Oh, es TAN caballero!
-Está bien. Está bien. ¿Qué ocurrió?
-Sabes, ¡ha sufrido tantol
-Por supuesto.
-Su mujer murió, sabes.
-No, no lo sabía.
-No seas tan tonto. Te estaba contando que su mujer murió y le costó quince mil dólares en gastos médicos y de enterramiento.
-¿Bueno, y qué?
-Yo
iba por el pasillo y él venta por el otro lado. Nos encontramos. El me
miró y entonces, con este acento tus ca me dijo, .Ah, es usted tan
bella. ¿Y sabes lo que hizo?
-No, nena, dímelo. Dímelo rápido.
-Me besó en la frente, ligeramente, muy ligeramente. Y entonces se fue.
-Te puedo decir algo de él, nena. Ha visto demasiadas películas.
-¿Cómo lo has sabido?
-¿A qué te refieres?
-Tiene un cine al aire libre. Lo lleva durante la noche después del trabajo.
-Eso lo explica -dije.
-¡Pero es tan caballeroso! -dijo ella.
-Mira, nena, no quiero herirte, pero...
-¿Pero qué?
-Mire,
tú vienes de un pueblo pequeño. Yo he tenido más de 50 trabajos, quizás
lleguen a 100. Nunca he estado mucho tiempo en ningún sitio. Lo que
estoy tratando de decirte es que hay un cierto juego que se practica en
las oficinas de toda América. La gente se aburre, no sabe qué hacer, así
que juegan al juego del romance de oficina. La mayoría de las veces no
es otra cosa que una forma de pasar el tiempo. Algunas veces se las
arreglan para echar un polvo o dos en un aparte. Pero incluso entonces,
no es más que un pasatiempo, como jugar a los bolos o ver la televisión o
celebrar una fiesta de año nuevo. Tienes que comprender que no
significa nada y de esta forma no acabarán hiriéndote. ¿Entiendes lo que
digo?
-Creo que el señor Partisian es sincero.
-Vas a
acabar pinchada con ese alfiler, nena, no olvides que te lo he dicho.
Cuidado con esos halagos, son más falsos que una parre gorda.
-El no es falso. Es un caballero. Es un verdadero caballero. Ojalá fueses tú tan caballero como él.
Me
di por vencido. Me senté en el sofá, saqué mi lámina de distritos y
traté de memorizar el Bulevar Babcock. Tenia los números 14, 39, 51 y
62. ¿Qué demonios? ¿No iba a poder acordarme de eso?
39
Finalmente
conseguí un día libre, y ¿saben lo que hice? Me levanté pronto antes de
que Joyce volviera y bajé al mercado a hacer algunas compras. Quizás
estaba un poco zumbado. Anduve por el mercado y en vez de comprar un
buen solomillo de carne o por lo menos algo de pollo para freír, ¿saben
lo que hice? Puse ojos de serpiente y me dirigí a la sección oriental,
empezando a llenar mi cesta con pulpitos, arañas marinas, caracoles,
algas y cosas así. El empleado me echó una mirada extraña y empezó a
teclear en la caja registradora.
Cuando Joyce llegó aquella
noche, yo lo tenía todo en la mesa preparado. Algas cocidas mezcladas
con una ración de arañas marinas y una gran fuente de pequeños
caracoles, dorados en mantequilla.
La llevé a la cocina y le mostré el festín en la mesa.
-He cocinado esto en tu honor -dije-, en homenaje a nuestro amor.
-¿Qué coño es esa porquería?
-Caracoles.
-¿Caracoles?
-Si,
¿no te das cuenta de que durante muchos siglos los orientales se han
alimentado de esto y han creado una filosofía singular? Vamos a
rendirles homenaje y a rendirnos homenaje a nosotros mismos. Están
fritos en mantequilla.
Joyce se sentó.
Empecé a meterme caracoles en la boca.
-¡Carajo, están ricos, nena! ¡PRUEBA UNO!
Joyse se inclinó hacia delante e introdujo uno en su boca mientras miraba los que quedaban en el plato.
Yo me zampé un buen bocado de deliciosas algas ma. rinas.
-Está bueno, ¿eh, nena?
Ella masticó el caracol que tenía en la boca.
-¡Fritos en dorada mantequilla!
Cogí unos cuantos con mi mano y me los enjarreté en la boca.
-Los siglos están de nuestra parte, nena, ¡No podemos equivocarnos!
Finalmente ella se tragó el suyo. Luego examinó los otros de] plato.
-¡Todos tienen unos pequeños anos! !Es horrible! ¡Horrible!
-¿Qué tienen de horrible los anos nena?
Se llevó la servilleta a la boca. Se levantó y salió corriendo hacia el baño. Empezó a vomitar. Yo gritaba desde la cocina:
-¿QUE
TIENEN DE MALO LOS ANOS, NENA? !TU TIENES UN ANO, YO TENGO UN ANO¡ !TU
VAS A LA TIENDA Y COMPRAS EL FILETE DE UNA VACA QUE TENIA UN ANO! ¡LA
TIERRA ESTA LLENA DE ANOS! ¡EN CIERTO MODO LOS ARBOLES TAMBIÉN TIENEN
ANOS, AUNQUE NO LOS PUEDAS VER, SOLO SE VE QUE SE LES CAEN LAS HOJAS. TU
ANO, MI ANO, EL MUNDO ESTA REPLETO DE MILLONES DE ANOS. EL PRESIDENTE
TIENE UN ANO, EL LAVACOCHES TIENE UN ANO, EL JUEZ Y EL ASESINO TIENEN
ANOS... INCLUSO ALFILER PURPURA TIENE UN ANO!
-¡Oh, para ya! !PARA YA!
Vomitó de nuevo. Pueblerina. Abrí la botella de salte y me serví un trago.
40
Ocurrió
alrededor de una semana más tarde hacia las 7 de la mañana. Había
conseguido otro día libre después de un trabajo intensivo, estaba pegado
al culo de Joyce, a su ano, durmiendo, durmiendo profundamente, y
entonces sonó el timbre y yo me levanté a abrir la puerta.
Era un hombrecito con corbata. Me puso varios papeles en la mano y se fue.
Era
una demanda de divorcio. Allí se iban volando mis millones. Pero no
estaba furioso, porque de cualquier manera nunca había esperado sus
millones.
Desperté a Joyce.
-¿Qué?
-¿No podías haberme despertado a una hora más decente?
Le enseñé los papeles.
-Lo siento, Hank.
-Está
bien. Lo único que tenías que haber hecho era decírmelo. Yo habría
accedido. Esta noche hemos hecho el amor un par de veces y nos hemos
reído y lo hemos pasado bien. No lo entiendo. Tú sabías todo esto.
Maldita sea si consigo entender a una mujer.
-Verás, lo hice después de que tuviéramos una pelea. Pensé que si esperaba a que se enfriase la cosa, jamás lo haría.
-De acuerdo, nena, admiro a las mujeres honestas. ¿Es Alfiler Púrpura?
-Es Alfiler Púrpura -dijo ella.
Me reí. Fue una risa un poco amarga, lo admito, pero me salió.
-Es
fácil adivinar el resto. Pero vas a tener problemas con él. Te deseo
suerte, nena. Sabes que hay mucho de ti que he amado, y no era sólo tu
dinero.
Empezó a llorar sobre la almohada, boca abajo,
estremeciéndose toda. Era tan sólo una chica pueblerina, perdida y
confundida. Allí la tenía, temblando y llorando desconsoladamente, sin
el menor cuento. Era terrible.
Las sábanas se habían caído y me fijé en su espalda. Sus omoplatos asomaban como si quisieran convertirse en alas, atravesando la piel. Pequeñas cuchillas. Estaba indefensa.
Me metí en la cama, acaricié su espalda, la acaricié, la calmé, entonces se derrumbó otra vez:
-¡Oh, Hank, te quiero, te quiero, estoy tan apenada, tan apenada, tan apenada!
Realmente estaba que se moría.
Después de un rato, empecé a sentir como si fuera yo el que me estaba divorciando de ella.
Entonces echamos uno bueno de despedida.
Se quedó con la casa, el perro, las moscas, los geranios.
Hasta
me ayudó a empacar, doblando mis pantalones cuidadosamente en la
maleta, colocando mis calzoncillos y mi navaja de afeitar. Cuando estuve
listo para irme, empezó a llorar de nuevo. Le di un pequeño mordisco en
la oreja, la derecha, y luego bajé las escaleras con mi equipaje. Subí
en el coche y empecé a deambular por las calles buscando un anuncio de
"Se Alquila".
Me parecía ya una cosa bastante corriente.
No exigí nada del divorcio, no fui a los tribunales. Joyce me dio el
coche. Ella no conducía. Todo lo que había perdido eran 3 o 4 millones.
Pero todavía tenía la Oficina de Correos.
Me encontré con Betty por la calle.
-Te he visto con esa perra hace algún tiempo. No es tu tipo de mujer.
-Ninguna lo es.
Le
dije que era asunto acabado. Nos fuimos a tomar una cerveza. Betty
había envejecido deprisa. Estaba más gorda. Las líneas habían cedido. Le
caía carne bajo el mentón. Era triste. Pero yo también había
envejecido.
Betty había perdido su trabajo. El perro se había
escapado y lo hablan matado. Haba conseguido un trabajo de camarera que
después perdió cuando derribaron el café para erigir un edificio de
oficinas. Ahora vivía en una pequeña habitación de un hotel de
perdedores. Ella cambiaba las sábanas y limpiaba loo baños. Le pegaba al
vino. Sugirió que podíamos volver a juntarnos. Yo sugerí que podíamos
esperar un tiempo. Acababa de salir de un mal rollo.
Ella se fue a poner su mejor vestido, con zapatos de tacón alto, tratando de quedar resultona. Pero había algo en ella terriblemente triste.
Conseguimos
una botella de whisky y algo de cerveza, fuimos a mi casa, en el cuarto
piso de un viejo edificio de apartamentos. Cogí el teléfono y llamé
diciendo que estaba enfermo. Me senté frente a Betty. Ella cruzó las
piernas, balanceó sus tacones, se rió un poco. Era como en los viejos
tiempos. Casi. Algo se había perdido.
Por aquella época, cuando
llamabas diciendo que estabas enfermo, la Oficina de Correos mandaba una
enfermera a examinarte, para asegurarse que no andabas por ahí de
juerga en algún club nocturno o en un garito de póquer. Mi casa estaba
cerca de la Oficina Central, así que les resultaba fácil venir a echarme
un ojo. Betty y yo llevábamos allí unas dos horas cuando sonó un golpe
en la puerta.
-¿Qué es eso?
-Tranquila -susurré--. !Cállate! Quítate esos zapatos de tacón, entra en la cocina y no hagas ningún ruido!
-¡AGUARDE UN MINUTO! -respondí a la puerta.
Encendí
un cigarrillo para disimular mi aliento, luego me acerqué a la puerta y
la entreabrí ligeramente. Era la enfermera. La misma de siempre. Me
conocía.
-¿Ahora qué le pasa? -me preguntó.
Solté una voluta de humo.
-Tengo mal el estómago.
-¿Seguro?
-Es mi estómago, lo conozco bien.
-¿Puede firmarme este papel para demostrar que yo he venido aquí y que usted estaba en casa?
-Claro.
Desdobló un impreso y me lo dio. Lo firmé. Lo volvió a doblar.
-¿Irá mañana al trabajo?
-No lo puedo saber. Si estoy bien, iré. Si no, me quedaré aquí.
Me
echó una fea mirada y se marchó. Yo sabia que había olido el whisky en
mi aliento. ¿Era prueba suficiente? Probablemente no, demasiados
tecnicismos, o quizás se estuviera riendo mientras montaba en el coche
con su bolsito negro.
-Está bien -dije-, ponte los zapatos y sal.
-¿Quién era?
-Una enfermera de la Oficina de Correos.
-¿Se ha ido?
-Si.
-¿Hacen esto siempre?
-Hasta ahora nunca han fallado. ¡Vamos a tomar un buen trago para celebrarlo!
Entré en la cocina y serví dos de los buenos. Salí y le di a Betty el suyo.
-¡Salud! -dije.
Alzamos nuestras copas y brindamos.
Entonces sonó el reloj despertador, y era un sonido realmente fuerte.
Di
un salto como si me hubieran pegado un tiro en la espalda. Betty brincó
casi medio metro en el aire. Corrí hacia el reloj y quité la alarma.
-¡Jesús -dijo ella-, casi me cago encima!
Los dos empezamos a reírnos. Luego nos sentamos. Probamos nuestras copas.
-Yo
tuve un novio que trabajaba para el condado -dijo ella-. Solían enviar
un inspector, un tipo, pero no siempre, puede que una vez de cada 5. Así
que una noche estaba yo bebiendo con Harry, así se llamaba, cuando
alguien llamó a la puerta. Harry estaba sentado en el sofá completamente
vestido: « ¡La hostia!», dijo, y se metió de un salto en la cama
vestido y se tapó con la colcha. Yo metí las botellas y los vasos debajo
de la cama y abrí la puerta. Entró aquel tipo y se sentó en el sofá.
Harry llevaba incluso los zapatos y los calcetines, pero estaba tapado
por la colcha. El tipo dijo: «¿Qué tal te encuentras, Harry?», y Harry
dijo: «No muy bien. Ella ha venido a cuidarme, señalándome. Yo estaba
allí sentada borracha perdida. «Bueno, espero que te mejores, Harry»,
dijo el tipo, y luego se fue. Estoy segura de que vio todas aquellas
botellas y vasos debajo de la cama, y también estoy segura que sabia que
los pies de Harry no eran así de grandes. Era una época muy agitada.
-Leches, no le dejan a uno vivir ¿no? Siempre quieren que estés dándole al manubrio.
-Ya lo creo.
Bebimos
un poco más y luego nos fuimos a la cama, pero no fue lo mismo, nunca
lo es. Habla un espacio entre nosotros, habían ocurrido cosas. La
observé mientras se iba al baño, vi las arrugas y pliegues bajo sus
nalgas. Pobre cosa. Pobre pobre cosa. Joyce había sido firme y dura,
agarrabas un pedazo de su cuerpo y era cosa fina. Ahora ya no estaba tan
bien. Era triste, era triste, era triste. Cuando Betty salió, no
cantamos ni reímos, ni siquiera hablamos. Nos sentamos a beber en la
oscuridad, fumando cigarrillos, y cuando nos fuimos a dormir, yo no puse
los pies sobre el cuerpo o ella los suyos sobre el mío como solíamos
hacer. Dormimos sin tocarnos.
Algo nos habían robado a los dos.
41
Telefoneé a Joyce.
-¿Cómo marcha la cosa con Alfiler Púrpura?
-No puedo entenderlo -dijo ella.
-¿Qué hizo cuando le dijiste que te habías divorciado?
-Estábamos sentados el uno frente al otro en la cafetería de empleados cuando se lo dije.
-¿Qué ocurrió?
-Dejó caer su tenedor. Se quedó con la boca abierta. Dijo: «¿Qué?».
- Entonces supo que ibas en serio.
-No
puedo entenderlo. Me ha estado evitando desde entonces. Cuando lo veo
en el hall sale corriendo. Ya no se sienta conmigo para comer. Parece...
bueno, casi... frío.
Nena, hay otros hombres: Olvídate de ese tipo. Iza tus velas para una nueva aventura.
-Es difícil olvidarle. Quiero decir, su forma de ser. Sabe que tienes dinero?
-No, nunca se lo he dicho, no lo sabe.
- Bueno, si lo quieres...
-¡No, no! ¡No lo quiero de esa forma!
-De acuerdo entonces. Adiós, Joyce.
-Adiós, Hank.
No
mucho tiempo después, recibí una carta suya. Estaba de vuelta en Texas.
La abuela estaba muy enferma, no se esperaba que viviese mucho. La
gente preguntaba por mí. Bla, bla, bla. Besos, Joyce.
Dejé la
carta y pude imaginar al mosquito preguntándose cómo había podido yo
dejarme perder todo aquello. El pequeño mamarracho con sus espasmos,
pensando en mi como en un listo hijo de puta. Era duro dejarle allí sólo
a merced de los coyotes de aquella forma.
42
Un día me hicieron personarme en el viejo Edificio Federal. Me tuvieron sentado los habituales 45 minutos o una hora y media.
Entonces dijo una voz:
-Señor Chinaski?
- Sí -dije yo.
-Entre.
El
hombre me llevó a un escritorio. Allí estaba sentada una mujer. Tenia
una pinta más bien sexy, andaba por los 38 o 39, pero parecía como si
sus ambiciones sexuales hubieran sido dejadas de lado por otras cosas o
hubieran sido simplemente ignoradas.
-Siéntese, señor Chinaski.
Me senté.
Nena, pensé, podría darte una cabalgada realmente buena.
-Señor Chinaski -dijo ella-, nos hemos estado preguntando si rellenó usted de forma adecuada este impreso.
-¿Uh?
-Me refiero a los antecedentes penales.
Me alcanzó la hoja. No había el menor atisbo de sexo en sus ojos.
Yo había puesto 8 o 10 arrestos comunes por borrachera. Era sólo una estimación aproximada. No tenla idea del número exacto.
-Bueno, ¿lo ha puesto usted todo? -me preguntó ella.
-Hummmm, hummm, déjeme pensar...
Yo sabía lo que ella quería. Quería que yo dijese “sí”, y entonces me tendría cogido.
-Déjeme ver... Hummm, hummm.
-¿Sí? -dijo ella.
-¡Oh, oh! ¡Dios mío!
-¿Qué?
-Es
algo por estar bebido en un automóvil o por conducir en estado de
embriaguez. Hace unos 4 años o así. No recuerdo la fecha exacta.
-¿Y fue un olvido?
-Sí, de verdad, lo pondré ahora.
-Está bien, póngalo.
Lo puse.
-Señor
Chinaski. Tiene unos antecedentes terribles. Quiero que explique estos
cargos y si es posible justifique su presente empleo con nosotros.
-De acuerdo.
-Tiene diez días para responder.
Yo no deseaba tanto el trabajo. Pero ella me irritaba.
Llamé
diciendo que estaba enfermo aquella noche después de comprar papel
numerado y reglado y una carpeta azul de aspecto muy oficial. Me
conseguí una botella de whisky y un paquete de 6 cervezas, luego me
senté frente a la máquina y empecé a escribir. Tenia el diccionario a
mano. De vez en . cuando lo abría por una página, encontraba alguna
palabra larga e incomprensible y construía una frase o un párrafo a
partir de ella. Me llevó 42 páginas. Acabé con un .Copias de esta
declaración han sido retenidas para su distribución en prensa,
televisión y otros medios de comunicación..
Yo me sentía lleno de mierda.
Ella se levantó de su escritorio y vino personalmente a buscarme.
-¿Señor Chinaski?
-¿Si?
Eran las 9 de la mañana. Un día después de su requisición para que respondiera de los cargos.
-Un minuto.
Se
llevó las 42 páginas a su escritorio. Las leyó y las leyó y las leyó.
Alguien se puso también a leerlas por encima de su hombro. Luego había,
2, 3, 4, S. Todos leyendo. 6, 7, 8, 9. Todos leyendo.
¿Qué demonios?, pensaba yo.
Luego oí una voz entre la multitud:
-¡Bueno, todos los genios son unos borrachos! -como si eso lo explicase todo. Otra vez demasiadas peIículas.
Ella se levantó del escritorio con las 42 páginas en su mano.
-¿Señor Chinaski?
-¿Si?
-Su caso todavía no está cerrado. Ya tendrá noticias nuestras.
-¿Mientras tanto continúo trabajando?
-Mientras tanto continúe trabajando.
-Buenos días -dije.
43
Una
noche me asignaron el taburete de al lado dé Butchner. No estaba
clasificando correo. Simplemente estaba allí sentado, hablando.
Una chica joven vino y se sentó a final del corredor. Oí a Butchner decir:
-¡Eh, tú, coño! ¿Quieres mi picha en tu chumino, eh? ¿Eso es lo que quieres, eh, zorra?
Yo seguí ordenando el correo. El jefe pasó a nuestro lado. Butchner dijo:
-¡Estás en mi lista, mamón! ¡Voy a cogerte bien, so mamón! ¡Podrido bastardo! ¡Soplapollas!
Los jefes nunca le decían nada a Butchner. Nadie le decía nada a Butchner.
Entonces le oí otra vez:
-¡Está
bien, nene! ¡No me gusta la pinta de tu cara! ¡Estás en mi lista,
cabrón! ¡Estás el primero en mi lista, cabrón! ¡Te voy a romper el culol
¡Eh, te estoy hablando a ti! ¿Me estás oyendo?
Era demasiado. Solté mi correo.
-¡Está bien -le dije-, recojo el reto! ¡Te voy a romper esa bocazal ¿Lo quieres aquí o salimos fuera?
Miré a Butchner. Estaba hablándole al techo, demente
-¡Te lo he dicho, estás el primero en mi lista! ¡Te voy a agarrar y te voy a dar una buena!
Por
el amor de Cristo, pensé. ¡He caído como un imbécil! Los empleados
estaban muy tranquilos, no podía culparles. Me levanté y fui a beber un
poco de agua. Luego volví. 20 minutos más tarde, me levanté para el
descanso de 10 minutos. Cuando volví, el supervisor estaba esperándome.
Era un negro gordo que debía andar por los 50. Me gritó:
-¡CHINASKI!
-¿Qué ocurre, hombre? -dije yo.
-¡Ha abandonado su asiento un par de veces en 30 minutos!
-Si, fui a beber un trago de agua la primera vez. 30 segundos. Luego hice la pausa de descanso.
-Suponga que trabaja en una máquina. ¡No podría abandonar la máquina un par de veces en 30 minutos!
Toda la cara le refulgía de furia. Era anonadante. Yo no podía entenderlo.
-¡LE VOY A HACER UN EXPEDIENTE DE AMONESTACION!
-Está bien -dije yo.
Fui
a sentarme junto a Butchner. El supervisor vino corriendo con la
amonestación. Estaba escrita a mano, muy mal. Ni siquiera podía leerla.
La habla escrito con tal furia que la letra le había salido toda
inclinada y con borrones.
Doblé cuidadosamente el papel y me lo guardé en mi bolsillo trasero.
-¡Voy a matar a ese hijo de puta! -dijo Butchner.
-Espero que lo hagas, gordito -dije yo-, espero que lo hagas.
44
Una noche eran las 12, además de los supervisores, además de los empleados, además del hecho de que apenas podías respirar en aquel amasijo de carne hacinada, además del olor putrefacto de los guisos de la cafetería «sin beneficios.
Además
del CP1. Ciudad Primaria 1. Los antiguos esquemas no eran nada
comparados con el Ciudad Primaria f, que contenía alrededor de 1/3 de
las calles de la ciudad y los distritos en que estaban distribuidas. Yo
vivía en una de las ciudades más grandes de los Estados Unidos. Eran un
montón de calles. Y después de eso estaba el CP2. Y el CP3. Tenías que
pasar cada examen en 90 días, 3 pruebas por cada uno, 95 por ciento como
mínimo de acierto, 100 cartas en una urna de cristal, 8 minutos,
fallabas y te dejaban probar a ser presidente de la General Motors, como
había dicho aquel tipo. Para aquellos que conseguían pasar, los
esquemas se hacían un poco más fáciles, la segunda o . la tercera vez.
Pero con el horario nocturno de 12 horas y los días libres cancelados,
era demasiado para la mayoría. De nuestro grupo inicial de 150 o 200, ya
sólo quedábamos 17 o 18.
-¿Cómo puedo trabajar 12 horas por
noche, dormir, comer, bañarme, hacer los viajes de ida y vuelta,
ocuparme de la lavandería y la gasolina, el alquiler, cambiar
neumáticos, hacer todas las pequeñas cosas que han de hacerse y todavía
estudiar el esquema? -le pregunté a uno de los instructores
-No duerma -me dijo.
Le miré. No estaba tocando el trombón. El condenado imbécil hablaba en serio.
45
Descubrí que el único momento que tenía para estudiar era antes de dormirme. Estaba siempre demasiado cansado
codo para hacerme un desayuno, así que me compraba un paquete de
cervezas, lo ponía en la silla que había ,unto a la cama, abría una
lata, me echaba un buen trago y abría el plano del esquema. Al
llegar a la tercera cerveza, tenia que dejar el plano. No podías
empollar tanto de golpe. Entonces me bebía el resto de la cerveza,
sentado en la coma, mirando a la pared. Con la última lata me quedaba
dormido. Cuando me despertaba, tenía el tiempo justo para bañarme,
arreglarme, comer y volver al trabajo.
Y no te conseguías
acostumbrar, cada vez te sentías más y más cansado. Yo siempre compraba
el paquete de cervezas en el camino de vuelta, y una mañana desbarré
totalmente. Subí las escaleras (no había ascensor) y metí la llave. La
puerta se abrió. Alguien había cambiado de sitio todos los muebles,
habían puesto una alfombra nueva. No, los muebles también eran nuevos.
Habla una mujer en el sofá. Tenía buena pinta. Joven. Buenas piernas. Rubia.
-Hola -dije-, ¿te apetece una cerveza?
-¡Holal -dijo ella-. Está bien, tomaré una.
-Me gusta como ha quedado arreglado el sitio -le dije.
-Lo hice yo misma.
-¿Pero por qué?
-Me apetecía -dijo ella.
Bebimos de nuestras cervezas.
-Estás muy bien -dije yo. Dejé mi bote de cerveza y le di un beso. Puse mi mano en una de sus rodillas. Era una bonita rodilla.
Tomé otro trago de cerveza.
-Si -dije-, realmente me gusta el aspecto del sitio. Con toda seguridad va a estimular mi espíritu.
-Me alegro. A mi marido también le gusta.
-¿Pero por qué a tu marido... ? ¿Qué? ¿Tu marido? ¿Oye, cuál es el número de este apartamento?
-El 309.
-¿El 309? ¡la hostia! ¡Me he equivocado de piso! Yo vivo en el 409. Mi llave abrió tu puerta.
-Siéntate, querido -dijo ella.
-No, no...
Cogí las 4 cervezas que quedaban.
-¿Por qué te vas? -preguntó ella.
Algunos hombres están locos -dije, yéndome hacia la puerta.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que algunos hombres están enamorados de sus esposas.
Ella se rió:
-No te olvides de dónde estoy.
Cerré
la puerta y subí un piso más. Abrí mi puerta. No había nadie allí. Los
muebles estaban viejos, todo desconectado, la alfombra prácticamente
descolorida. El suelo lleno de latas de cerveza vacías. Estaba en el
sitio correcto.
46
Mientras trabajaba en la
estafeta de Dorsey oí a algunos veteranos comentar como Cipotón
Greystone se había comprado una grabadora para aprender los esquemas.
Cipotón habla leído las calles y distritos del esquema, grabándolo todo
en la cinta, y luego lo habla aprendido escuchándolo. Cipotón era
llamado Cipotón por razones obvias. Habla mandado a 3 mujeres al
hospital con aquella cosa. Luego se lo habla hecho con un julón. Una
maricona que se llamaba Carter. También había desgarrado a Carter.
Carter había ido a un hospital a Boston. La broma habitual era decir que
Carter se había tenido que ir hasta Boston porque no había bastante
hilo en la Costa Oeste para coserle después de que Cipotón acabara con
él. Verdad o no, lo cierto es que decidí probar la grabadora. Mis
preocupaciones se habían terminado. Podía dejarla puesta mientras
dormía. Había leído en algún sitio que podías aprender con tu
subconsciente mientras dormías. Esa parecía la forma más fácil. Compré
una grabadora y algunas cintas.
Leí el esquema en voz alta delante de la grabadora, me metí en la cama con mi cerveza y escuché.
-AHORA,
HIGGINS SE CORTA EN HUNTER 42, MARKLEY 67, HUDSON 71, EVERGLADES 84. ¡Y
AHORA ESCUCHA, ESCUCHA CHINASKI, PITTSFIELD SE CORTA EN ASHGROVE 21;
SIMMONS 33, NEEDLES 461 ¡ESCUCHA, CHINASKI, ESCUCHA, WESTHAVEN SE CORTA
EN EVERGREEN 11, MARKAM 24, WOODTREE 55! ¡CHINASKI, ATENCION CHINASKI!
PARCHBLEAK SE CORTA...
No funcionaba. Mi voz me daba sueño. No pude pasar de la tercera cerveza.
Después
de un tiempo, dejé de oír las cintas y de estudiar el esquema.
Simplemente me bebía mis 6 latas de cerveza y me dormía. No podía
entender nada. Incluso pensé en ir a ver a un psiquiatra. Me veía la
escena:
-¿Sí, muchacho?.
-Bueno, verá... es esto.
-Siga. ¿Necesita el sofá?
-No, gracias, me dormiría.
-Siga, por favor.
-Bueno, necesito mi trabajo.
-Eso es razonable.
-Pero tengo que estudiar y pasar 3 esquemas más para conservarlo.
-¿Esquemas? ¿Qué son esos .esquemas?
-Bueno, es para cuando la gente no pone el distrito postal. Alguien tiene que clasificar esa carta. Así que te nemos que estudiar estos esquemas y conocer todas las calles después de trabajar 12 horas por noche.
-¿Y?
-No puedo coger el plana. En cuanto lo hago, se me cae de la mano.
-¿No puede estudiar esos esquemas?
-No.
Y tengo que clasificar 100 cartas en 8 minutos con una exactitud mínima
de un 95 por ciento o estoy en la calle. Y yo necesito el trabajo.
-¿Por qué no puede estudiar esos esquemas?
-Eso
es por lo que estoy aquí. Para preguntarle. Debo de estar loco. Pero
están todas esas calles, y todas se cortan en diferentes direcciones.
Aquí, mire.
Entonces le pasaba el esquema de 6 páginas, pegadas por arriba, con indicaciones en letra pequeñita a los lados.
El ojeaba las páginas.
-¿Y debe usted memorizar todo esto?
-Sí, doctor.
-Bueno,
muchacho -devolviéndome el plano-, usted no está loco por no desear
estudiar esto. En todo caso estaría loco si quisiera estudiarlo. Son 25
dólares.
Así que me analicé a mí mismo y me ahorré el dinero.
Pero había que hacer algo.
Entonces se me ocurrió. Eran alrededor de las 9 y diez de la mañana. Telefoneé al Edificio Federal, Departamento de Personal.
-Quiesiera hablar con la señorita Graves, por favor.
-¿Hola?
Allí estaba. La perra. Me acaricié las partes mientras hablaba con ella.
-Señorita Graves, soy Henry Chinaski. Le escribí una respuesta a su requisición sobre mis antecedentes, no sé si me recuerda.
-Nos acordamos de usted, señor Chinaski.
-¿Han tomado alguna decisión?
-Todavía no, ya se lo haremos saber.
-Está bien, entonces. Pero tengo un problema.
-¿Sí, señor Chinaski?
-Actualmente estoy estudiando el CP1 -hice una pausa.
-¿Sí? -preguntó ella.
-Lo
encuentro muy difícil, lo encuentro casi imposible de estudiar y me
preocupa pensar que puedo estar perdiendo mucho tiempo inútilmente. Me
refiero a que si en cualquier momento puedo ser apartado del servicio
postal, no me parece correcto pedirme que me estudie el esquema en estas
condiciones.
-Está bien, señor Chinaski. Telefonearé al
Departamento de Esquemas y les daré orden de que lo aparten a usted
hasta que hayamos tomado una decisión.
-Gracias, señorita Graves.
-Buenos días -dijo ella; y colgó.
Era
un buen día. Y después de haberme estado toqueteando mientras hablaba
por teléfono, casi estuve a punto de bajar al apartamento 309. Pero
decidí no correr peligro. Me hice unos huevos con tocino y lo celebré
con una cerveza extra.
47
Sólo quedábamos 6 o 7. El CP1 era demasiado para ellos.
-¿Qué tal llevas el esquema, Chinaski? -me preguntaban.
-No hay problema.
-Muy bien, divídeme la Avenida Woodburn.
-¿Woodburn?
-Sí, Woodburn.
-Oye, no me gusta que me molesten con estas cosas cuando estoy trabajando. Me aburre. Cada cosa a su tiempo.
48
En
navidades estaba de vuelta con Betty. Guisó un pavo y bebimos. A Betty
siempre le habían gustado los grandes árboles de Navidad. Este debía
tener más de dos metros de alto y uno de ancho, cubierto con luces,
bolas, campanillas y pijaditas por el estilo. Bebimos un par de botellas
de whisky, hicimos el amor, nos comimos el pavo y bebimos algo más.
Faltaba un clavo del soporte y éste no podía sostener el árbol. Yo
estaba continuamente poniéndolo derecho. Betty, tumbada en la cama,
pasaba de todo. Yo estaba bebiendo en el suelo con mis calzones puestos.
Entonces me tumbé. Cerré los ojos. Algo me despertó. Abrí los ojos.
Justo a tiempo de ver el enorme árbol cubierto de luces encendidas caer
lentamente hacia mí, la estrella de la punta bajando como una daga. No
sabía bien qué pasaba. Parecía el fin del mundo. No pude moverme. Las
ramas del árbol me envolvieron. Estaba bajo él. Las bombillitas ardían
-¡OH, OH, DIOS MIO, PIEDAD! ¡SEÑOR AYUDAME! ¡CRISTO! ¡CRISTO! ¡SOCORRO!
Las bombillas me estaban quemando. Me eché hacia la izquierda, no pude salir, luego me eché a la derecha.
-¡ARGH!
Finalmente conseguí salir arrastrándome. Betty estaba arriba, de pie.
-¿Qué ha pasado? ¿Qué ocurre?
-¿ES QUE NO LO VES? ¡ESTE CONDENADO ARBOL HA INTENTADO ASESINARME!
-¿Qué?
-¡SI, MIRAME!
Tenia manchas rojas por todo mi cuerpo.
-¡Oh, pobrecito, mi niño!
Me levanté y quité el enchufe. Las luces se apagaron. La cosa estaba muerta.
-¡Oh, mi pobre árboll
-¿Tu pobre- árbol?
-¡Sí, era tan bonito!
-Lo levantaré por la mañana. Ahora no me fío de él. Le voy a dar el resto de la noche libre.
A
Betty no le gustó aquello. Me vi venir una discusión, así que levanté
la cosa, la apoyé contra una silla y apagué las luces. Si aquella cosa
le hubiese quemado las tetas o el culo, la habría tirado por la ventana.
Me pareció que yo estaba siendo demasiado amable.
Varios días
después de Navidad me pasé a ver a Betty. Estaba sentada en su
habitación, borracha, a las 8:45 de la mañana. No tenia muy buen
aspecto, pero tampoco yo lo tenia. Parecía como si cada cliente del
hotel le hubiera regalado una botella. Había vino, vodka, whisky,
escocés, coñac barato. Las botellas llenaban su habitación.
-¡Malditos imbéciles! ¿No saben hacer otra cosa mejor? ¡Si te bebes todo esto te matarál
Betty tan sólo me miró. Lo vi todo en esa mirada.
Tenia
dos hijos que nunca venían a verla, nunca la escribían. Era una fregona
en un hotel barato. Cuando yo la conocí por primera vez llevaba
vestidos caros, sus finos tobillos se ajustaban a lujosos zapatos. Era
prieta de carnes, casi hermosa, con unos ojos salvajes. Se reía. Había
tenido un marido rico, ella había pedido el divorcio y él habla muerto
en un accidente de coche, borracho, ardiendo hasta carbonizarse en
Connecticut.
-Nunca conseguirás domeñarla -me dijeron.
Allí estaba ahora. Había tenido cierta ayuda.
-Escucha -le dije-, voy a llevarme todo este alcohol, Entiéndeme, te daré una botella de ves en cuando. No me lo beberé.
-Deja
las botellas -dijo Betty. No me miró. Su habitación estaba en el último
piso y ella estaba sentada en un sillón junto a la ventana mirando el
tráfico mañanero.
Me acerqué a ella.
-Mira, estoy molido. Tengo que irme. ¡Pero por el amor de Dios, ten cuidado con toda esa bebida!
-Claro -dijo ella.
Me incliné y le di un beso de despedida.
Alrededor de una semana y media más tarde volví de nuevo. Nadie respondió a mi llamada.
-¡Betty! ¡Betty! ¿Estás bien?
Moví el pomo. La puerta estaba abierta. La cama estaba revuelta. Había una gran mancha de sangre en la sá. bana.
-¡Oh, mierda! -dije. Miré a mi alrededor. Todas las botellas habían desaparecido.
Apareció en la puerta la dueña del hotel, una señora francesa de mediana edad.
-Está en el Hospital General del Condado. Estaba muy enferma. Llamé anoche a una ambulancia.
-¿Se bebió todo lo que tenía?
-Tuvo alguna ayuda.
Bajé corriendo las escaleras y monté en el coche. Llegué allí. Conocía bien el sitio. Me dijeron el número de la habitación.
Había
3 o 4 camas en una habitación pequeña. Una mujer estaba sentada en la
suya en mitad de camino, masticando una manzana y riéndose con dos
visitantes femeninas. Aparté la cortina que cubría la cama de Betty, me
senté en el borde y me incliné sobre ella.
-iBetty! ¡Betty!
Toqué su brazo.
-¡Bettyl
Sus ojos se abrieron. Eran otra vez hermosos. De un sosegado azul brillante.
-Sabía que tenías que ser tú -dijo.
Entonces
cerró los ojos. Sus labios estaban cuarteados. Una baba amarilla se
habla secado en la comisura izquierda de su boca. Cogí un pañuelo y se
lo limpié. Lavé su cara, cuello y manos. Mojé otro pañuelo y escurrí un
poco de agua en su lengua. Luego un poco más. Humedecí sus labios. Le
arreglé el pelo. Oía a aquellas mujeres riéndose a través de la cortina
que nos separaba.
-Betty, Betty, Betty. Por favor, quiero que bebas un poco de agua, sólo un sorbo de agua, no demasiado, sólo un sorbo.
Ella no respondió. Lo intenté durante diez minutos. Nada.
Le cayó más baba por la boca. Se la limpié.
Entonces me levanté y dejé caer de nuevo la cortina. Miré a las mujeres.
Salí y hablé con la enfermera que estaba sentada en el escritorio.
-¿Oiga, por qué no hacen nada por la mujer de la 45-c? Betty Williams.
-Estamos haciendo todo lo que podemos, señor.
-Pero allí no hay nadie.
-Hacemos nuestras rondas regulares.
-¿Pero dónde están los. doctores? No veo ningún doctor.
-El doctor ya la ha visto, señor.
-¿Por qué la dejan ahí, simplemente tumbada?
-Hemos hecho todo lo posible, señor.
-¡SEÑOR!
SEÑOR! ¡SEÑOR! ¡OLVIDESE DE TODA ESA MIERDA DE «SEÑOR»1, ¿EH? Apuesto a
que si estuviera ahí el presidente, o el gobernador, o el alcalde, o
algún rico hijo de puta, esa habitación estaría llena de doctores haciendo algo. ¿Por qué la dejan morir como si tal cosa? ¿Cuál es el pecado de ser pobre?
-Ya le he dicho, señor, que hemos hecho TODO lo que hemos podido.
-Volveré dentro de un par de horas.
-¿Es usted su marido?
-Fui algo parecido.
-¿Me puede dar su nombre y número de teléfono?
Se lo di y luego me marché.
49
El
funeral era a las 10:30 de la mañana, pero ya hacía calor. Yo llevaba
un traje negro de saldo que me había comprado apresuradamente. Era mi
primer traje nuevo en mucho tiempo. Había localizado a su-hijo. Fuimos
en su Mercedes-Benz nuevo. Había seguido su rastro por medio de un trozo
de papel con la dirección de su suegro. Dos conferencias y conseguí
encontrarlo. Para cuando llegó, su madre ya había muerto. Murió mientras
yo estaba haciendo las llamadas telefónicas. El chico, Larry, siempre
había sido un poco raro. Tenía el hábito de robar los coches de los
amigos, pero entre los amigos y el juez consiguió no ir a parar ala
cárcel. Luego entró en el ejército, allí recibió un programa de
educación y al salir encontró un trabajo bien pagado. Fue entonces
cuando dejó de ver a su madre, cuando encontró aquel trabajo.
-¿Dónde está tu hermana? -le pregunté.
-No lo sé.
-Este es un buen coche. Ni siquiera se oye el motor. Larry sonrió. Aquello le gustó.
Ibamos 3 personas al funeral: el hijo, él amante y la hija subnormal de la dueña del hotel. Se llamaba Marcia.
Marcia
nunca decía nada. Simplemente se quedaba sentada, con una sonrisa inane
en sus labios. Su piel era blanca como el esmalte. Tenía una mata de
mortecino pelo amarillento y un sombrero que no se le ajustaba. A Marcia
la había mandado la dueña del hotel en su lugar. La dueña tenía que
vigilar el hotel.
Por supuesto, yo tenía una resaca mortal. Paramos a tomar un café.
Ya
había habido problemas con el funeral. Larry tuvo una discusión con el
cura católico. Había algunas dudas sobre si Betty era una verdadera
católica. Finalmente se decidió hacer medio servicio. Bueno, medio
servicio era mejor que nada.
También tuvimos problemas con las
flores. Yo había comprado una corona de rosas. En la floristería se
pasaron una tarde entera haciéndola. La florista había conocido a Betty.
Habían bebido juntas unos años atrás, cuando Betty y yo teníamos la
casa y el perro. Se llamaba Delsie. Yo siempre había querido meterme en
las bragas de Delsie, pero nunca lo había conseguido.
Delsie me llamó por teléfono.
-¿Hank, qué coño les pasa a esos bastardos?
-¿Qué bastardos?
-Esos de la funeraria.
-¿Qué ha pasado?
-Bueno,
envié al chico con la camioneta a dejar tu corona y no le quisieron
dejar pasar. Dijeron que estaba cerrado. Sabes, es un camino bien largo
hasta allí.
-¿Sí, DeIsie?
-Finalmente permitieron al chico
dejar las flores dentro, pero no le dejaron ponerlas en el
refrigerador. Así que el chico tuvo que dejarlas en el recibidor. ¿Qué
demonios les pasa a esos tipos?
-No lo sé. ¿Qué demonios le pasa a todo el mundo en todas partes?
-No voy a poder ir al funeral. ¿Estás bien, Hank?
-¿Por qué no vienes a consolarme?
-Tendría que llevar a Paul. Paul era su marido.
-Olvídalo. Así que allí íbamos, camino de medio funeral.
Larry levantó la vista de su café.
-Te escribiré más tarde sobre la compra de una lápida. Ahora no tengo dinero.
-Está bien -dije.
Larry pagó los cafés, luego salimos y montamos en el Mercedes Benz.
-Espera un momento -dije.
-¿Qué ocurre? -preguntó Larry.
-Creo que nos hemos olvidado algo. Volví a entrar en el café.
-Marcia. Seguía sentada en la mesa.
-Nos vamos, Marcia. Se levantó y me siguió.
El
cura leyó su cosa. Yo no escuché. Allí estaba el ataúd. Lo que había
sido Betty estaba ahí dentro. Hacía mucho calor. El sol caía como una
cortina amarilla. Una mosca volaba en círculos. A mitad del medio
funeral dos tipos con monos de trabajo entraron trayendo mi corona. Las
rosas estaban muertas, mustias y fenecidas bajo el calor. La apoyaron
contra un árbol cercano. Casi al final del responso, mi corona empezó a
inclinarse y cayó boca abajo. Nadie se molestó en levantarla. Entonces
finalizó todo. Me acerqué al cura y le estreché la mano.
-Gracias.
El sonrió. Ya había dos sonrisas, la suya y la de Marcia. Por el camino, Larry dijo de nuevo
-Ya te escribiré acerca de la lápida. Todavía estoy esperando esa carta.
50
Subí
al 409, me tomé un lingotazo de escocés con agua, cogí algo de dinero
de encima de la cómoda y me fui al hipódromo. Llegué a tiempo para la
primera carrera pero no jugué porque no había tenido tiempo de estudiar
el programa.
Fui al bar a tomar un trago y vi a esta mulata alta
que llevaba una vieja gabardina. Realmente iba vestida de pena, pero
como yo me sentía de forma parecida, la llamé por su nombre lo
suficientemente alto como para que me oyera al pasar:
-Vi, nena.
Ella se paró, luego se acercó.
-Hola, Hank. ¿Cómo estás?
La conocía de la Oficina Central de Correos. Ella trabajaba en otra estafeta, pero parecía más amistosa que la mayoría.
-Estoy un poco deprimido. Es el tercer funeral en 2 años. Primero mi madre, luego mi padre, hoy una vieja amiga.
Ella pidió algo. Yo abrí el programa.
Vamos a ver esta segunda carrera.
Ella
se acercó más y apoyó un montón de pierna y pecho contra mi. Habla algo
debajo de aquella gabardina. Yo siempre buscaba el caballo con pocos
partidarios que pudiera batir al favorito. Si no encontraba ninguno que
pudiera batir al favorito, apostaba al favorito.
Había ido al
hipódromo después de los otros dos funerales y había ganado. Había algo
en los funerales que te hacían ver las cosas mejor. Un funeral diario y
seria rico.
El número 6 habla perdido por un cuello con el
favorito en una carrera de una milla la última vez que había corrido. El
6 habla sido alcanzado por el favorito después de llevar dos
cuerpos de ventaja durante la recta final. El 6 había estado a 35/1. El
favorito a 9/2. Los dos volvían a correr en una carrera de igual clase.
El favorito ahora llevaba un kilo de más, de 58 a 59. El 6 seguía
llevando 58 kilos, pero le habían dado la monta a un jockey menos
popular, y también la distancia era de 1.700, cien metros más. La gente
se figuraba que, ya que el favorito había cazado al 6 en una milla,
seguramente lo cazaría aún con más facilidad con 100 metros más de
recorrido. Eso parecía lógico. Pero las carreras de caballos no se
mueven por lógica. Los preparadores a menudo matriculan sus caballos en
condiciones aparentemente poco favorables para que el público no los
apueste. El truco de la distancia, más el truco de un jockey poco
popular, todo apuntaba a una galopada con buenos beneficios. Miré el
totalizador. En la línea de la mañana estaba a 5. Ahora había pasado a 7
a 1.
-Es el número 6 -le dije a Vi.
-No, ese caballo es de los que se desinflan -dijo ella.
-Ya -dije yo, y me fui a ponerle 10 pavos a ganador al 6.
El
6 cogió la punta al salir de los cajones, fue marcando el paso en la
recta de enfrente y entonces con un fácil esfuerzo sacó un cuerpo y
medio de ventaja. Los demás le seguían. Se figuraban que el 6 cogería al
mismo ritmo la curva y luego apretaría al entrar en la recta, entonces
ellos irían a por él. Esa era la forma habitual de proceder. Pero el
preparador le había dado al chico instrucciones diferentes. En mitad de
la curva el chico aflojó las riendas y el caballo salió disparado hacia
delante. Antes de que los otros jockeys pudieran reaccionar, el 6 les
sacaba 4 cuerpos de ventaja. Al entrar en la recta el chico le dio un
pequeño respiro, miró atrás y luego volvió a arrearle. Estaba saliendo
bien. Entonces el favorito a 9/5 salió del paquete de atrás, y el hijo
de puta se movía de verdad. Estaba tragándose los cuerpos de ventaja con
facilidad. Parecía que iba a llegar a alcanzar a mi caballo. El
favorito era el número 2. A mitad de la recta, el 2 estaba a medio
cuerpo del 6, entonces el chico del 6 empezó a darle al látigo. El
jockey del favorito había venido ya dándole al látigo. Siguieron durante
el resto de la recta de igual forma, con ese medio cuerpo de
diferencia, y así es como llegaron a la meta. Miré el totalizador. Mi
caballo había subido a 8 a 1.
Volvimos al bar.
-La carrera no la ha ganado el mejor -dijo Vi.
-A mí no me importa cuál sea el mejor. Sólo me interesa el que llegue primero. Pide lo que quieras.
Pedimos.
-Está bien, chico listo. A ver si aciertas el siguiente.
-En seguida te lo digo, nena. Después de los funerales soy un demonio.
Apoyó aquella pierna y sus pechos contra mí. Tomé un sorbo de escocés y abrí el programa por la tercera carrera.
Eché
un vistazo. Aquel día iban a cargarse a la gente. Acababa de ganar el
caballo de estirón temprano, así que ahora el público estaba
predispuesto a los caballos de salida rápida más que a los rematadores.
La gente sólo puede guardar una carrera en su memoria. En parte es por
culpa de los 25 minutos de espera entre carrera y carrera. Sólo pueden
pensar en lo que acaba de ocurrir.
La tercera carrera era de
1.200 metros. Ahora el caballo veloz, el de salida rápida, era el
favorito. Había perdido su última carrera por corta cabeza en 1.400
metros, manteniendo el primer puesto durante todo el recorrido hasta el
último tranco, donde le habían cazado. El caballo n .o 8 era el que
andaba más cerca de él. Había estado 3 °, a cuerpo y medio del favorito,
acortando gran distancia en el remate final. La gente se figuraba que
si el 8 no había alcanzado al favorito en 1.400 metros, cómo coño iba a
cazarlo con 200 metros menos de carrera. La gente siempre volvía a sus
casas sin un pavo. El caballo que había ganado la carrera de 1.400
metros no corría hoy.
-Es el número 8 -le dije a Vi.
-La distancia es demasiado corta. Nunca lo conseguirá -dijo Vi
El 8 había subido de 6 a 9 a 1.
Cobré
lo de la carrera anterior y puse diez pavos a ganador al 8. Si apuestas
demasiado fuerte, tu caballo pierde. O cambias de idea y apuestas a
otro. Diez a ganador era una buena y cómoda apuesta.
El favorito
tenia buena pinta. Salió de los cajones primero, cogió la cuerda y sacó
dos cuerpos de ventaja. El 8 corría abierto, siguiente al último,
acercándose gradualmente a la cuerda. El favorito todavía prometía
bastante al entrar en la recta. El chico empezó a bracear al 8, que
ahora iba el quinto, y le hizo probar el látigo. Entonces el favorito
empezó a flojear, pero todavía llevaba dos cuerpos de ventaja en mitad
de la recta. En ese momento el 8 se disparó, volando como el viento, y
ganó por dos cuerpos y medio cíe ventaja. Miré el totalizador. Seguía 9 a
1.
Volvimos al bar. Vi apoyó de veras su cuerpo sobre mí.
Gané
3 de las 5 carreras restantes. Por aquel entonces sólo se corrían 8
carreras en vez de 9. De cualquier forma, con 8 carreras fue suficiente
aquel día. Compré un par de cigarros puros y montamos en mi coche. Vi
había venido en autobús. Paré para comprar una botella y luego fuimos a
mi casa.
51
Vi echó un vistazo a su alrededor.
-¿Qué hace un tío como tú viviendo en un sitio como éste?
-Eso es lo que todas las chicas me preguntan.
-Es lo que se dice una ratonera.
-Me hace seguir siendo modesto.
-Vamos a mi casa.
-De acuerdo.
Subimos
en mi coche y me dijo dónde vivía. Paramos a comprar un par de grandes
filetes, vegetales, artículos para ensalada, patatas, pan, más bebida.
En la entrada de su edificio de apartamentos había un cartel:
ESTA PROHIBIDO HACER RUIDO 0 PROVOCAR ALTERCADOS DE CUALQUIER CLASE.
LOS TELEVISORES HAN DE ESTAR APAGADOS A LAS 10 DE LA NOCHE.
AQUI VIVE GENTE QUE TRABAJA.
Era un cartel grande escrito con pintura roja.
-Me gusta el pasaje que trata de los televisores -dije yo.
Cogimos cl ascensor. Tenía un apartamento bonito. Entré las bolsas en la cocina, encontré dos vasos y serví dos whiskys.
-Ve sacando las cosas. Ahora vuelvo.
Saqué
las cosas, las puse en el fregadero. Me tomé otra copa. Vi volvió. Iba
toda vestida. Pendientes, zapatos de tacón, falda corta. Tenia buena
pinta. Algo fea de cara, pero con un buen culo, muslos y tetas. Ideal
para un polvo salvaje.
-Hola -dije yo-, soy un amigo de Vi. Dijo que volvería ahora. ¿Quieres una copa?
Ella se rió, entonces agarré aquel cuerpazo y la besé. Sus labios estaban fríos como diamantes, pero sabían bien.
-¡Estoy hambrienta -dijo-, déjame cocinar!
-Yo también estoy hambriento. ¡Te comeré a ti!
Ella
se rió. Le di un beso corto, agarrándola del culo, luego me fui al
salón con mi copa, me senté, estiré las piernas y suspiré.
Podría
quedarme aquí, pensé, ganaría dinero en el hipódromo mientras ella me
cuidaba, ayudándome a pasar los malos momentos, dándome masajes con
aceite en el cuerpo, cocinándome, hablándome, acostándose conmigo. Por
supuesto, siempre habría alguna pelea que otra. Así es la naturaleza de
la mujer: les gusta el intercambio de trapos sucios, una pizca de
chillidos, una pizca de drama. Luego un intercambio de juramentos. Yo no
era muy bueno en el intercambio de juramentos.
Estaba ya algo colocado con el whisky. En mi mente, ya me había mudado allí.
Vi
tenia todo en marcha. Salió con su copa y se sentó en mí regazo, me
besó, metiéndome la lengua en la boca. Mi'polla se puso como una roca
frente a su firme trasero. Agarré un puñado de nalga. Apreté.
-Quiero enseñarte algo -dijo ella.
-Ya lo sé, pero vamos a esperar a después de cenar.
-¡Oh, no me refiero a eso!
Me incliné hacia ella y le di una ración de lengua.
Vi se apartó levantándose.
-No,
quiero enseñarte una foto de mi hija. Está en Detroit con mi madre,
pero va a venir dentro de nada para ingresar en el colegio.
-¿Cuántos años tiene?
-6.
-¿Y el padre?
-Me divorcié de Roy. El hijo de puta no era bueno. Todo lo que hacia era beber y jugar a los caballos.
-¿Ah, sí?
Salió con la foto y me la puso en la mano. Eché una mirada. El fondo era muy oscuro, todo se veía negro.
-¡Oye, Vi, es realmente negra! ¿Por Dios, no tienes el suficiente sentido como para tomarle la foto con un fondo más claro?
-Es de su padre. Los genes negros dominan.
-Ya, ya lo veo.
-La foto la hizo mi madre.
-Estoy seguro de que tu hija es un encanto.
-Si, verdaderamente es un encanto.
Vi volvió a dejar la foto y entró en la cocina.
¡La eterna foto! Las mujeres con sus fotos. Era lo mismo una y otra y otra vez. Vi se asomó por la puerta de la cocina.
-¡No bebas muchol ¡Ya sabes lo que tenemos que hacer!
-No
te preocupes, nena, tendré algo para ti. Mientras tanto, ¡tráeme una
copal He tenido un día duro. Mitad de escocés y mitad de agua.
-Sírvetela tú mismo, fanfarrón.
Di la vuelta a mi sillón y encendí la televisión.
-Si quieres otro buen día en el hipódromo, macuca, mejor que le traigas al señor Fanfarrón una copa. ¡Y ahora mismo¡
Vi
había acabado finalmente apostando a mi caballo en la última carrera.
Era un bicho a 5 a 1 que no había hecho una carrera decente en 2 años.
Yo aposté simplemente porque estaba a 5 a 1 cuando debería haber estado a
20. El caballo había ganado fácilmente por seis cuerpos. El cabrón era
un fijo de cabeza a rabo, lo habían estado sujetando en las carreras
anteriores.
Levanté la mirada y allí había una mano con una copa extendiéndose por encima de mi hombro.
-Gracias, nena.
-Sí, Bwana -se rió ella.
52
En
la cama, tenia Algo frente a mi, pero no podía hacer nada con ello.
Bregaba y bregaba y bregaba. VI era muy paciente. Seguí esforzándome y
deudo sacudidas, pero había bebido demasiado,
-Lo siento, nena -dije, y me eché a un lado, Empaco a dormirme.
Entonces algo me despertó. Era Vi. 3e me había montado encima y estaba dándome una cabalgada.
-¡Sigue, nena, sigue! -le dije,
Arqueaba
mi espalda hacia atrás de vez en cuando. Ella me miraba con ojillos
voraces. ¡Estaba siendo violado por una alta hechicera mulata¡ Por un
momento, me sentí excitado.
Entonces le dije:
-Mierda. Déjalo, nena. Ha sido un día muy duro. Ya habrá mejor ocasión.
Ella se bajó. La cosa se fue abajo como un ascensor express.
53
Por la mañana la oí andar. Se movía de un lado a otro sin parar.
Eran alrededor de las 10:30 de la mañana. Me sentía mal. No quería mirarla. 15 minutos más, entonces me levantarla.
Ella me sacudió:
-¡Oye, tienes que irte antes de que aparezca mi amiga
-¿Qué pasa? Me la tiraré también.
-Ya -se rió ella-, ya.
Me levanté. Tosí, gangajeé. Lentamente, me puse mi ropa.
-Me haces sentirme como un trapo -le dije-. ¡No puedo ser tan malo! Alguna cosa buena ha de haber en mí.
Acabé
de vestirme. Fui al baño y me eché algo de agua en la cara, tepe peiné.
Si sólo pudiera peinarme la cara, pensé, pero no puedo.
Salí.
-Vi
-¿Sí?
-No te mosquees demasiado. No fuiste tú. Fue la priva. Ya me ha pasado otras veces.
-De acuerdo, entonces no bebas tanto. A ninguna mujer le gusta quedar segunda ante una botella.
-¿Por qué no me apuestas a colocado, entonces?
-¡Oh, para ya!
-¿Oye, necesitas algo de dinero, nena?
Abrí mi cartera y saqué uno de veinte. Se lo di.
-¡Vaya, erés un encanto!
Su mano acarició mi mejilla, me dio un beso cariñoso en la comisura de la boca.
-Conduce con cuidado.
-Claro, nena.
Conduje con cuidado todo el camino hasta el hipódromo.
54
Me tenían en la oficina del consejero en una de las salas tragarais del segundo piso.
-Déjeme ver qué tal aspecto tiene, Chinaski.
Me miró:
-¡Agh! Qué mala pinta tiene. Mejor me tomo una píldora.
En efecto, abrió un bote y se tomó una.
-Está bien, señor Chinaski, nos gustaría saber dónde ha estado usted estos dos días.
-Doliéndome afligido.
-¿Doliéndose? ¿Doliéndose por qué?
-Por un funeral. Una vieja amiga. Un día para empaquetarla en el féretro. Otro día de luto.
-Pero no ha telefoneado, señor Chinaski.
-Ya.
-Y quiero decirle algo, Chinaski, a titulo personal.
-Vale.
-Cuando usted no telefonea, ¿sabe lo que está diciendo?
-No.
-Señor Chinaski, está diciendo: "Que se joda la Oficina de Correos".
-¿Sí?
-Sí, señor Chinaski, ¿sabe lo que eso significa?
-No. ¿Qué significa?
-Eso significa, señor Chinaski, ¡que la Oficina de Correos le va a joder a usted!
Entonces se inclinó hacia atrás y me miró.
-Señor Feathers -le dije-, por mi puede usted irse al carajo.
-No te pongas gallito, Henry. Te puedo joder bien.
-Por favor, diríjase a mí por mi apellido, señor. Sólo exijo de usted un poco de respeto.
-Me pides respeto, pero tú...
-De acuerdo. Sabemos donde aparca usted, señor Feathers.
-¿Qué? ¿Es eso una amenaza?
-Los negros de aquí me adoran. Los tengo camelados.
-¿Que los negros te adoran?
-Me dan agua. Hasta me jodo a sus mujeres. O al menos lo intento.
-Está bien. Esto se está yendo de mano. Repórtese en su puesto de trabajo.
Me
entregó mi volante. Estaba preocupado, el pobre desgraciado. Yo no me
había camelado a los negros. No me había camelado a nadie más que a
Feathers. Pero no se le podía culpar por preocuparse. Un supervisor
había sido arrojado por las escaleras. A otro le habían metido la navaja
en el culo. Otro había sido acuchillado en la tripa mientras esperaba
en el pasillo la señal del turno de las 3 de la mañana. Justo en la
misma Oficina Central. No volvimos a verle jamás.
Al poco de
hablar yo con él, Feathers se fue de la Oficina Central. No sé
exactamente adónde, pero desde luego lejos de la Oficina Central.
55
Una mañana, hacia las 10 sonó el teléfono.
-¿Señor Chinaski?
Reconocí la voz y empecé a acariciarme los cojones.
-Ummmmmh -dije.
Era la señorita Graves, aquella perra.
-¿Estaba usted dormido?
-Sí, sí, señorita Graves, pero siga. Está bien, está bien. -Bueno, su asunto ha quedado aclarado.
-Ummmh, ummmh.
-Así que se lo hemos notificado al departamento de esquemas.
-Ummhmmh.
-Tiene usted que hacer su CP1 de aquí a dos semanas.
-¿Qué? Eh, espere un momento...
-Eso es todo, señor Chinaski. Buenos días.
Colgó.
56
Bueno,
cogí el plano de esquemas y lo relacionaba todo con historias de sexo y
edad. Este tío vivía en una casa con tres mujeres. Azotaba a una (su
nombre era el nombre d@ la calle y su edad el número por donde se
cortaba); ro comía a otra (lo mismo), y simplemente se jodía a la tete
cera (lo mismo). Luego estaban todos estos maricas y ~ de ellos (su
nombre era Avenida Manfred) tenía 33 años..., etc., etc., etc.
Estoy
seguro de que no me hubieran dejado entrar en aquella cabina de cristal
si hubieran sabido lo que pensaba mientras miraba todas aquellas
cartas. Todas me parecían como viejas amigas.
Aun así, me hice un lío con algunas de mis orgías. IR¡@@ 94 ala primera vez.
Diez días más tarde, cuando volví, sabía 14 que haría cada uno con quién.
Conseguí el 100 por cien en 5 minutos.
Y recibí una carta de felicitación del Director General de Correos de la ciudad.
57
Poco
después de eso me hice regular y eso me supuso un horario de 8 horas
por noche, que era bastante diferente a 12, y además vacaciones con
paga. De las 150 o 200 que habíamos entrado, sólo quedábamos dos.
Entonces
conocí en la estafeta a David Janko. Era un joven blanco de veintipocos
años. Cometí el error de mencionarle algo sobre música clásica. Yo
solía refugiarme en la música clásica porque era la única casa que podía
escuchar mientras bebía cerveza en la cama por la mañana temprano. Si
la escuchas mañana tras mañana te haces capaz de recordar cosas. Y
cuando Joyce se divorció de mí, yo me había guardado por error dos
volúmenes de Las vidas de los compositores clásicos y modernos en una de
mis maletas. La mayoría de las vidas de estos hombres habían sido tan
tortuosas y sufridas que yo disfrutaba leyendo sobre ellas, pensando,
bueno, yo también estoy en el infierno y ni siquiera puedo escribir
música.
Pero tuve que abrir la boca. Janko y otro tío estaban
discutiendo y yo acabé con la discusión diciéndoles la fecha de
nacimiento de Beethoven, cuándo había compuesto la Tercera Sinfonía y
una idea generalizada (en tanto que confusa) sobre lo que los críticos
opinaban de esta sinfonía.
Era demasiado para Janko.
Inmediatamente me tomó equivocadamente por una persona instruida. Se
sentaba en el taburete de al lado y empezaba a quejarse y a gimotear,
noche tras noche, a cuál más larga, sobre la miseria que carcomía
profundamente su atormentada alma. Tenia una voz terriblemente chillona y
quería que todo el mundo le oyese. Yo distribuía las cartas y
escuchaba, escuchaba, escuchaba, pensando: ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo
conseguir que este hijo de puta chiflado se calle?
Me iba todas las noches a casa mareado y enfermo. Me estaba matando con el sonido de su voz.
58
Yo
empezaba a las 6:18 de la tarde y Dave Janko no empezaba hasta las
10:36, así que podía haber sido peor. Como tenía a las 10:06 un descanso
de media hora para cenar, volvía a mi puesto normalmente en el momento
en que él entraba. Entraba directamente buscando un taburete a mi lado.
Janko, además de dárselas de mente elevada, se las daba de gran
conquistador. Según él, era asaltado en los portales por hermosas
jóvenes, que le seguían por las calles. No le dejaban descansar, al
pobre. Pero yo nunca le vi hablar con una sola mujer en el trabajo.
Ellas tampoco le hablaban.
Llegaba:
-¡EH, HANK! ¡VAYA MAMADA QUE ME HAN HECHO HOY!
No hablaba, aullaba. Aullaba toda la noche.
-¡CRISTO, SE ME HA COMIDO ENTERO! ¡Y ERA JOVEN! ¡PERO ERA REALMENTE UNA PROFESIONAL!
Yo encendía un cigarrillo.
Entonces tenia que oír toda la historia sobre cómo se habían conocido.
- TUVE QUE SALIR A COMPRAR UN POCO DE PAN, ¿SABES?
Entonces, desde el primer al último detalle de lo que ella había dicho, lo que él había dicho, lo que habían hecho, etc.
Por
aquella época salió una ley que obligaba a la Oficina de Correos a
pagar a los empleados auxiliares el tiempo que trabajaban más la mitad.
Por lo tanto, la Oficina de Correos nos cargaba esa mitad más de tiempo a
los empleados regulares.
Ocho o diez minutos antes de acabar mi jornada, a las 2:48, aparecía un mensajero
-¡Atención
por favor! ¡Todos los empleados regulares que hayan entrado a las 6:18
de la tarde tienen que trabajar una hora extra!
Janko sonreía, se inclinaba y vertía algo más de su ponzoña sobre mi.
Entonces, 8 minutos antes de que acabara mi novena hora, el mensajero entraba de nuevo.
-¡Atención, por favor! ¡Todos los regulares que hayan entrado a las 6:18 de la tarde han de trabajar dos horas extra!
Entonces, 8 minutos antes de que acabara mi décima hora:
-¡Atención por favor! ¡Todos los empleados regulares que hayan entrado a las 6:18 de la tarde han de trabajar 3 horas extra!
Mientras tanto, Janko no paraba ni un momento.
-ESTABA SENTADO EN ESTE DRUGSTORE, SABES, Y ENTONCES ENTRARON DOS SEÑORAS CON CLASE. SE ME SENTO UNA A CADA LADO...
El
chico me estaba asesinando, pero yo no conseguía encontrar manera de
escapar. Recordaba todos los empleos en que había trabajado. Siempre se
me habían pegado los chiflados. Yo les gustaba.
Entonces Janko me
enseñó su novela. No sabía escribir a máquina y había hecho que se la
mecanografiara un profesional. Estaba encuadernada con unas lujosas
cubiertas de cuero negro. El titulo era muy romántico.
-LEELA Y DIME QUE TE PARECE -me dijo.
-Ya -dije.
59
Me la llevé a casa, me metí en la cama, abrí una cerveza y empecé.
Empezaba
bien. Hablaba sobre las penurias que había pasado Janko viviendo en
míseras habitaciones, muriéndose de hambre mientras trataba de conseguir
un trabajo. Tenia problemas con las agencias de empleo. Y había un tío
al que conocía en un bar, parecía un tío muy instruido, que no hacía más
que pedirle dinero prestado que nunca le devolvía.
Era escritura honesta.
Quizás he menospreciado a este hombre, pensé.
Tenía
esperanzas por él mientras leía. Pero entonces la novela se derrumbó.
Por alguna razón, en el momento en que empezaba a escribir sobre la
Oficina de Correos, la cosa perdía realidad.
La novela iba cada
vez a peor. Acababa con él asistiendo a la ópera. Llegaba el descanso.
Dejaba su asiento para alejarse de la estúpida y tosca muchedumbre.
Bueno, en eso me tenía de su parte. Entonces, rodeando una columna,
ocurría. Ocurría muy rápidamente. Se topaba de bruces con esta culta,
exquisita, hermosura. Casi la tiraba al suelo.
El diálogo seguía de este modo:
-¡Oh, lo siento muchísimo!
-No pasa nada...
-Yo no quería... ya sabe... le pido perdón...
-¡Oh, no pasa nada, se lo aseguro!
-Pero me refiero a que, no la he visto... yo no pretendía...
-Está bien. No pasa nada...
El diálogo del encontronazo se extendía durante página y media.
El pobrecillo estaba verdaderamente chiflado.
La
cosa se resumía de esta manera: aunque ella iba paseando sola entre las
columnas, bueno, la verdad es que estaba casada con un doctor, pero el
doctor no entendía de ópera, y por eso, no le importaban tres pepinos
cosas como el Bolero de Ravel, ni tan siquiera El sombrero de tres picos
de Falla. Yo ahí estaba de parte del doctor:
Del encontronazo de
estas dos almas sensibles, algo se formaba. Se veían en los conciertos y
después echaban uno rápido (esto era sugerido más que relatado, ya que
ambos eran demasiado delicados para joder simplemente).
Bueno, se
acababa. La pobre hermosa criatura amaba a su marido y amaba al héroe
(Janko). No sabía qué hacer, así que, por supuesto, se suicidaba. Dejaba
a los dos, el doctor y Janko, meditando solos en sus cuartos de baño.
Le dije al chico:
-Empieza bien, pero tienes que quitar ese diálogo del encontronazoal-doblar-la-columna. Es muy malo...
-¡NO! -dijo él-. ¡NO QUITO NI UNA PALABRA!
Siguieron los meses y la novela volvía cada dos por tres a la conversación.
-¡CRISTO! -decía él-. ¡NO PUEDO IRME A NUEVA YORK A LAMER EL CULO A LOS EDITORES!
-Mira, chico, ¿por qué no dejas este trabajo? Enciérrate en una habitación a escribir. Haz tu vida.
-UN
TIO COMO TU PUEDE HACERLO -decía-, PORQUE TIENES PINTA DE MUERTO DE
HAMBRE. LA GENTE TE CONTRATARA PORQUE PENSARAN QUE NO PUEDES CONSEGUIR
OTRO TRABAJO Y QUE NO TE IRAS. PERO A MI NO ME CONTRATAN PORQUE ME MIRAN
Y VEN LO INTELIGENTE QUE SOY Y PIENSAN, BUENO, UN HOMBRE INTELIGENTE
COMO ESTE NO SE QUEDARA MUCHO TIEMPO CON NOSOTROS, ASI QUE NO TIENE
SENTIDO QUE LO CONTRATEMOS.
-Sigo diciendo lo mismo, enciérrate en una habitación y escribe.
-¡PERO NECESITO COMER!
-Menos mal que otros no pensaron lo mismo. Menos mal que Van Gogh no pensaba así.
-¡A VAN GOGH LE COMPRABA LAS PINTURAS SU HERMANO! -me dijo.
Entonces desarrollé un nuevo sistema en el hipódromo. Saqué 3.000
dólares en mes y medio, y sólo iba a las carreras dos o tres veces por
semana. Empecé a soñar. Vi una casita junto al mar. Me vi vestido con
ropas lujosas, tranquilo, levantándome por las mañanas, subiendo a mi
coche importado, conduciendo con calma todo el camino hasta el
hipódromo. Vi cenas relajadas, precedidas y seguidas por buenas bebidas
heladas en vasos de colores. Las grandes propinas. El puro. Y mujeres
como tú las deseabas. Es fácil caer en este tipo de pensamientos cuando
los hombres te entregaban buenos fajos de billetes por las ventanillas
de pagos. Cuando en una carrera de 1.200 metros, corrida en minuto y 9
segundos, te sacabas la paga de un mes.
Así que allí estaba yo,
en la oficina del superintendente. Allí estaba él, detrás de su
escritorio. Yo llevaba un puro en la boca y whisky en el aliento. Me
sentía adinerado. Tenia aspecto de adinerado.
-Señor Winters
-dije-, la Oficina de Correos me ha tratado bien, pero tengo intereses
externos de negocios de los que simplemente me he de ocupar. Si no me
puede dar una excedencia, me veo obligado a renunciar.
-¿No le di ya un permiso de excedencia anteriormente, Chinaski?
-No,
señor Winters, usted denegó mi solicitud de excedencia. Esta vez no hay
vuelta de hoja. Si no me la da, me veré obligado a despedirme.
-Está bien, rellene el impreso. Pero sólo le puedo dar 90 días de excedencia.
-Me quedo con ellos -dije, exhalando una bocanada de humo azul de mi costoso puro.
60
Las
carreras se habían desplazado a la costa, a unos 150 kilómetros. Sin
dejar de pagar el alquiler de mi apartamento en la ciudad, me subí al
coche y me fui para allá. Una o dos veces a la semana volvía al
apartamento, recogía el correo, a lo mejor dormía allí y luego regresaba
a la costa.
Era una buena vida, y no paraba de ganar. Cada
noche, después de la última carrera, me tomaba una o dos copas en el
bar, dándole buenas propinas al camarero. Parecía una nueva vida. No
podía equivocarme.
Una noche ni siquiera me molesté por ver la última carrera. Me fui al bar.
Mi apuesta habitual eran 50 dólares. Después de apostar 50 a ganador durante un tiempo, es igual que si apostaras 5 o 10.
-Escocés con agua -le dije al barman-. Creo que ésta se la voy a oír al locutor.
-¿A quién lleva?
-A Blue Stocking -le dije-. 50 a ganador.
-Lleva demasiado peso.
-¿Estás
de broma? Un buen caballo puede llevar 61 kilos en un premio de seis
mil dólares. Eso indica, de acuerdo con las condiciones, que el caballo
ha hecho algo que ningún otro de la carrera ha hecho.
Por
supuesto, ésa no era la razón por la que había apostado a Blue Stocking.
Siempre me gustaba desorientar. No quería compartir con nadie los
beneficios.
En esos días no tenían circuito cerrado de
televisión. Sólo escuchabas por el altavoz. Llevaba ganados 380 dólares.
Si perdía en la última carrera me quedaba con unos beneficios de 330
dólares. Un buen día de trabajo.
Escuchamos. El locutor nombró todos los caballos de la carrera menos Blue Stocking.
Mi caballo se ha debido quedar, pensé.
Llegaron a la recta final, cogiendo la cuerda. Aquel hipódromo era famoso por su corta recta final.
Entonces, justo antes de que acabara la carrera, el locutor gritó:
-¡Y AQUI LLEGA BLUE STOCKING POR EL EXTERIOR! ¡BLUE STOCKING VA A COGER LA CABEZA! ¡ES... BLUE STOCKING!
-Disculpa -le dije al camarero-, en seguida vuelvo. Ponme un whisky doble con agua.
-¡Sí, señor! -dijo él.
Salí
a mirar el totalizador que habla junto al paddock. Blue Stocking estaba
a 9/2. Bueno, no era 8, o 10 a uno, pero yo jugaba al ganador, no al
precio. Cogí los 250 pavos de beneficio más el cambio. Volví al bar.
-¿Cuál le gusta para mañana, señor? -me preguntó el camarero.
-Mañana será otro día -le dije.
Acabé mi bebida, le di un dólar de propina y me marché.
61
Todas
las noches era más o menos lo mismo. Conducía a lo largo de la costa
buscando un sitio para cenar. Quería sitios caros que no estuviesen muy
concurridos. Llegué a desarrollar un olfato infalible para encontrar
lugares así. Los distinguía sólo con mirarlos desde fuera. No siempre
podías conseguir una mesa que diera directamente al mar a no ser que
estuvieras dispuesto a esperar. Pero de cualquier forma, siempre veías
el océano allí fuera, y la luna, y te permitías la debilidad de sentirte
romántico. Te permitías el lujo de disfrutar de la vida. Siempre pedía
una pequeña ensalada y un gran filete. Las camareras sonreían de una
manera deliciosa y se ponían muy cerca de ti. Cuánto distaba del
zarrapastroso, que hacía años había trabajado en un matadero, que había
cruzado el país con una pandilla de tipos de la peor ralea contratados
por el ferrocarril, que había trabajado en una fábrica de galletas para
perros, que había dormido en bancos de parques, que había trabajo en
oficios de perra gorda en docenas de ciudades a lo largo de toda la
nación...
62
Un día estaba en el bar, en el
intermedio entre dos carreras, y vi a esta mujer. Dios o quien sea no
para de crear mujeres y de lanzarlas al mundo, y el culo de ésta es
demasiado grande y las tetas de esta otra son demasiado pequeñas, y esta
otra está chiflada y aquélla es una histérica, y aquella otra es una
fanática religiosa y ésa de más allá lee hojas de té, y ésta no puede
controlar sus pedos, y la otra tiene una narizota, y ésta tiene piernas
como palillos...
Pero de vez en cuando surge una mujer toda en
sazón, una mujer que estalla fuera de sus ropas... una criatura sexual,
una maldición, el acabóse. Miré y allí estaba, en el fondo del bar.
Estaba bastante bebida y el camarero no le quería servir más y ella
empezó a organizar un escándalo y llamaron a uno de los policías del
hipódromo. El policía la cogió del brazo llevándosela para fuera y ella
no paraba de discutir.
Acabé mi bebida y los seguí.
-¡Oficial! ¡Oficial!
Se paró y me miró.
-¿Ha hecho algo malo mi mujer? -pregunté.
-Creemos que está intoxicada, señor. Iba a llevarla a la salida.
-¿A los cajones de salida?
Se rió.
-No, señor, a la salida del hipódromo.
-Ya me la llevaré, oficial.
-Está bien, señor, pero cuide de que no beba más. No respondí. La cogí del brazo y volvimos a entrar.
-Gracias, me ha salvado la vida -dijo ella.
Pegó su flanco a mi cuerpo.
-No es nada. Me llamo Hank.
-Yo me llamo Mary Lou -dijo ella.
-Mary Lou -dije yo-, te amo.
Ella se rió.
-¿Por cierto, no te esconderás detrás de las columnas en el palacio de la ópera, no?
-Yo no me escondo detrás de nada -dijo ella, sacándose las tetas.
-¿Quieres otra copa?
-Claro, pero no me quieren servir más.
-Hay
más de un bar en este hipódromo, Mary Lou. Vamos a subir arriba. Y
estáte tranquila. Siéntate en algún lado y yo te traeré tu bebida. ¿Qué
bebes?
-Cualquier cosa -dijo ella.
-¿Vale escocés con agua?
-Claro.
Bebimos durante el resto del programa. Me trajo suerte. Acerté dos de las tres últimas carreras.
-¿Trajiste coche? -le pregunté.
-Vine con una especie de imbécil -dijo ella-. Mejor olvidarlo.
-Si tú puedes, yo puedo -le dije.
Nos
abrazamos en el coche y su lengua se deslizó dentro y fuera de mi boca
como una pequeña serpiente extraviada. Nos separamos y conduje a lo
largo de la costa. Era una noche afortunada. Conseguí una mesa mirando
al mar, pedimos bebidas y esperamos que nos trajeran los filetes. Todo
el mundo tenía los ojos puestos fijos en ella. Me incliné hacia delante y
le encendí el cigarrillo, pensando, esto va a ser bueno. Todo el mundo
en aquel lugar sabíd lo que yo estaba pensando y Mary Lou también sabia
lo que yo estaba pensando, y yo la sonreía por encima de la llama.
-El
océano -dije-, míralo allí fuera, batiendo, moviéndose arriba y abajo. Y
debajo de todo eso, los peces, los pobres peces luchando ente si,
devorándose entre sí. Nosotros somos como esos peces, sólo que estamos
aquí arriba. Un mal movimiento y estás acabado. Es bueno ser un campeón.
Es bueno conocer tus movimientos.
Saqué un puro y lo encendí.
-¿Otra copita, Mary Lou?
-Cómo no, Hank.
63
Conocía
un sitio. Estaba construido de tal forma que se asomaba sobre el mar.
Era un edificio viejo, pero con un toque de distinción. Conseguimos una
habitación en el primer piso. Podías oír el océano moviéndose allá
abajo, podías oír las olas, podías oler el mar, podías sentir la marea
subiendo y bajando.
Me tomé mi tiempo con ella mientras
hablábamos y bebíamos. Luego me acerqué al sofá y me senté a su lado.
Empezamos un poco, riéndonos, charlando y escuchando el océano. Me
desnudé pero hice que ella se quedara vestida. Entonces la llevé a la
cama y arrastrándome por encima suyo le quité la ropa y me fui para
dentro. Era difícil metérsela. Entonces se abrió.
Fue uno de los
mejores. Oía el agua, oía la marea subiendo y bajando. Era como si me
estuviese corriendo con el océano entero. Parecía durar y durar.
Entonces me eché a un lado.
-¡Oh, Cristo! -dije-. ¡Cristo!
No sé por qué Cristo aparece siempre en estos casos.
64
Al
día siguiente fuimos a recoger sus cosas a un motel. Había un tipejo
moreno con una cicatriz en un lado de la nariz. Parecía peligroso,
-¿Te vas con él? -le preguntó a Mary Lou.
-Sí.
-Está bien. Suerte -encendió un cigarrillo.
-Gracias, Héctor.
¿Héctor? ¿Qué puñetera especie de nombre era ése? -¿Quieres una cerveza? -me preguntó.
-Cómo no -dije yo.
Héctor
estaba sentado en el borde de la cama. Fue a la cocina y sacó tres
cervezas. Era cerveza buena, importada de Alemania. Abrió la botella de
Mary Lou, se la sirvió en un vaso. Entonces me preguntó:
-¿Quieres vaso?
No, gracias.
Me levanté y cogí una botella.
Nos sentamos a beber la cerveza en silencio.
Entonces me dijo:
-¿Eres lo bastante hombre para apartarla de mí?
-Coño, no sé. Es su elección. Si ella quiere quedarse contigo, se quedará. ¿Por qué no se lo preguntas?
-Mary Lou, ¿quieres quedarte conmigo?
-No -dijo ella-, me voy con él.
Me
señaló. Me sentí importante. Me habían quitado tantas mujeres otros
hombres, que por una vez sentaba bien que fuera todo lo contrario.
Encendí un puro. Entonces busqué con la mirada un cenicero. Había uno
sobre la cómoda.
Me miré un momento en el espejo para ver lo
resacoso que estaba y le vi venir hacia mí como un dardo hacia una
diana. Yo todavía llevaba la botella de cerveza en la mano. Giré
rápidamente y vino directo hacia ella. Le pegué en plena boca. Toda su
boca eran dientes rotos y sangre. Cayó sobre sus rodillas, llorando,
tapándose la boca con las dos manos. Vi el estilete. Le di una patada
alejándolo de él, lo recogí, lo miré. 9 pulgadas. Apreté el resorte y la
cuchilla volvió a meterse dentro. Me lo guardé en el bolsillo.
Entonces,
mientras Héctor lloraba, me acerqué y le di un puntapié en el culo.
Cayó de bruces al suelo, todavía llorando. Cogí su cerveza y eché un
trago.
Entonces me acerqué a Mary Lou y le di un bofetón. Ella gritó.
-¡Zorra!
¿Lo tenias todo preparado, no? ¿Ibas a dejar que este mico me matara
por los miserables 400 o 500 dólares que llevo en el bolsillo!
-¡No, no! -dijo ella. Estaba llorando. Los dos estaban llorando.
La volví a abofetear.
-¿Así es como te lo luces, zorra? ¿Matando hombres por unos cuantos billetes?
-¡No, no, YO TE QUIERO, Hank, YO TE QUIERO!
Agarré su vestido azul por el cuello y lo rasgué hasta su cintura. No llevaba sostén. La perra no lo necesitaba.
Salí
de allí, llegué a la calle y conduje hasta el hipódromo. Durante dos o
tres semanas miraba continuamente por detrás de mi hombro. Tenia los
nervios de punta. Nada ocurrió. Nunca más volvía ver a Mary Lou en el
hipódromo. Ni a Héctor.
65
Después de eso, el
dinero comenzó a irse de alguna forma y al poco tiempo dejé el hipódromo
para sentarme en mi apartamento a esperar a que pasaran los 90 días de
excedencia. Tenía los nervios hechos trizas de la bebida y la acción. No
es nada nuevo hablar de cómo las mujeres descienden sobre los hombres.
Piensas que tienes tiempo para tomarte un respiro, levantas la mirada y
ya hay otra nueva. Pocos días después de volver al trabajo, ya había
otra. Fay. Fay tenía el pelo gris y siempre vestía de negro. Decía que
protestaba contra la guerra. Si ella quería protestar contra la guerra,
por mí encantado. Era escritora o algo así y frecuentaba un par de
librerías de escritores. Tenia ideas acerca de la salvación del mundo y
cosas así. Si podía salvarlo para mi, por mí también encantado. Había
estado viviendo a base de cheques de manutención enviados por un antiguo
marido. Habían tenido 3 hijos, y su madre también le enviaba dinero de
vez en cuando. Fay no había tenido más de un par de trabajos en toda su
vida.
Mientras tanto Janko mantenía intactas sus reservas de
palabrería. Me enviaba a casa todas las mañanas con 'dolor de cabeza.
Por aquel tiempo me estaban poniendo numerosas multas de tráfico.
Parecía que cada vez que mirara en el retrovisor hubiera luces rojas. Dé
un coche patrulla o una moto.
Una noche llegué a mi casa tarde.
Estaba realmente molido. Meter la llave en la cerradura me exigía un
esfuerzo sobrehumano. Entré en el dormitorio y allí estaba Fay leyendo
el New Yorker y comiendo chocolatinas. Ni siquiera me dijo hola.
Entré
en la cocina y busqué algo de comer. No había nada en la nevera. Decidí
tomarme un vaso de agua. Me acerqué al fregadero. Estaba hasta los
topes de mierda. A Fay le gustaba guardar los envases vacíos con sus
tapas. Los platos sucios llenaban la mitad del fregadero y flotando
sobre el agua, junto a unos cuantos platos de papel, navegaban un montón
de envases vacíos.
Volví a entrar en el dormitorio justo cuando Fay estaba metiéndose otra chocolatina en la boca.
-Mira, Fay -le dije-, sé que quieres salvar el mundo, pero ¿no puedes empezar por la cocina?
-Las cocinas no son importantes -dijo ella.
Era
difícil pegar a una mujer con el pelo gris, así que opté por irme al
baño y abrir el grifo de la bañera. Un baño hirviente podría enfriarme
los nervios. Cuando la bañera quedó llena me dio miedo entrar. Mi
dolorido cuerpo se había agarrotado por entonces de tal forma que temía
hundirme y ahogarme.
Salí a la sala y después de grandes
esfuerzos conseguí quitarme la camisa, los pantalones, los zapatos, los
calcetines. Entré en el dormitorio y me tumbé en la cama junto a Fay. No
podía acomodarme. Cada vez que me movía, me costaba un infierno.
El único momento en que estás solo; Chinaski, pensé, es cuando conduces camino del trabajo o de vuelta a casa.
Finalmente conseguí adoptar una posición boca abajo.
Me
dolía todo. Pronto estaría de nuevo en el trabajo. Si pudiera conseguir
dormirme, algo ayudarla. Cada dos por tres oía pasar páginas, el sonido
de una chocolatina siendo deglutida. Había sido una de sus noches en el
taller de escritores. Si al menos pudiera apagar las luces...
-¿Cómo ha ido en el taller? -pregunté boca abajo.
-Estoy preocupada por Robby.
-Oh -dije-, ¿qué le pasa?
Robby
era un tipo que andaba por los cuarenta y que había vivido toda su vida
con su madre. Sólo escribía, según me habían dicho, historias
terriblemente divertidas sobre la Iglesia Católica. Robby hacía
realmente trizas a los católicos. Las revistas no estaban preparadas
para Robby, aunque una vez le habían publicado algo en un periódico
canadiense. Yo había visto a Robby en una ocasión en una de mis noches
libres. Llevé a Fay a esta mansión donde todos se reunían a leerse sus
pijadas los unos a los otros.
-¡Oh! ¡Ahí está Robby! -dijo Fay-. ¡Escribe unas historias divertidísimas sobre la Iglesia Católica!
Me
lo señaló. Robby nos daba la espalda. Su culo era ancho, grande y
blando; se le caía de los pantalones. ¿Es que acaso no lo veían? pensé
yo.
-¿No vas a entrar? -me preguntó Fay.
-Quizá la semana que viene...
Fay se metió otra chocolatina en la. boca.
-Robby
está preocupado. Ha perdido su trabajo en la camioneta de repartos.
Dice que no puede escribir sin tener un trabajo. Necesita sentirse
seguro. Dice que no podrá escribir hasta que encuentre un nuevo trabajo.
-Coño -dije-, yo puedo conseguirle un trabajo.
-¿Dónde? ¿Cómo?
-Están haciendo una ampliación de personal en la
Oficina de Correos. La paga no está mal.'
-¡LA OFICINA DE CORREOS! ¡ROBBY ES DEMASIADO SENSIBLE PARA TRABAJAR EN LA OFICINA DE CORREO!
-Lo siento -dije-, mi intención era buena. Buenas noches.
Fay no me contestó. Estaba furiosa.
66
Tenía
los viernes y sábados libres, lo que hacía el domingo el día más duro.
Aparte que los domingos tenía que presentarme a las 3 :30 de la tarde en
vez de mi usual hora de las 6:18.
Un domingo llegué y me
destinaron a la sección de periódicos, como era habitual los domingos, y
esto significaba por lo menos ocho horas de pie.
Aparte de los
dolores, estaba empezando a sufrir mareos. Todo empezaba a dar vueltas, y
cuando estaba a punto de desvanecerme, conseguía mantenerme y
recuperarme.
Había sido un domingo brutal. Habían venido algunos
amigos de Fay, se habían instalado en el sofá y habían empezado a
cacarear lo grandes escritores que eran, realmente lo mejor de la
nación. La única razón de que no fueran publicados era, decían, porque
no enseñaban su obra a los editores.
Yo los había mirado. Si
escribían conforme a su aspecto, tomando sus cafés, soltando risitas y
mojando sus rosquillas, daba igual que enseñasen su obra a los editores o
que se la guardasen metida en el culo.
Estaba clasificando
revistas. Necesitaba un café, dos cafés, un bocado para comer. Pero
todos los supervisores estaban vigilando junto a la salida. Podía salir
por atrás. Tenía que recuperarme. La cafetería estaba en el segundo
piso. Yo estaba en el cuarto. Había una puertecilla que daba a unas
escaleras en los lavabos. Miré el cartel que había en ella.
¡ATENCION! ¡NO USEN ESTA ESCALERA!
Vaya
imbéciles. Yo era más listo que esos comemierdas. Ponían ese cartel
para evitar que los tipos inteligentes como Chinaski bajaran a la
cafetería. Abrí la puerta y empecé a bajar. La puerta se cerró tras de
mí. Bajé hasta el segundo piso. Hice girar el picaporte. ¡Qué carajo!
¡La puerta no se abría! Estaba cerrada. Subí arriba. Pasé la puerta del
tercer piso. No intenté abrirla. Sabía que estaba cerrada, igual que la
del piso primero. Conocía la Oficina de Correos bastante bien a esas
alturas. Cuando ponían una trampa, eran concienzudos. Me quedaba una
última y pequeñísima oportunidad. Estaba en el cuarto piso. Probé con el
picaporte. Estaba cerrada.
Al menos, la puerta estaba cerca de
los lavabos. Siempre había alguien entrando y saliendo para echar una
meada. Esperé. 10 minutos. 15 minutos. ¡20 minutos! ¿Es que. NADIE tenia
ganas de cagar, mear o hacerse una paja? Entonces vi una cara. Di unos
golpes en el cristal.
-¡Eh, compadre! ¡EH, COMPADRE!
No me oía, o pretendía que no me ola. Entró en un water. 5 minutos. Entonces apareció otra cara.
Grité fuerte.
-¡EH, COMPADRE! ¡EH, SOPLAPOLLAS!
Pareció oírme. Me miró desde detrás del cristal alambrado.
-¡ABRE LA PUERTA! ¿ES QUE NO ME VES? ¡ESTOY ENCERRADO, IDIOTA! ¡ABRE LA PUERTA!
Abrió la puerta. Entré. El tío estaba como en estado de trance.
Le di un apretón en el hombro.
-Gracias, chico.
Volví a los cajones de revistas.
Entonces pasó el super. Se paró y me miró. Yo bajé mi ritmo.
-¿Cómo va, señor Chinaski?
Le gruñí, agité una revista en el aire como si estuviera perdiendo la razón, me dije algo a mí mismo y él siguió su camino.
67
Fay estaba preñada. Pero eso no la hizo cambiar y tampoco hizo cambiar a la Oficina de Correos.
Los
mismos empleados hacían todo el trabajo mientras otro grupo
holgazaneaba y discutía sobre deportes. Todos eran grandes hotentotes
negros, con cuerpos de luchador profesional. Cuando uno nuevo entraba en
servicio pasaba a unirse a este grupo. Eso evitaba que asesinasen a
algún supervisor. No parecía que tuviesen un supervisor, o si lo tenían,
nunca se le veía el pelo. Su único trabajo consistía en entrar sacos de
correo que llegaban por un ascensor. Esto suponía 5 minutos en una hora
de trabajo. A veces contaban el correo, o pretendían que lo hacían.
Tenían un aspecto muy tranquilo e intelectual, haciendo sus cuentas con
largos lápices que llevaban detrás de la oreja. Pero la mayor parte del
tiempo se dedicaban a discutir violentamente sobre la actualidad
deportiva. Todos eran expertos, todos leían a los mismos comentaristas
deportivos.
-Está bien, tío. ¿Cuál es para ti el mejor lanzador de todos los tiempos?
-Bueno, Willie Mays, Ted Williams, Cobb...
-¿Qué? ¿Qué?
-¡Son los mejores, chico!
-¿Y qué me dices de Babe? ¿Dónde te dejas al Babe?
-Bueno, bueno, ¿cuál es para ti el mejor lanzador que tenemos?
-¿De todos los tiempos?
-Bueno, bueno, ya sabes a lo que me refiero, chico, ya sabes a lo que me refiero.
-¡Me quedo con Mays, Ruth y Di Maj!
-¡Los dos estáis tarados! ¿Qué me dices de Hank Aaron, chico? ¿Qué me dices de Hank?
Un
día, los trabajos variados que hacían los negros fueron puestos en
disposición de solicitud. Las solicitudes se hacían en base a la
veteranía y años de servicio. El grupo de negros fue y arrancó todas las
solicitudes del libro de órdenes. Nadie levantó una queja. Por la noche
había un largo camino a oscuras hasta el aparcamiento.
68
Mis
mareos se fueron haciendo más continuos. Los sentía llegar. La caja del
correo empezaba a dar vueltas. Duraban alrededor de un minuto. No podía
entenderlo. Las cartas se iban haciendo cada vez más y más pesadas. Los
empleados comenzaban a adquirir aquel aspecto gris mortecino. Empezaba a
deslizarme por mi taburete. Mis piernas apenas podían sostenerme. El
trabajo me estaba matando.
Fui al doctor y le expliqué mi caso. Me tomó la presión sanguínea.
-No, no, su presión sanguínea está bien.
Entonces me puso el estetoscopio y me pesó.
-No puedo encontrar nada mal.
Entonces
pasó a hacerme un análisis especial de sangre. Tenía que sacarme sangre
del brazo tres veces con intervalos, con un tiempo cada vez más largo
entre medias.
-¿Le importa esperar en la otra sala?
-No, no, mejor saldré a dar un paseo y volveré en el momento de la segunda extracción.
-Está bien, pero vuelva a tiempo.
Llegué
a tiempo para la segunda extracción. Luego había una pausa más larga
hasta la tercera, unos 20 o 25 minutos. Salí a la calle. No pasaba gran
cosa. Entré en un drugstore y leí una revista. La dejé, miré el reloj y
salí fuera. Vi a una mujer sentada en la parada del autobús. Era una de
las especiales. Enseñaba mucha pierna. No podía apartar mis ojos de
ella. Crucé la calle y me puse a unos diez metros de ella.
Entonces
se levantó. Tenia que seguirla. Aquel culo me llamaba. Me tenía
hipnotizado. Entró en una oficina postal y yo entré detrás de ella. Se
puso en una cola y yo me puse detrás suyo. Compró 2 postales. Yo compré
12 postales para vía aérea y dos dólares en sellos.
Cuando salí,
ella estaba subiéndose al autobús. Vi el resto de aquel delicioso culo y
piernas desaparecer dentro del autobús y éste se la llevó.
El doctor estaba esperando.
-¿Qué le ha ocurrido? ¡Llega 5 minutos tarde! -No sé. El reloj debe estar averiado.
-¡ESTA PRUEBA TIENE QUE SER EXACTA! -Venga, sáqueme la sangre de todas formas.
Me metió la aguja...
Un
par de días más tarde, los análisis dijeron que no me pasaba nada malo.
No sabia si era por culpa de los 5 minutos de diferencia o por qué,
pero el caso es que los mareos eran cada vez peores. Empecé a
fichar en el reloj de salida después de 4 horas de trabajo sin rellenar
los justificantes necesarios.
Llegaba hacia las 11 de la noche y allí estaba Fay. La pobre y preñada Fay.
-¿Qué ha pasado?
-No he podido aguantar más -decía yo-, soy demasiado sensible...
69
Los chicos de la estafeta Dorsey no conocían mis problemas.
Cada noche llegaba por la entrada trasera, metía mi jersey en una taquilla y me acercaba a recoger mi ficha.
-¡Hermanos y hermanas! -decía.
-¡Hermano Hank!
-¡Hola, hermano Hank!
Teníamos
un juego, el juego del blanco y el negro, y a ellos les gustaba
jugarlo. Moyer se acercaba a mí, me tocaba en el brazo y decía:
-¡Tío, si tuviera tu pinturita sería millonario!
-Ya lo creo, Boyer. Eso es todo lo que se necesita: una piel blanca.
Entonces el pequeño Haddley se acercaba a nosotros.
-Había
un cocinero negro en un barco. Era el único negro a bordo. Hacía pudín
de tapioca 2 o 3 veces por semana y entonces echaba una cagada en él. A
los muchachitos blancos realmente les encantaba su pudín de tapioca.
¡Jejejejeje! Le preguntaban cómo lo hacía y él les contestaba que
tenía su propia receta secreta. ¡Jejejejeje! Nos reíamos. No sé cuántas
veces tuve que oír la historia del pudín de tapioca...
-¡Eh, basurita blanca! ¡Eh, chico!
-Mira, tío, si yo te llamara «chico. a ti, probablemente me harías probar acero, así que no me llames «chico».
-Oye,
hombre blanco, ¿qué te parece si salimos juntos este sábado por la
noche? Me he conseguido una pájara blanca con el pelo rubio.
-Yo me conseguí una bonita pájara negra, y ya sabes de qué color es su pelo.
-Vosotros
os habéis estado jodiendo a nuestras mujeres durante siglos. Ahora
estamos tratando de igualar la cosa. ¿Te importa que le meta mi enorme
picha negra a la chiquita blanca hasta el fondo?
-Si ella lo quiere, todo para ella.
-Les robásteis la tierra a los indios.
-Pues claro.
-Tú
no me invitarías a tu casa. Si lo hicieras, me pedirías que entrara por
detrás a oscuras, para que nadie pudiera ver el color de mi piel...
-Pero dejaría algún farolito encendido.
Se hacía aburrido, pero no había manera de librarse.
70
Fay
llevaba bien el embarazo. Para ser una mujer de su edad, no tenia
grandes problemas. Esperábamos en casa. Finalmente, llegó el momento.
-No será una cosa muy larga -dijo ella-. No quiero ingresar allí demasiado pronto.
Salí a mirar el coche. Volví.
-Oooh, oh -dijo ella-. No, espera.
Quizás
pudiera realmente salvar el mundo. Yo estaba orgulloso de su calma. La
perdoné por los platos sucios v el New Yorker y su taller de escritores.
La vieja era solamente otra criatura solitaria en un mundo al que nada
importaba.
-Mejor que nos vayamos ahora -dije.
-No -dijo Fay-, no quiero hacerte esperar demasiado. Sé que no te sientes bien últimamente.
-Al diablo conmigo. Vámonos.
-No, por favor, Hank.
Seguía allí sentada.
-¿Qué puedo hacer por ti? -pregunté.
-Nada.
Siguió allí sentada durante diez minutos. Entré a la cocina a por un vaso de agua. Cuando sal(, me dijo:
-¿Estás listo para conducir?
-Claro.
-¿Sabes dónde está el hospital?
-Por supuesto.
La
ayudé a subir al coche. Había hecho dos carreritas de práctica la
semana anterior. Pero cuando llegamos allí, no tenia la menor idea de
dónde aparcar. Fay señaló un camino.
-Entra por allí. Aparca ahí mismo. Iremos andando.
-Sí, mamá -dije yo...
Estaba en la cama en una habitación trasera que daba a la calle. Su cara se crispó.
-Cógeme de la mano -me dijo.
Lo hice.
-¿De verdad va a ocurrir? -pregunté.
-Sí.
-Haces que parezca fácil -dije.
-Eres tan amable. Eso ayuda.
-Me gustaría ser siempre amable, pero es esa maldita Oficina de Correos...
-Lo sé, lo sé.
Estábamos mirando por la ventana.
-Mira
a toda aquella gente allá abajo -dije-. No tienen la menor idea de lo
que está ocurriendo aquí arriba. Sólo caminan por la acera. Aun así, es
divertido... también ellos una vez nacieron, todos y cada uno de ellos.
-Sí, es divertido.
Podía sentir los movimientos de su cuerpo a través de su mano.
-Aprieta más -dijo ella.
-Sí.
-Odiaré que te vayas.
-¿Dónde está el doctor? ¿Dónde está todo el mundo? ¡Qué demonios!
-Ya llegarán.
Justo entonces entró una enfermera. Era un hospital católico y ella una enfermera muy guapa, morena, español* o portuguesa.
-Usted... debe irse... ahora -me dijo.
Crucé los dedos ante Fay y le sonreí. No sé si me vio. Cogí el ascensor para bajar.
71
Llegó mi doctor alemán. Aquel que me había hecho los análisis de sangre.
-Le felicito -dijo, estrechándome la mano-, es una niña. Cuatro kilos y medio.
-¿Y la madre?
-La madre está bien. No ha habido problemas.
-¿Cuándo podré verla?
-Ya se lo harán saber. Siéntese y ya le avisarán.
Luego se fue.
Miré
a través del cristal. La enfermera me señaló a mi hija. Su cara estaba
muy roja y lloraba más fuerte que ningún otro bebé. La sala estaba llena
de bebés pegando berridos. ¡Tantos nacimientos! La enfermera parecía
sentirse muy orgullosa de mi bebé. Al menos esperaba que fuera el mío.
Levantó a la niña en alto para que pudiera verla mejor. Yo sonreí a
través del cristal. No sabía qué hacer. La niña simplemente lloraba
delante mío. Pobre cosa, pensé, pobre y condenada cosita. No sabía
entonces que algún día llegaría a ser una hermosa muchacha con la misma
jeta que yo, jajaja.
Le hice señas a la enfermera para que dejara
a la niña en su cuna, entonces me despedí con la mano de ambas. Era una
bonita enfermera. Buenas piernas, buenas caderas. Tetas adorables.
Fay
tenía una mancha de sangre en la comisura izquierda de su boca y yo se
la limpié con un pañuelo mojado. Las mujeres estaban hechas para sufrir,
a pesar de eso pedían constantes declaraciones de amor.
-Me gustaría que me dieran el bebé -dijo Fay-, no hay derecho a separarnos de esta manera.
-Lo sé, pero supongo que hay alguna razón médica.
-Sí, pero no parece justo.
-No,
no lo parece, pero la niña tiene buena pinta. Haré lo que pueda para
que la suban lo más pronto posible. Debe haber 40 bebés allá abajo.
Están haciendo esperar a todas las madres. Supongo que es para dejarlas
que recobren fuerzas. Nuestro bebé parece muy fuerte, te lo aseguro. Por
favor, no te preocupes.
-Voy a ser tan feliz con mi bebé.
-Lo sé, lo sé, no durará mucho.
-Señor -dijo una gorda enfermera mexicana entrando-, voy a tener que pedirle que se vaya ahora.
-Pero yo soy el padre.
-Lo sabemos, pero su esposa debe descansar.
Apreté
la mano de Fay y la besé en la frente. Ella cerró los ojos y pareció
quedarse dormida. No era una mujer joven. Quizás no había salvado el
mundo, pero habla hecho una importante mejora. Un diez para Fay.
72
Marina
Louise, as¡ llamó Fay a la niña. O sea que allí estaba, Marina Louise
Chinaski, en la cuna junto a la ventana, mirando a las hojas y otras
figuras que colgaban del techo dando vueltas. Entonces se ponía a
llorar. A pasear al bebé, a mecerlo y hablarle. La nena quería lose
pechos de mamá, pero mamá no siempre estaba en condiciones y yo no tenia
los pechos de mamá. Y el trabajo seguía allí. Y ahora había motines.
Una décima parte de la ciudad estaba en llamas...
73
Subiendo en el ascensor, era el único blanco. Parecía extraño. Hablaban sobre los motines, sin tan siquiera mirarme.
-Jesús
-dijo un tipo negro como el carbón-, verdaderamente es algo tremendo.
Todos estos tíos caminando por las calles borrachos con medios de whisky
en las manos. Los policías pasan a su lado, pero no se bajan del coche,
no les importan los borrachos. Es de día. La gente anda por ahí con
televisores, aspiradoras, todo eso. Es algo grande...
-Sí, tío.
-Los
sitios con propietario negro han puesto carteles, «HERMANOS DE SANGRE».
Y los de propietarios blancos también. Pero no pueden engañar a la
gente. Ellos saben qué sitios pertenecen a los blanquitos...
-Sí, hermano.
Entonces se paró el ascensor en el cuarto piso y todos salieron juntos. Pensé que era mejor para mí no hacer ningún comentario.
Poco tiempo más tarde, el director de Correos de la ciudad habló por los altavoces:
-¡Atención!
El área sureste está con barricadas. Sólo aquellos con la adecuada
identificación podrán atravesarla. Se ha ordenado el toque de queda a
las 7 de la tarde. Después de las 7, nadie podrá pasar. Las barricadas
se extienden desde la calle Indiana a !a calle Hoover, y del Bulevar
Washington a la plaza 135. Cualquiera que viva en esta zona queda
excusado de trabajar.
Me levanté y fui a coger mi ficha.
-¡Eh! ¿Adónde va? -me preguntó el supervisor.
-Ya ha oído el anuncio.
-Sí, pero usted no es...
Me metí la mano izquierda dentro del bolsillo.
-¿Yo no soy QUÉ? ¿Yo no soy QUÉ?
Me miró.
-¿Qué sabrás tú, BLANQUITO? -dije.
Cogí mi ficha, la metí en el reloj y salí.
74
Los
jaleos acabaron, el bebé se calmó y yo encontré el modo de evitar a
Janko. Pero los mareos persistían. El doctor me hizo una receta para
unas cápsulas verdes y blancas de librium y éstas me ayudaron algo.
Una noche me levanté a tomar un trago de agua. Luego regresé, trabajé media hora y me tomé los diez minutos de descanso.
Cuando volví a sentarme, el supervisor Chambers, un mulato amarillento, vino corriendo.
-¡Chinaski! ¡Finalmente la has cagado! ¡Has estado fuera 40 minutos!
Chambers
se había derrumbado una noche sobre el suelo, retorciéndose y echando
espumarajos por la boca. A la noche siguiente había regresado como si no
hubiese ocurrido nada, con corbata y camisa nuevas. Ahora me venía con
la vieja coña de la fuente de agua.
-Mira, Chambers, trata de
darte un poco cuenta de las cosas. Fui a beber un trago de agua, me
senté, trabajé 30 minutos y entonces me he tomado mis 10 minutos de
descanso. Eso es todo lo que he estado fuera.
-¡La has cagado, Chinaski! ¡Has estado fuera 40 minutos! ¡Tengo 7 testigos!
-¿7 testigos?
-¡SÍ! ¡71
-Te digo que fueron diez minutos.
-¡Ca, te hemos atrapado, Chinaski! ¡Esta vez sí que te hemos atrapado!
Finalmente acabé hartándome. No quería soportar su cara por más tiempo.
-Está bien, entonces. He estado fuera 40 minutos. ¿Te quedas contento? Escríbeme una amonestación.
Chambers se fue corriendo.
Clasifiqué
unas cuantas cartas más. Entonces apareció el superintendente general.
Un hombre blanco y flaco con mechones de pelo canoso que le colgaban por
encima de las orejas. Le miré y luego volví a mi tarea de clasificar
cartas.
-Señor Chinaski, estoy seguro de que usted comprende las
reglas de la Oficina de Correos. A cada empleado se le permiten dos
descansos de diez minutos, uno antes de cenar y otro después. El
privilegio del descanso es otorgado por la dirección: son diez minutos.
Diez minutos que...
-¡AL CARAJO! -tiré las cartas que tenía en la
mano-. Mire, he admitido haber estado fuera 40 minutos sólo para
dejarles contentos y que me dejen en paz. ¡Pero siguen viniendo! ¡Pues
ahora me mantengo en mis trece! ¡Me he tomado sólo diez minutos! ¡Quiero
ver a sus 7 testigos! ¡A ver de dónde los saca!
Dos días más
tarde estaba en el hipódromo. Miré hacia arriba y vi todos aquellos
dientes, aquella gran sonrisa y los ojos radiantes, reluciendo
amigablemente. ¿Qué era aquello, con todos aquellos dientes? Me fijé
mejor. Era Chambers mirándome, sonriendo y haciendo cola para un café.
Yo llevaba una cerveza en la mano. Me acerqué a una papelera y, sin
dejar de mirarle, escupí. Luego me fui. Chambers nunca volvió a
molestarme.
75
El bebé andaba a gatas,
descubriendo el mundo. Por la noche, Marina dormía en la cama con
nosotros. Allí nos poníamos Marina, Fay, el gato y yo. El gato también
dormía en la cama. Vaya, pensaba yo, tengo tres bocas que dependen de
mí. Qué extraño. Me quedaba sentado y los miraba mientras dormían.
Entonces, dos madrugadas seguidas que llegué a casa después del trabajo me encontré a Fay leyendo los anuncios por palabras.
-Todos estos apartamentos son tan caros -dijo ella.
-Ya lo creo -dije yo.
A la siguiente noche le pregunté mientras leía el periódico
-¿Te vas?
-Sí.
-Está bien. Te ayudaré mañana a encontrar casa. Daremos una vuelta con el coche.
Accedí a pagarle una suma todos los meses.
-Muy bien -dijo.
Fay se quedó con la niña. Yo me quedé con el gato.
Encontramos un sitio a 8 o 10 manzanas de distancia. La ayudé a mudarse, me despedí de la niña y conduje de vuelta.
Iba a ver a Marina 2 ó 3 veces por semana. Sabía que mientras pudiese ver a la niña me sentiría bien.
Fay
todavía iba de luto para protestar por la guerra. Se ocupaba de
organizar mítines pacifistas de carácter local, celebraciones amorosas,
iba a recitales poéticos, al taller literario, a actos del Partido
Comunista, y frecuentaba un café hippy. Siempre llevaba a la niña con
ella. Si no salía, se sentaba en un sillón a fumar cigarrillo tras
cigarrillo y leer. Llevaba chapas de protesta en su blusa negra. Pero lo
más normal es que estuviese siempre fuera con la niña cuando yo iba a
visitarlas.
Un día finalmente las encontré. Fay estaba comiendo semillas de girasol con yogurt. Cocía su propio pan, pero no era muy bueno.
-He conocido a Andy, un camionero -me dijo-. También es pintor. Esta es una de sus pinturas. -Fay señaló a la pared.
Yo estaba jugando con la niña. Miré el cuadro. No dije nada.
-Tiene
una polla enorme --dijo Fay-. El otro día estábamos juntos y me
preguntó: «¿Te gustaría ser follada con una gran polla?» y yo le dije:
«Me gustaría ser follada con amor.»
-Parece ser un hombre de mundo -le dije.
Jugué con la niña un poco más y luego me fui. Se me avecinaba un examen de esquemas.
Poco
tiempo más tarde recibí una carta de Fay. Ella y la niña estaban
viviendo en una comuna hippy en Nuevo México. Era un bonito sitio,
decía. Marina podría respirar. Incluía un pequeño dibujo que la niña
había hecho para mí.
DEPARTAMENTO DE CORREOS
ASUNTO: Carta de Apercibimiento.
A: Sr. Henry Chinaski.
Se
ha recibido información en esta Oficina indicando que usted fue
arrestado por el Departamento de Policía de Los Angeles el 12 de Marzo
de 1969, acusado de embriaguez alcohólica.
A este respecto, se le invita a que preste atención a la Sección 744.12 del Manual de Correos, que dice:
«Los
empleados de Correos son servidores públicos, y su conducta, en muchos
casos, debe estar sujeta a más restricciones y a exigencias más altas
que la de los empleados privados. Se espera de los empleados una
conducta, tanto dentro como fuera del trabajo, que refleje
favorablemente al Servicio de Correos. Aunque no es política del
Departamento de Correos la de interferir en las vidas privadas de sus
empleados, se exige que el personal de Correos sea honesto, formal y
digno de confianza, y así mismo goce de un buen carácter y reputación.»
Aunque
su detención fue por un cargo relativamente menor, constituye una
evidencia de su fallo a la hora de conducirse de una forma que refleje
favorablemente al Servicio de Correos. Queda usted apercibido de que una
repetición en esta ofensa, o cualquier otro incidente con las
autoridades policiales, no dejará a esta Oficina otra alternativa que
tomar acciones disciplinarias.
Puede entregarnos una explicación por escrito si así lo desea.
76
DEPARTAMENTO DE CORREOS
ASUNTO: Anuncio de propuesta de Acción Disciplinaria.
A: Sr. Henry Chinaski.
Por
la presente se le anuncia que hay una propuesta para suspenderle de
trabajo por 3 días sin paga o de tomar alguna otra medida disciplinaria
apropiada. La acción propuesta tiene el fin de promover la eficiencia en
el servicio v no será efectuada antes de 35 días tras recibir esta
carta.
La acusación contra usted, y las razones que sostienen esta acusación son:
ACUSACION N.° 1
Se le acusa de haberse ausentado sin notificarlo previamente el 13 de Mayo de 1969, 14 de Mayo de 1969 y 15 de Mayo de 1969.
Sumándose
a lo reseñado arriba, el siguiente dato de su expediente personal se
considera determinante para la obligación de tomar medidas
disciplinarias:
Se le envió una carta de apercibimiento por ausentarse del trabajo sin notificarlo previamente el 1 de Abril de 1969.
Tiene
derecho a apelar en persona o por escrito, o de ambas formas, y
acompañarse de un abogado de su elección. Su réplica ha de hacerse antes
de los diez (10) días hábiles tras el recibo de esta carta. También
puede incluir declaraciones juradas en apoyo de su respuesta. Cualquier
réplica escrita* será dirigida al Director de Correos, Los Angeles,
California 90052. Si necesita tiempo adicional para completar su
apelación, será considerado tras una petición escrita exponiendo la
necesidad.
Si desea apelar en persona, puede pedir una cita con
Ellen Normell, Jefe de Empleados y Sección de Servicio, o K. T. Shamus,
Oficial de Servicios de Empleo, telefoneando al 289-2222.
Después
de que expire el plazo de diez días para la réplica, todos los hechos
de su caso, incluida la apelación que pueda hacer, pasarán a ser
completamente considerados antes de tomar una decisión. La decisión le
será enviada por escrito. Si la decisión es adversa, la carta le
explicará la razón, o razones, que han llevado a tomar la decisión.
77
DEPARTAMENTO DE CORREOS
ASUNTO: Anuncio de Decisión.
A: Sr. Henry Chinaski.
La
presente carta es continuación de la recibida por usted con fecha del
17 de Agosto de 1969, con una propuesta de suspensión sin paga por tres
días o alguna medida disciplinaria, basada en la acusación N ° 1 que
allí se especificaba. Pasado el plazo no se ha recibido réplica alguna a
esta carta. Después de considerar cuidadosamente la acusación, se 'ha
decidido que la acusación N." 1, que es sostenida por una evidencia
sustancial, es irrefutable y exige su suspensión. De acuerdo a esto,
será suspendido de trabajo sin paga por un periodo de tres (3) días.
Su primer día de suspensión será el 17 de Noviembre de 1969, y el último el 19 de Noviembre de 1969.
E1
dato anterior de su expediente que se especificaba en la otra carta ha
sido también considerado a la hora de decidir la pena que debía ser
impuesta.
Tiene derecho a apelar esta decisión tanto en el
Departamento de Correos como en la Comisión de Servicio Civil de los
Estados Unidos, o primero en el Departamento de Correos y después en la
Comisión de Servicio Civil, de acuerdo con las siguientes normas:
Si
apela primero ante la Comisión de Servicio Civil, no tendrá derecho a
apelar ante el Departamento de Correos. Una apelación hecha ante la
Comisión de Servicio Civil debe ser dirigida al Director Regional,
Región de San Francisco, Comisión de Servicio Civil de los Estados
Unidos, Avenida Golden Gate 450, Buzón 36010, San Francisco, California
4102. Su apelación debe (a) ir por escrito, (b) exponer sus razones para
replicar ante la suspensión, lo que incluirá todas las pruebas y
documentos que pueda ofrecer, y (c) ser enviada no más tarde de 15 días
después de la fecha efectiva de su suspensión. La Comisión, tras recibir
una apelación correcta, revisará su caso sólo para determinar si se han
seguido los procedimientos adecuados, a no ser que incluya una
declaración jurada alegando que la acción fue motivada por razones
políticas, excepto las castigadas por la ley, o por causa de una
discriminación racial o por handicap físico. Si apela ante el
Departamento de Correos, no podrá apelar ante la Comisión hasta que una
primera decisión sobre su apelación haya sido tomada por el
Departamento. En este momento, usted tendrá la oportunidad de continuar
con su apelación' a través de instancias más altas en el Departamento de
Correos o apelar ante la Comisión. De todas formas, si no se toma una
primera decisión en menos de 60 días desde que es entregada la
apelación, usted puede, si lo desea, llevarla a la Comisión.
Si
apela ante el Departamento de Correos antes de diez (10) días tras
recibir esta carta de decisión, su suspensión no se hará efectiva hasta
que reciba usted una decisión sobre su apelación del Director Regional.
Aún más, si apela ante el Departamento, tiene el derecho de ser
acompañado, representado y aconsejado por un abogado de su propia
elección. Usted y su abogado estarán libres de represión, interferencia,
coacción, discriminación o represalias. Usted y su abogado también
tendrán a su disposición una cantidad razonable de tiempo oficial para
preparar su apelación.
Una apelación al Departamento de Correos
puede ser hecha en cualquier momento después de que usted reciba esta
carta, pero no más tarde de 15 días después de la fecha efectiva de
suspensión. Su cartadebe incluir una petición de audiencia o una
declaración especificando que no desea audiencia. La apelación debe
dirigirse a:
Director Regional
Departamento de Correos
Calle Howard 631
San Francisco, California
94106
Si
hace una apelación, ya sea ante el Director Regional, ya sea ante la
Comisión del Servicio Civil, mándeme a mí al mismo tiempo una copia de
la apelación.
Si tiene alguna pregunta que hacer acerca del
procedimiento de las apelaciones, puede contactar con Richard N. Marth,
Asistente de Servicios para Empleados y Beneficios, en la Sección de
Empleo y Servicios, Oficina de Personal, Habitación 2205, Edificio
Federal, Calle Los Angeles Norte 300, entre las 8:30 de la mañana y las 4
de la tarde, de Lunes a Viernes.
78
DEPARTAMENTO DE CORREOS
ASUNTO: Anuncio de propuesta de Acción Disciplinaria
A: Henry Chinaski.
Por
la presente se le anuncia que hay una propuesta para apartarle del
Servicio de Correos o para tomar alguna otra medida disciplinaria
apropiada que se determine. La acción propuesta tiene el fin de promover
la eficiencia en el servicio y no será efectuada antes de 35 días tras
recibir esta carta.
La acusación contra usted, y las razones que sostienen esta acusación son:
ACUSACION N.° 1
Se le acusa de haberse ausentado sin notificarlo previamente en las siguientes fechas:
25 de Septiembre de 1969:4 hrs
28 de Septiembre de 1969: 8 hrs
29 de Septiembre de 1969:8 hrs
5 de Octubre de 1969:8 hrs
6 de Octubre de 1969: 4 hrs
7 de Octubre de 1969:4 hrs
13 de Octubre de 1969: 5 hrs
15 de Octubre de 1969:4 hrs
16 de Octubre de 1969: 8 hrs
19 de Octubre de 1969: 8 hrs
23 de Octubre de 1969:4 hrs
29 de Octubre de 1969:4 hrs
4 de Noviembre de 1969: 8 hrs
6 de Noviembre de 1969: 4 hrs
12 de Noviembre de 1969:4 hrs
13 de Noviembre de 1969; 8 hrs.
Sumándose
a lo arriba reseñado, los siguientes datos de su expediente personal
serán considerados determinantes para la obligación de tomar medidas
disciplinarias:
Se le envió una carta de apercibimiento por ausentarse del trabajo sin notificarlo previamente el 1 de Abril de 1969.
Se
le envió un anuncio de propuesta de acción disciplinaria el 17 de
Agosto de 1969, por ausentarse del trabajo sin notificarlo previamente.
Como resultado de aquella acusación se le suspendió sin paga durante
tres días del 17 de Noviembre de 1969, al 19 de Noviembre de 1969.
Tiene
derecho a apelar la acusación en persona o por escrito, o de ambas
formas, y acompañarse de un abogado de .su elección. Su réplica ha de
hacerse antes de diez (10) días hábiles tras el recibo de esta carta.
También puede incluir declaraciones juradas en apoyo de su respuesta.
Cualquier réplica escrita será dirigida al Director de Correos, Los
Angeles, California 90052. Si necesita tiempo adicional para completar
su apelación, será considerado tras una petición escrita exponiendo la
necesidad.
Si desea apelar en persona, puede pedir una cita con
Ellen Normell, Jefe de Empleados y sección de Servicio, o K. T. Shamus,
Oficial de Servicios de Empleo, telefoneando al 2892222.
Después
de que expire el plazo de 10 días para la réplica, todos los hechos de
su caso, incluida la apelación si la hubiera, pasarán a ser
completamente considerados antes de tomar una decisión. La decisión le
será enviada por escrito. Si la decisión es adversa, la carta le
explicará la razón, o razones, que han llevado a tomar la decisión.
Estaba sentado al lado de una joven que no se sabia su esquema muy bien.
-¿Adónde va el 2.900 de Roteford? -me preguntó.
-Prueba a meterlo en el 33 -le dije.
Su supervisor estaba hablando con ella.
-¿Y dices que eres de Kansas City? Mis padres nacieron en Kansas City.
-¿Ah, sí? -dijo la chica.
Entonces me preguntó:
-¿Qué me dices del 8.400 de Meyers?
-Ponlo en el 18.
Estaba un poco gorda, pero a punto. Yo pasaba de todo. Ya había tenido bastantes problemas con señoras últimamente.
El supervisor estaba completamente pegado a ella.
-¿Vives lejos del trabajo?
-No.
-¿Te gusta tu empleo?
-Oh, sí.
Se volvió hacia mí.
-¿Y el 6.200 de Albany?
-En el 16.
Cuando acabé mi cesta, el supervisor me dijo:
-Chinaski, te he estado cronometrando. Has tardado 28 minutos.
Yo no contesté.
-¿Sabes cuál es el tiempo fijado para esa cesta?
-No, no lo sé.
-¿Cuánto tiempo llevas aquí?
-Once años.
-¿Llevas aquí once años y no conoces el tiempo fijado
-En efecto.
-Clasificas el correo como si te importara tres pepinos.
La chica todavía tenia la cesta llena delante suyo. Habíamos empezado a la vez.
Y has estado hablando con la señorita que tienes aquí al lado.
Encendí un cigarrillo.
-Chinaski, ven aquí un minuto.
Se
paró enfrente de los pupitres y señaló. Todos los empleados trabajaban
ahora muy rápido. Les vi mover sus brazos derechos de forma frenética.
Incluso la gordita estaba dándole duro.
-¿Ves estos números pintados al final de la caja?
-Sí.
-Estos
números indican el número de cartas que deben clasificarse por minuto.
Una cesta de medio metro debe ser clasificada en 23 minutos. Te has
pasado por 5 minutos.
Señaló al 23.
-23 es lo fijado.
-Ese 23 no significa nada -dije yo.
-¿Qué coño estás diciendo?
-Quiero decir que un tipo vino con un bote de pintura y pintó ese número ahí.
-No, no, esto ha sido cronometrado y comprobado a lo largo de los años.
No contesté. ¿Qué sentido tenía?
-Voy a tener que escribirte una amonestaión, Chinaski. Tienes que aprenderte las reglas.
Volví
a sentarme. ¡Once años! No tenia una perra más en el bolsillo que
cuando entré por vez primera. Once años. Aunque las noches habían sido
largas, los días habían pasado velozmente. Quizás era el trabajo
nocturno, o hacer las mismas cosas una y otra vez, siempre igual. Al
menos con la Roca nunca había sabido lo que me iba a suceder. Aquí en
cambio no había lugar para sorpresas.
Once años pasaron por mi
cabeza. Había visto al trabajo devorar a hombres hechos y derechos.
Parecían derretirse. Estaba Jimmy Potts, de la estafeta Dorsey. Cuando
llegué, Jimmy era un tío fuerte y bien parecido con una camiseta blanca.
Ahora había desaparecido. Había puesto su asiento lo más cerca del
suelo posible para sostenerse mejor con las piernas y no caer redondo.
Estaba demasiado cansado para cortarse el pelo y había llevado el mismo
par de pantalones durante 3 años. Se cambiaba de camisa un par de veces
por semana y caminaba muy lentamente. Lo habían matado. Tenia 55 años.
Le faltaban 7 para el retiro.
-Nunca lo conseguiré -me dijo.
O
bien se consumían o se ponían gordos, anchos, especialmente alrededor'
del culo y el vientre. Era por el taburete y los mismos movimientos y la
misma conversación. Y allí estaba yo, con mareos y dolores en los
brazos, cuello, pecho, en todas partes. Dormía todo el día para
descansar del trabajo. Los fines de semana tenia que beber para
olvidarlo. Había entrado pesando 92 kilos. Ahora pesaba 110. Todo el
ejercicio que hacías era mover tu brazo derecho.
79
Entré
en la oficina del consejero. Allí estaba Eddie Beaver, sentado detrás
del escritorio. Los empleados le llamaban «Castor huesudo»*. Tenía una
cabeza puntiaguda, nariz puntiaguda, mentón puntiagudo. Todo él eran
puntas, hasta su alma estaba hecha de púas.
-Siéntese, Chinaski.
Beaver tenía algunos papeles en su mano. Los leyó.
-Chinaski, tardó 28 minutos en clasificar una cesta de 23 minutos.
-Oh, déjese de rollos. Estoy cansado.
-¿Qué?
-¡He dicho que se deje de rollos! Deme el papel para que lo firme y en paz. No quiero estar oyendo toda esa coña.
-¡Estoy aquí para aconsejarle, Chinaski!
Suspiré.
-Está bien, adelante, oigámoslo.
-Tenemos que cumplir una cédula de producción, Chinaski.
-Ya.
-Y
cuando usted falla por defecto de producción, eso significa que algún
otro tendrá que trabajar de más por usted. Eso significa tiempo extra.
-¿Eso quiere decir que yo soy responsable por esas 3 horas y media de tiempo extra que hay que hacer casi todas las noches?
-Mire, usted tardó 28 minutos en una cesta de 23 mi. nutos. Eso es todo.
-Usted
lo sabe mejor que nadie. Cada cesta mide medio metro de longitud:
Algunas cestas tienen 3 o 4 veces más cartas que otras. Los empleados
pechan con lo que se llama las cestas «gordas». Yo no me quejo. Alguien
tiene que ocuparse de lo difícil. Pero todo lo que ustedes piensan es
que cada cesta tiene medio metro de longitud y que debe ser clasificada
en 23 minutos. Pero no estamos clasificando cestas, estamos clasificando
cartas.
-¡No, no, esto ha sido escrupulosamente cronometrado!
-Quizá.
Lo dudo, pero si van a cronometrar a un hombre, no lo juzguen por una
sola cesta. Incluso Babe Ruth fallaba de vez en cuando. Juzguen a un
hombre por diez cestas, o por el trabajo de toda una noche. Sólo
utilizan esto para joder a la gente que les resulta molesta.
-Está
bien, ya ha dicho lo que tenia que decir, Chinaski. Ahora, yo LE DIGO:
Ha tardado 28 minutos. Nosotros nos atenemos a eso. AHORA, si se le
vuelve a sorprender en una demora de tiempo ¡pasará a un CONSEJO
DISCIPLINARIO!
-¡Está bien! ¿Me permite hacerle una pregunta?
-De acuerdo.
-Supongamos
que consigo una cesta fácil. De vez en cuando ocurre. A veces acabo una
cesta en 5 u 8 minutos. Pongamos que acabo una cesta en 8 minutos.
Según el standard de tiempo he ahorrado a la Oficina de Correos 15
minutos. ¿Puedo entonces coger estos 15 minutos y bajar a la cafetería,
tomarme un pedazo de pastel con nata, ver la televisión y volver?
-¡NO! ¡USTED HA DE COGER UNA CESTA INMEDIATAMENTE Y SEGUIR ORDENANDO EL CORREO!
Firmé
un papel reconociendo que había sido amonestado. Entonces el Castor
Huesudo me firmó el volante, apuntó la hora y me mandó de nuevo a mi
taburete a seguir clasificando correo.
80
Pero
aun así, todavía había algo de acción de vez en cuando. A un tío le
pillaron en la misma escalera en que yo me había quedado atrapado una
vez. Le pillaron con la cabeza metida debajo de la falda de una chica.
Luego una de las chicas que trabajaban en la cafetería se quejó de que
no le habían pagado lo que le había sido prometido por unos trabajitos
de copulación oral con un supervisor general y 3 empleados. Despidieron a
la chica y a los 3 empleados y degradaron al supervisor general a
simple supervisor.
Entonces, yo prendí fuego a la Oficina de Correos.
Me
habían destinado a los papeles de cuarta clase y me estaba fumando un
puro, ordenando un puñado de corleo sacado de una carretilla cuando
alguien entró y gritó:
-¡EH, TU CORREO SE ESTÁ INCENDIANDO!
Miré.
Allí estaba, una pequeña llama que se iba elevando como una serpiente
danzarina. Evidentemente, debía haber caído antes algo de ceniza
encendida.
-¡Oh, mierda!
La llama crecía rápidamente.
Agarré un catálogo y, sosteniéndolo plano, golpeé con todas mis fuerzas.
Saltaban chispas. Hacía calor. Tan pronto como lograba apagar una
sección, se prendía otra.
Oí una voz:
-¡Eh! !Huelo a fuego!
-¡NO HUELES A FUEGO -le grité-, HUELES A HUMO!
-¡Creo que me voy de aquí!
-¡Que te den por saco, entonces! -grité-. ¡LARGO!
Las
llamas me quemaban las manos. Tenía que salvar el correo de los Estados
Unidos. ¡Basura de propaganda y folletos de 4 ` clase!
Finalmente,
lo tuve bajo mi control. Pisé con el pie toda la pila de papeles, que
había arrojado sobre el suelo, y apagué hasta el más mínimo vestigio de
rescoldo.
El supervisor subió a decirme algo. Yo me quedé allí de
pie, con el catálogo medio quemado en la mano, y esperé. El me miró y
se fue.
Luego acabé de clasificar todos los papeluchos. Lo quemado, lo aparté a un lado.
Mi puro se había apagado. No lo volví a encender.
Me empezaban a doler las manos y me acerqué a la fuente de agua, las puse bajo el grifo. No servia de nada.
Encontré al supervisor y le pedí un volante para la enfermería.
Era la misma enfermera que solía venir a mi casa y me decía:
-¿Bueno, y ahora qué le pasa, señor Chinaski?
Cuando entré, me dijo lo mismo.
-¿Se acuerda de mí, eh? -le dije.
-0h, sí, sé que ha pasado muchas malas noches.
-Sí -dije yo.
-¿Todavía tiene mujeres en su apartamento? -me preguntó.
-Sí. ¿Todavía tiene usted hombres en el suyo?
-Está bien, señor Chinaski, vamos a ver, ¿qué le pasa?
-Me quemé las manos.
-Venga aquí. ¿Cómo se quemó las manos?
-¿Acaso importa? Están quemadas, ése es el caso.
Me estaba frotando las manos con algo. Una de sus tetas me rozaba continuamente.
-¿Cómo pasó, Henry?
-Un puro. Estaba sentado junto a una carretilla de folletos. Ha debido caer algo de ceniza. Ardió en llamas.
La teta estaba de nuevo pegada a mí.
-¡Deje las manos quietas, por favor!
Entonces me pegó todo su flanco mientras extendía un ungüento sobre mis manos. Yo estaba sentado en un taburete.
-¿Qué le pasa, Henry? Parece nervioso.
-Bueno... ya sabes lo que es, Martha.
-Mi nombre no es Martha. Es Helen.
-Casémonos, Helen.
-¿Qué?
-Quiero decir, ¿cuánto tardaré en poder usar mis manos de nuevo?
-Las puede usar ahora, si se siente con ganas.
-¿Qué?
-En el trabajo, quiero decir.
Me las envolvió con un poco de gasa.
-Me siento mucho mejor le dije.
-No debería quemar el correo. Era basura de folletos.
-Todo el correo es importante.
-De acuerdo, Helen.
Se
acercó a su escritorio y yo la seguí. Rellenó mi volante. Tenía una
pinta muy atractiva con su gorrito. Tenía que encontrar la manera de
volver allí.
Me vio mirando su cuerpo.
-Está bien, señor Chinaski, creo que es mejor que se vaya ya.
-Oh, sí... Bueno, gracias por todo.
-Es sólo parte del trabajo.
-Claro.
Una
semana más tarde había carteles de NO FUMAR EN ESTA ZONA por todas
partes. Los empleados no podían fumar a no ser que usaran ceniceros.
Alguien había conseguido un contrato para la manufacturación de todos
estos ceniceros. Eran bonitos. Decían PROPIEDAD DEL GOBIERNO DE LOS
ESTADOS UNIDOS. Los empleados robaban la mayoría.
NO FUMAR.
Yo solito, Henry Chinaski, había revolucionado el sistema postal.
81
Entonces vinieron unos hombres y empezaron a quitar todas las fuentes de agua.
-¡Eh, mirad! ¿Qué demonios están haciendo?
Nadie pareció interesarse.
Estaba en la sección de tercera clase. Me acerqué a otro empleado.
-¡Mira! -dije-. ¡Nos están quitando el agua!
Echó
un vistazo a la fuente de agua, luego siguió clasificando su correo.
Probé con otros empleados. Mostraron el mismo desinterés. No podía
entenderlo. Busqué a mi representante sindical.
Después de un
largo rato, apareció. Parker Anderson. Parker solía dormir en un viejo
coche y se lavaba, afeitaba y cagaba en las gasolineras que no cerraban
sus lavabos. Parker había tratado de ser un buscavidas y había
fracasado. Había acabado yendo a parar a la Oficina Central de Correos,
se había afiliado al sindicato y había ido a los mítines donde se había
convertido en sargento del servicio de orden. Pronto era representante
sindical, y luego fue elegido vicepresidente.
-¿Qué pasa, Hank? ¡Sé que no me necesitas para manejar a estos supervisores!
-No me vengas con pijadas, nene. Llevo pagando cuotas sindicales durante casi doce años y nunca he pedido una puñetera cosa.
-Está bien, ¿qué problema hay?
-Son las fuentes de agua.
-¿Están estropeadas?
-No, mecagondiós, las fuentes están bien. Es lo que están haciendo. Mira.
-¿Que mire? ¿Dónde?
-!Ahí!
-No veo nada.
-Ahí está la razón de mi protesta. Ahí solfa haber una fuente de agua.
-Así que la quitaron. ¿Y qué coño pasa?
-Mira,
Parker, si fuera una, no me importaría. Pero están quitando todas las
fuentes del edificio. Si no los detenemos, dentro de poco quitarán todos
los retretes... y luego, cualquiera sabe...
-Está bien -dijo Parker-. ¿Qué quieres que haga?
-Quiero que muevas el culo y averigües por qué están quitando las fuentes de agua.
-De acuerdo. Te veré mañana.
-Ya lo puedes hacer. 12 años de cuotas sindicales suman 312 pavos.
Al
día siguiente tuve que buscar a Parker. No tenla la respuesta. Ni al
siguiente ni al otro. Le dije a Parker que estaba harto de esperar. Le
daba un día más.
A1 día siguiente se acercó a mí en la pausa del café.
-Bueno, Chinaski, ya lo he averiguado.
-¿Sí?
-En 1912, cuando construyeron el edificio...
-¿1912? ¡Hace más de medio siglo! ¡No me extraña que este sitio parezca la casa de putas del Kaiserl
-Bueno,
para un momento. Como te decía, cuando construyeron este edificio en
1912, el contrato especificaba un número concreto de fuentes de agua. En
una inspección, la Oficina de Correos ha descubierto que había el doble
de fuentes de agua de las que se especificaban en el contrato original.
-Bueno,
está bien -dije yo-. ¿Qué daño puede hacer el que haya el doble de
fuentes? Sólo que los empleados beberán un poco más de agua.
-Ya. Lo que ocurre es que las fuentes molestaban un poco. Se interponían en el camino.
-¿Y qué?
-Verás.
Suponte que un empleado con un abogado listo se querellara contra una
fuente de agua. Que dijera que se había clavado contra esa fuente
empujado por una carretilla cargada con pesados sacos de revistas...
-Ya entiendo. Se supone que la fuente no estaba ahí. Se procesa a la Oficina de Correos por negligencia.
-¡Acertaste!
-Está bien. Gracias, Parker.
-A tu disposición.
Si la historia era suya, creo que valía los 312 dólares. Las había visto mucho peores publicadas en Playboy.
82
Descubrí que la única manera de no caerme desmayado por los mareos sobre mi caja era levantarme y dar un paseo de vez en cuando.
Fazzio,
un supervisor que habla por entonces en la estación, me vio levantarme
para ir a una de las pocas fuentes de agua que quedaban.
-Oye, Chinaski, cada vez que te veo estás por ahí paseando.
-Eso no es nada -dije yo-, cada vez que te veo también estás por ahí paseando.
-Eso es parte de mi trabajo. Tengo que hacerlo.
-Mira
-dije yo-, también es parte de mi trabajo. Tengo que hacerlo. Si
permanezco más tiempo en ese taburete me voy a subir de un salto a esas
cajas de hojalata y me voy a poner a silbar Dixie por el culo y Aunque no Tengamos pan, tenemos el amorcito de mamo por el pito.
-Está bien, Chinaski, olvídalo.
83
Una
noche, doblaba una esquina tras haber bajado a la cafetería a por un
paquete de cigarrillos, cuando me topé con una cara conocida.
¡Era Tom Moto! ¡El tío con el que habla servido de auxiliar a las órdenes de La Roca!
-¡Moto, cabrón -dije.
-¡Hank! -dijo él.
Nos dimos la mano.
-¡Eh,
estaba pensando en ti! Jonstone se retira este mes. Vamos a organizarle
una fiesta de despedida. Sabes, a él siempre le ha gustado la pesca. Lo
vamos a levar a dar una vuelta en un bote. A lo mejor te apetece venir y
tirarlo por la borda. Hemos elegido un precioso lago profundo.
-No, mira, ni siquiera quiero verle la cara.
-Bueno, quedas invitado.
Moto sonreía del culo a las cejas. Entonces miré su camisa: llevaba una chapa de supervisor.
-Oh, no, Tom.
-Hank, tengo 4 hijos que alimentar.
-Está bien, Tom -dije.
Entonces me fui.
84
No
sé como ocurren las cosas. Tenía que mantener a mi hija, necesitaba
algo para beber, pagar el alquiler, zapatos, camisas, calcetines, todas
esas cosas. Como cualquier otro, necesitaba un coche, algo de comer, por
no hablar de todos los pequeños detalles intangibles.
Como mujeres.
O un día en el hipódromo.
Viviendo al día y sin puerta de salida, ni siquiera pensabas en ello.
Aparqué
en la acera de enfrente del Edificio Federal y esperé a que cambiara el
semáforo. Crucé. Empujé la puerta giratoria. Era como si fuera un
pedazo de hierro atraído hacia un imán. No podía hacer nada.
Era
en el 2 ° piso. Abrí la puerta y allí estaban todos ellos. Los empleados
del Edificio Federal. Me fijé en una chica, pobre cosita, con un solo
brazo. Debía llevar allí desde siempre. Era igual que ser un viejo
zarrapastroso como lo. Bueno, como decían los chicos, tenias que
trabajar en algún sitio. Así que aceptaban lo que había. Era la
sabiduría del esclavo.
Una negrita se levantó. Iba bien vestida y
se notaba que su entorno la complacía. Me alegré por ella. Yo me
hubiera vuelto majara con el mismo trabajo.
-¿Si? dijo ella.
-Soy empleado de Correos -dije-. Quiero dimitir.
Buscó debajo del mostrador y se levantó con un manojo de papeles.
-¿Todos estos?
Ella sonrió.
-¿Está seguro de poder hacerlo?
-No se preocupe -dije-, puedo hacerlo.
85
Tenías que rellenar más papeles para salir que para entrar.
La primera hoja que te daban era una carta personal fotocopiada del director de Correos de la ciudad.
Empezaba:
-Siento mucho que deje su empleo en la Oficina de Correos y... etc., etc., etc.
¿Cómo podía sentirlo? Ni siquiera me conocía.
Había una lista de preguntas.
-¿Ha encontrado a nuestros supervisores comprensivos? ¿Tenía facilidad para comunicarse con ellos?
Contesté que sí.
-¿Encontró entre los supervisores algún prejuicio en contra de la raza, religión, clase o cualquier otro factor?
No contesté.
Entonces venía una que decía:
- ¿Recomendaría a sus amigos que buscaran empleo en la Oficina de Correos?=
Por supuesto, respondí.
-Si
tiene alguna reivindicación o queja en contra de la Oficina de Correos,
por favor apúntelo detalladamente en el reverso de esta hoja.
Ninguna queja, contesté.
Entonces volvió mi negra.
-¿Ya ha acabado?
-Acabado.
-Nunca he visto a nadie rellenar los papeles tan rápido.
-Abrevie -dije.
-¿Que abrevie? -dijo-. ¿A qué se refiere?
-Quiero decir que qué hay que hacer ahora.
-Entre por aquí, por favor.
Seguí su culo hasta un sitio casi al fondo.
-Siéntese -dijo el hombre.
Se pasó algún tiempo hojeando entre los papeles. Entonces me miró.
-¿Puedo preguntarle por qué dimite? ¿Es por los procesos disciplinarios que se han seguido contra usted?
-No.
-¿Entonces cuál es la razón de su dimisión?
-Para hacer carrera.
-¿Para hacer carrera?
Me miró. Me faltaban menos de 8 meses para mi 50 aniversario. Sabía lo que estaba pensando.
-¿Puedo preguntarle cuál va a ser esa «carrera»?
-Bueno,
señor, se lo diré. La temporada para los tramperos en la ribera sólo
dura desde diciembre hasta febrero. Ya he perdido un mes.
-¿Un mes? Pero si usted lleva aquí once años.
-De
acuerdo, entonces he desperdiciado once años. Puedo conseguir de 10 a
20 de los grandes después de tres meses de trampear en la ribera de
Bayou La Fourche.
-¿Qué va a hacer?
-!Trampear! Ratas
almizcleras, nutrias, visones, castores... mapaches. Todo lo que
necesito es una piragua. Doy un 20 por ciento de mis beneficios por el
uso de la tierra. Me pagan un dólar y un cuarto por piel de rata
almizclera, 3 pavos por visón, 4 por marta y 24 por nutria. Vendo el
cuerpo de las ratas almizcleras, que mide alrededor de 30 centímetros, a
una fábrica de comida para gatos por 5 centavos. Por el cuerpo pelado
de las nutrias me dan 25 centavos. Crío cerdos, pollos y patos. Pesco
peces-gato. Y eso no es nada. Yo...
-No se moleste, señor Chinaski, ya es suficiente.
Puso algunos papeles en su máquina de .escribir y escribió algo.
Entonces
levanté la mirada y allí estaba Parker Anderson. Mi enlace sindical, el
bueno de Parker, que cagaba y se afeitaba en gasolineras, ofreciéndome
su mejor sonrisa de político.
-¿Estás renunciando, Hank? Sé que te han tratado mal durante once años...
-Ya, me voy a ir al sur de Louisiana para cogerme un buen pellizco de dinero.
-¿Allí hay hipódromo?
-¿Acaso bromeas? ¡El Fair Grounds es uno de los hipódromos más cascajos del país!
Parker
llevaba con él a un pálido muchacho, uno de la tribu neurótica de los
perdidos, y los ojos del chico estaban empañados de lágrimas. Una gran
lágrima en cada ojo. No se derramaban. Era fascinante. Había visto
mujeres sentarse y mirarme con esos ojos antes de volverse locas y
empezar a chillarme lo hijoputa que yo era, Evidentemente, el chico
había caído en alguna do las múltiples trampas y había ido corriendo a
buscar a Parker. Parker salvaría su trabajo.
El hombre me dio un papel más para firmar § entonces me marché de allí.
Parker dijo:
-Suerte, viejo -mientras me iba.
-Gracias, chico -contesté yo.
No
notaba ninguna diferencia. Pero sabia que pronto, como el hombre que
sale rápidamente del fondo del mar, sufriría un caso particular de
aeroembolismo. Era como los malditos periquitos de Joyce. Después de
vivir en una jaula había cogido la puertecilla abierta y salido volando
como un disparo hacia el cielo. ¿El cielo?
86
Empecé
a notar la falta de descompresión. Me emborrachaba y me quedaba más
borracho que una mierda podrida en el purgatorio. Incluso una noche
estaba ya con un cuchillo de carnicero puesto en la garganta cuando
pensé, tranquilo, viejo, a tu niñita le gustaría que la llevaras al zoo.
Helados, chimpancés, tigres, aves verdes y rojas y el sol descendiendo
sobre la cabeza de ella, el sol descendiendo y colándose entre los pelos
de tus brazos. Tranquilo, viejo.
Otro día estaba en la sala de
estar de mi apartamento, escupiendo sobre la alfombra, apagándome
cigarrillos so. bre las muñecas, riendo. Loco como un cencerro. Levanté
la vista y allí estaba un estudiante de medicina. Junto a nosotros,
había un corazón humano en un frasco colocado sobre la mesa. Alrededor
del corazón humano, que llevaba una etiqueta que ponía «Francis", había
un montón de botellas vacías de whisky, latas de cerveza, ceniceros,
basura. Cogí una lata y tragué una asquerosa mezcla de cerveza y
cenizas. No había comido desde hacia 2 semanas. Un interminable aluvión
de gente había venido y se había ido. Había habido 7 u 8 fiestas
salvajes en las que yo no había parado de exclamar:
-¡Más bebida! ¡Más bebida! ¡Más bebidal
Estaba volando hasta el cielo. Los demás sólo hablaban y se manoseaban.
-Bueno -le dije al estudiante de medicina-. ¿Qué quieres de mi?
-Voy a ser tu propio médico de cabecera.
-¡Está bien, doctor, lo primero que quiero que hagas es quitar ese condenado corazón de ahí!
-Uh, uh.
¿Qué?
-El corazón se queda donde está.
-Mira, muchacho, no recuerdo como te llamas...
-Wilbert.
-Bueno, Wilbert, no sé quién eres ni cómo has llegado hasta aquí, ¡pero quiero que te lleves a tu «Francis»!
-Nó, se queda contigo.
Entonces sacó su maletín y el brazalete de goma para el brazo y empezó a bombear con la perilla.
-Tienes la presión sanguínea de un chico de 19 años -me dijo:
-Déjate de gilipolleces. ¿Oye, no va contra la ley el abandonar por ahí tirados corazones humanos?
-Ya volveré a por él. Ahora, respira.
-Pensaba que en la Oficina de Correos me iban a hacer perder la razón. Ahora apareces tú.
-¡Quieto! ¡Respira!
-Necesito un buen pedazo de culo joven, doctor. Ese es mi problema.
-Tu espina dorsal está descolocada en 14 sitios, Chinaski. Eso conduce a la tensión, imbecilidad y, a menudo, a la locura.
-¡Cojones! -dije yo...
No
recuerdo haberlo visto irse. Me desperté en el sofá a la 1:10 de la
tarde, muerte en la tarde, y hacia calor, el sol entraba a degüello a
través de los huecos de la persiana para ir a parar al frasco que había
en el centro de la mesa de café. «Francis» había pasado toda la noche
conmigo, cociéndose en una salmuera alcohólica, nadando en la extensión
mucosa del fenecido diástole. Sentado allí, dentro del frasco.
Parecía pollo frito. Quiero decir, antes de freírlo. Exacto.
Lo
cogí, lo metí en el armario y lo cubrí con una camisa. Luego fui al
baño y vomité. Acabé, pegué la cara al espejo. Largos pelos negros me
salían por toda la cara. De repente, tuve que sentarme y cagar. Fue una
de las buenas, bien cálida.
Sonó el timbre. Acabé de limpiarme el culo, me puse algo de ropa y fui a abrir la puerta. ,
-¿Hola?
Había un joven con largo pelo rubio cayéndole sobre la cara y una chica negra que no paraba de sonreír como si estuviese loca.
-¿Hank?
-¿Quiénes sois, muchachos?
-Ella es una chica. ¿No nos recuerdas? ¿De la fiesta? Hemos comprado una flor.
-Oh, coño, entrad.
Entraron
con la flor, una especie-de cosa roja-araran. jada con un tallo rojo.
Parecía tener más sentido que la mayoría de las cosas, excepto que había
sido asesinada. Encontré un jarrón, puse la flor, saqué algo de vino y
lo puse sobre la mesa.
-¿No te acuerdas de ella? -dijo el chico-. Dijiste que querías tirártela.
Ella se rió.
-Una buena idea, pero no ahora.
-Chinaski, ¿cómo te las vas a arreglar sin la Oficina de Correos?
-No sé. Puede que te joda. O deje que me jodas tú. Carajos, no lo sé.
-Puedes dormir en nuestro suelo siempre que quieras.
-¿Os podré mirar mientras jodáis?
-Claro.
Bebimos.
Me había olvidado de sus nombres. Les enseñé el corazón. Les pedí que
se llevaran aquella cosa horripilante. No me atrevía a tirarlo a la
basura, el estudiante de medicina lo necesitaba para un examen y lo
tenia qué devolver al laboratorio o lo que fuera.
Así que salimos
y fuimos a ver un show erótico, bebiendo y gritando y riéndonos. No sé
quién tenía dinero, pero creo que debía ser él, lo que estaba bien, y yo
no paraba de reír y pellizcaba el culo de la chica y sus muslos y la
besaba, y a nadie le importaba. Mientras durase el dinero, durabas tú.
Me
llevaron de vuelta a casa y se fueron los dos, Yo abrí la puerta; dije
adiós, puse la radio, encontré media pinta de escocés, me la bebí,
riéndome, sintiéndome bien, relajado finalmente, libre, quemándome los
dedos con apuradas colillas de cigarrillos, hasta que finalmente me fui a
la cama, llegue hasta el borde, me tiré, caí, caí sobre el colchón,
dormí, dormí, dormí...
Por la mañama era de día y yo seguía vivo.
Quizás escriba una novela, pensé.
Y eso hice...